04 de octubre de 2019
04.10.2019
Grupo Treinta

Papeles póstumos de la Sociedad Fisiológica de Berlín

03.10.2019 | 19:16

Manos que escarban en la oscuridad. Rotas las uñas de los dedos, entumecidas, manos que escarban desordenadamente en lo oscuro, un frenético esfuerzo por hallar signos de algún dios impuro o combatir la madeja de tinieblas que la amenaza.

Todo está dispuesto. En el salón aguardan trajes de muselina ceñidos por crespones lisos, pequeñas levitas manchan de negro los restos de la tarde, antes de deslizarse en las horas fúnebres. Los muebles han sido retirados y en la estancia diáfana revolotea el fantasma de una libélula atroz, suspendida sobre el ataúd que bosteza entre dos sillas como un insidioso necrófago a punto de devorar el tímido espectro de la llama.

Manos que naufragan en la oscuridad. El océano tenebroso acude a cegar las oquedades excavadas en sus orillas. Demasiado aciago y convulso contra tanta fragilidad. De nada sirven las manos hacinadas en el umbral, promiscuas, compasivas, inútiles en su oficio de luto y sortilegios. La oscuridad sigue allí, parásita y entera, alimentándose de susurros, oponiéndose a cada latido, a cada sed, a cada llanto, anidando más profundamente en el cuerpo.

«¡Esos gatos negros, mamá, no dejes que se acerquen a mí, tienen las colas muy largas!». Los gatos se hinchan o encogen, como la habitación, al compás de la caída. Pequeños horrores en que la fiebre desgarra el alma de una niña cercada por sollozos que no comprende, algo violento y sin edad que huele a fruta podrida enredándose en cada latido para deshacerlo, aferrado a relieves incipientes que apenas pueden contener su obscena falta de peso porque no han sufrido aún la erosión de la mentira ni han sido rozados por la herrumbre de la culpa o del hastío.

Resignadas, las manos se entrelazan, forman un único animal yermo, agotado, que ha dejado de arañar, la entraña devastada, sin espesor interior ya para que crezca nada, ni siquiera la caricia, sólo algo tan delgado como una muda plegaria. Caricia y plegaria son allí dentro la misma materia inerte, abisal y deslavazada.

Manos que escarban, aisladas, feroces, lejos. Estas manos son distintas, parecen tener método: dos pálidos animales acosados por el frío que atacan la noche sin herirse a medida que cobra densidad y convoca a sus monstruos más íntimos. Aliados, no retroceden, alguna clase de rigor animal o ciencia borrosa en ellas. Al fin, rasgan la tiniebla, incuban haces sesgados, aumentan su contraste con azul de metileno, emplean anilina para lograr de lo oscuro estructuras transparentes, hasta desenterrar el último vestigio de niña atrapada, lejos de allí, pero en la misma oscuridad. Las manos lo saben. Cada latido, cada sedimento de miedo o de llanto arrancados a lo oscuro, limpios, reunidos trozo a trozo para recomponer el delicado nombre sobre un epitafio.

Años después, el trabajo sordo de la enfermedad en aquel espíritu ahogado en el lecho ha cesado. La máscara sombría de Sofía Munch se ha deshecho entre flores marchitas y su rencor infantil contra la luz que envolvía a los demás niños, creciendo a medida que se acercaba a la tierra, se ha disipado.

Una ira opaca y venenosa, como la lógica perversa de las pesadillas, sacudió los días, remontando túmulos y huesos, ahora se ha secado. Sólo ahuyentada, míseramente saciada de auras ciegas que reptan por las galerías subterráneas de los teatros de guiñol, acecha en el centro de la tela cuyos hilos de seda horadan lo humano, desatando ínfimos dramas que no pertenecen al mundo visible. Una ira sin edad, arrastrando en su estertor vestidos vacíos de muselina, ropas huecas de niños con que cubrir la orfandad en un tiempo empañado por la piedad maquinal de los necróforos, el reloj de la muerte vertiendo horas lívidas en el ángulo oscuro del salón donde sombras de libélulas danzan al ritmo de ruinosos preludios invernales sobre las teclas rojas de un piano de Valldemosa y las cuerdas rotas de un arpa olvidada que se hunden en la profundidad de un siglo agonizante, sepultado bajo el desvaído rumor del asalto a las últimas fortalezas terrenales.

Fatigadas, las manos siguen en soledad, junto a una hogaza dura y un plato de carne fría. Abren un cuaderno, Über Tuberculose, frente a las luces perezosas de la ciudad de los clérigos, que nunca fue ni será la ciudad de Dios, sino la turbia estación de los naufragios, la ciudad de los huérfanos que escarban sin cesar entre signos de una eterna ausencia. Los dos animales siguen separados, serenos ahora. Uno se ocupa de la hogaza, el otro, más hosco, descifra algunos de esos signos:

«En adelante no tendremos más ante nosotros a una cosa vaga e indeterminada, estamos en presencia de un bacilo tangible. Se desarrolla en el hombre y con atacar las fuentes de la infección, la lucha será un hecho».

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