02 de octubre de 2019
02.10.2019
Renglones torcidos

Nuestro mundo de ayer

02.10.2019 | 04:00
Nuestro mundo de ayer

Todos tenemos un mundo ayer, una región que ya solo existe en las capas más profundas de nuestros recuerdos, en las cotas abismales donde nuestra mente forja los sueños y de ahí el carácter casi onírico y mágico propio de los recuerdos más bellos que suelen ser también los de la infancia. Mantenemos a raya esos recuerdos, pero a veces son los niños quienes nos piden hablar de ellos, porque a los seres diminutos les complace saber cómo eran y qué hacían sus mayores.

Y entonces volvemos, regresamos a un mundo de pura evocación. Y mi calle ya no es mi calle de ahora, ni están esos edificios de pisos y apartamentos que me robaron la luz. Mi calle recupera su nombre antiguo, antes de las placas municipales; mi voz pronuncia nombres tiempo ha extintos, 'El Alto del Tesoro', 'Las Arboledas'. Y satisfago la curiosidad infantil que me interroga contando que desde mi casa veía un lugar que para mí era gigantesco bosque de palmeras, como un oasis del desierto, que ocultaba una casa de labor abandonada pero conservada hasta el techo, aunque arrancadas y saqueadas sus puertas y ventanas; vacía y blanca, muerta como una calavera. Abandonada generaciones atrás, de año en año alguna familia de jornaleros itinerantes la ocupaba; eran pobladores nuevos para mí, forasteros que en la mente infantil representaban la atracción del misterio y del peligro.

Recuerdo las líneas borradas en el tiempo de senderos, acequias y canales; persecuciones en busca de ranas o de ratas, juegos y aventuras arriesgadas asaltando bancales para robar albaricoques y burlar al sulfurado dueño, un señor con bigote, azada y temible apariencia de gigante; yendo al colegio por un sendero de cabras llamado 'el Camino de las Piedras'.

Y así, contestando a preguntas que empiezan siempre con un «¿qué hacías tú cuando eras pequeño?», vuelvo a devanar el hilo que las divinidades del destino habían confinado ya en su bobina. Una dulzura melancólica acompaña cada recuerdo, contemplo el lugar que ya solo existe en un rincón de mi mente lleno de nombres familiares, voces y rostros que la corriente del tiempo parecía haberse llevado, pero que están ahí en el último remanso de la conciencia, a la espera de la invocación adecuada, de unas idóneas palabras mágicas que traigan a la luz los días de antaño como a Lázaro de su tumba.

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