02 de octubre de 2019
02.10.2019
Escrito en el agua

Un lugar llamado mágina

"Sus calles están inscritas en la melancolía: son tenues y se desfiguran en la distancia. En invierno, se vuelven más pequeñas. Renace el color blanco que recubre sus fachadas. Aparecen héroes difuminados. Generales de otra época, campesinos que vienen de labrar la huerta, turistas americanos que caminan despistados. En Mágina no hay tiempo..."

02.10.2019 | 04:00
Antonio Muñoz Molina

A veces un hombre necesita toda una vida para conocer una ciudad, el mundo que lo rodea, y sin embargo, en apenas un libro encuentra todo el universo que andaba buscando. Cercano y misterioso, lleno de sabiduría y de leyenda, a mitad de camino entre lo cierto y lo líquido, Mágina se presenta a los lectores como el último territorio literario de una cosmogonía plagada de mundos fantásticos, pero habitables. Como los ríos y los bosques de Yoknapatawpha, donde Faulkner hizo recorrer el ataúd de una madre; o los muertos que buscaban a Susana San Juan, en la Comala de Rulfo; o los amores y desgracias de los Buendía, en los días equinocciales de Márquez; pasando por los prostíbulos porteños de Santa María, aquel delirio de Onetti; de esa misma substancia onírica se compone la Mágina de Antonio Muñoz Molina.

Las novelas del escritor jienense tienen algo de íntimo. Cuando uno las lee, sabe perfectamente que sus personajes se comportan como amigos cotidianos. Te hablan a solas, cuando cierras los ojos antes de dormir. Ponen la radio justo en el momento en el que suena tu canción favorita, la que llevabas escuchando días. Se encuentran por la calle con aquella chica que acaba de aparecer por el instituto. El mundo literario de un escritor traspasa nuestra cotidianidad y se pega a nuestra piel. Parece que lo ha escrito la propia conciencia. Al menos, los recuerdos que cada uno alberga. Porque no hay nada más letal que un escritor te narre tus propias experiencias. Es cuando entiendes que te ha atrapado con un hilo invisible pero imperecedero: la literatura.

Mágina es un trasunto de Úbeda. Un pueblo intrascendente desde la altura de la historia, pero lleno de tramas que se van cosiendo en las páginas como si fueran historias bíblicas. Sus calles están inscritas en la melancolía: son tenues y se desfiguran en la distancia. En invierno, se vuelven más pequeñas. Renace el color blanco que recubre sus fachadas. Aparecen héroes difuminados. Generales de otra época, campesinos que vienen de labrar la huerta, turistas americanos que caminan despistados. En Mágina no hay tiempo, solamente una sucesión incansable de relatos que mezclan la nostalgia y la tragedia, como un péndulo averiado.

La estatua del general Orduña funciona como punto inicial de sus ficciones. Bajo su mirada de bronce, el protagonista de El jinete polaco cruza la plaza antes de ir hacia el instituto, una especie de Atenas en el corazón de Esparta. Fue lo último que vio Jacinto Solana, la voz perdida de la Generación del 27, antes de desaparecer, en Beatus Ille. También, el anhelo de aquella monja misteriosa a la que todo lector quiere ayudar, en ciertos cuentos de Safarad.

Porque Mágina es la historia de España en voz baja. Las grietas que los años van acumulando en los pueblos pequeños, más crueles que los palacios de las grandes ciudades. El vagabundeo de los soldados que volvieron de Cuba, sin nadie que los escuche. El abuelo que calla de miedo y que vivió los campos de concentración. El hombre que trajo, como Melquiades el hielo, la fotografía al pueblo. La Guerra Civil y la represión. Aquella mujer, como cuentan las historias de los viejos, emparedada y que con los años encontraron su cadáver momificado. Y en el interior de otra casa, apenas calentado por las brasas de un carboncillo, un adolescente que empieza a escribir versos y que escucha a todo volumen Riders on the storn, esperando a que los jinetes se lo lleven en la tormenta y poder salir por fin de allí.

Porque los protagonistas que habitan Mágina suelen tener ojos en la distancia. Observan desde el mirador la extensión ilimitada del mundo, entre los olivares y la ribera del Guadalquivir. Ese universo exterior inmenso es una beca de estudios en Madrid, una ventana abierta en un piso de Nueva York, la fuga de un convento, un manuscrito encontrado en un despacho abandonado.

Con una prosa sencilla pero directa, como si sus libros nacieran directamente del mejor Delibes (la inquietud de sus personajes, un mundo demasiado pequeño para ellos) y con la melancolía dolorosa de Machado («los blancos muros/los cipreses negros») Mágina es la infancia que todo lector de Muñoz Molina quiso tener. Una paraíso artificial al que se acude en los momentos donde buscamos la inocencia. Porque, al igual que sus personajes, de Mágina no se puede escapar.

Mágina está escrito en humo. Es el lugar donde se resiste a la vida. Donde sus lectores nos encontramos. Es el volver a casa tras un largo viaje, un viaje de años. Un teléfono sonando al otro lado del Atlántico. El final de la escapada. El punto de retorno. Una Comala de huertos. Una historia de España en miniatura. Aquel beatus ille horaciano: lugar ameno con jinetes entre la tormenta.

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