01 de octubre de 2019
01.10.2019
Carta de ajuestes

Movilidad canalla en la ciudad productiva

Estos representantes municipales se dejan comer el coco y se avienen a introducir en el ámbito urbano nuevos factores de agresividad física e insostenibilidad ambiental

30.09.2019 | 19:29
Movilidad canalla en la ciudad productiva

El patinete como solución individual, aparentemente light, contraviene la idea de movilidad ya que estorba la libertad de la mayoría andante y reduce el espectro del usuario, que necesariamente debe ser joven o suficientemente joven para que tenga por norma andar, que es lo sano y lo limpio.

Prostituido y desnaturalizado, el concepto de movilidad, de pretensiones salvíficas, sigue la misma suerte que el de sostenibilidad (y tantos otros): aparece como creación ideal o paradigma, atrae y crea relatos para, al poco, pervertirse y acabar fagocitado por las ansias de negocio, empeorando las condiciones generales de vida. Este es el caso de las expansivas ocurrencias, todas ellas crematísticas, que pretenden mejorar la movilidad urbana, una vez que se ha llegado a ese consenso mudo y sordo (o sea, manipulado) de que el problema de la ciudad es la reducida movilidad, y que a aumentar ésta deben aplicarse las autoridades municipales y las empresas que se muestren sensibles a tan acuciante problema...

Así viene surgiendo toda una tipología de artefactos (mecánicos y eléctricos) que irrumpen en la ciudad y la vida de los ciudadanos molestando y contraviniendo lo que debieran ser políticas de auténtica movilidad, basadas siempre en el transporte urbano colectivo. Criticaré, sobre todo, al coche y la moto sin conductor y a las diversas formas de patinetes que, ubicuos y amenazadores, degradan la vida de los urbanitas.

Lo de agarrar un coche mediante la aplicación por Internet, utilizarlo y dejarlo después donde sea posible nos acarrea este doble impacto: el del coche que estorba y el de la solución individual. ¿En qué mejora esta idea la movilidad general urbana? En poco o nada, ya que no alivia el principal problema de nuestras ciudades, que es el automóvil, y alimenta la sensación de que el transporte individual sigue siendo la solución. Dígase lo mismo para la moto, con el añadido de que éstas pueden aparcarse sobre las aceras. Falta comprobar que el mal aparcar, tanto de coches como de motos, es contemplado por las autoridades municipales con indulgencia (eximiéndolos de las debidas multas), para completar el panorama pernicioso.

El hallazgo del patinete eléctrico, trasunto pervertido de aquel juguete de nuestros años felices, presenta más objeciones ya que irrumpe en las aceras, molesta y genera inseguridad física. La prensa nos habla, de tanto en tanto, de muertes de pacíficos ciudadanos caídos a manos de quienes conducen estos aparatos, que rápidamente han perdido la inocencia. El patinete como solución individual, aparentemente light, contraviene, pues, la idea de movilidad ya que estorba la libertad de la mayoría andante y reduce el espectro del usuario, que necesariamente debe ser joven o suficientemente joven para que tenga por norma andar, que es lo sano y lo limpio; si quienes debieran andar y, con ello, cuidar su salud, se dedican a mecanizarse, hemos hecho un pan como unas hostias. Pero ya digo que lo peor del patinete es que se le rinda el espacio público debido al ciudadano pacífico y que, además, se le pueda abandonar en medio de la acera (¡qué hallazgo!).

A todo esto, las autoridades piensan todo tipo de excusas para 'regular' esta intromisión inaceptable: unos (como los munícipes de Madrid), prohibiendo que los patinetes circulen a más de 30 kph., y así evitar muertes (¿estamos locos?); otros (como los responsables de Tráfico), anunciando que se exigirá un carné especial para ciertos tipos de patinetes? El caso es no contemplar el problema con criterio cívico (urbano, deberíamos decir, recuperando aquella idea de la urbanidad como buena educación), es decir, prohibiendo todo artefacto, con o sin motor, en los espacios públicos.

Pero a nuestros políticos municipales, seriamente perturbados por el veneno suave de la innovación, la tecnología y la modernidad liberal y desreguladora, no se les ocurre pensar en el bienestar de sus conciudadanos, sino en las 'ventajas' que atribuyen (por la mera presión de vendedores sin escrúpulos para los que la ciudad es, sin más, inagotable fuente de negocios) a estos heraldos de una fantasmagórica 'movilidad sostenible'; pero que, en realidad, buscan su beneficio en el caos de la ciudad, aportando 'soluciones comerciales' que, inevitablemente, generan una espiral patológica (conflictiva) de la que esperan provechos encadenados.

Y así, en lugar de intensificar la atracción del transporte público y de estimular la movilidad andante con ideas y propuestas verdaderamente urbanas, estos representantes municipales se dejan comer el coco y se avienen a introducir en el ámbito urbano nuevos factores de agresividad física e insostenibilidad ambiental, aviniéndose ante los mercaderes del atasco y el antiurbanismo. La estupidez de nuestros munícipes no es pasiva y se le debe recriminar sin más consideración. Consintiendo esta panoplia (que amenaza con continuar y agravarse) de 'soluciones alternativas' que estorban, amenazan, contaminan y alucinan, contribuyen a incrementar el déficit del transporte público, en lugar de ir reduciéndolo con medidas públicas adecuadas y a sabiendas de que es su buena gestión la única solución al problema en la ciudad.

De la bicicleta, cuyo uso sí es verdad que sigue en importancia y recomendación al deambular pedestre, hay que decir que también debe salir de la acera y el espacio de la movilidad pública y general, reconociéndosele calzadas especiales a costa del inmenso espacio que absorbe el automóvil, pero no escamoteando aceras y paseos al peatón. (Y de los drones que vienen, ante la algazara general y el desarme normativo, la recomendación general sería que se les apedree en cuanto asomen por el cielo de nuestros pueblos y ciudades).

Fue a principios de los años 1980, en unas jornadas en Málaga sobre La Ciudad del Futuro, a las que su Universidad me invitó para hablar del factor urbano-energético. Otro de los invitados, un geógrafo barcelonés que ya gozaba de gran prestigio en los ambientes urbanísticos catalanes, me erizó el cabello cuando habló de que había «que poner en producción a la ciudad»; sobre todo porque, sin saber él muy bien a qué se refería, yo, sin embargo, supe que no podía esperarme nada bueno.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook