01 de octubre de 2019
01.10.2019
Ajuste de cuentos

Nada mejor

01.10.2019 | 04:00

Lester Bramante adoraba al sargento Doyle. Lester había sido un boxeador legendario, campeón de los pesados imbatido durante más de dos años. Había habido aspirantes, claro. Tipos duros y aparentes, pero que saltaban al ring intimidados por el dominio del campeón. Tan resignados a apoyar la oreja en la lona que habrían podido comparecer directamente en pijama.

La infancia de Lester no había sido fácil. Su padre era un bestia inútil que pagaba sus frustraciones con sus hijos. Mientras otros niños aprendían a devolver besos, Lester aprendía a esquivar golpes. Era inevitable que también aprendiera a devolverlos. La primera vez que tumbó a su padre de un directo, Lester tenía nueve años.

El sargento Doyle conocía la situación de aquella familia y tomó algunas decisiones. El padre encontró algo mejor que hacer en cualquier ciudad situada a más de quinientos kilómetros. La madre recibió una oferta de trabajo y algunos consejos de los que se dan con el dedo índice levantado frente a la cara. La rabia de Lester fue encauzada a través del boxeo. A Doyle le gustaba pisar terreno conocido y ese era un mundo en el que sabía moverse. En los gimnasios del distrito aún se recordaba su guardia baja, sus pies ligeros y aquella manera eléctrica de soltar los puños como si de repente hubiera decidido escupir los nudillos.

Lester progresó hacia la cima con la velocidad de un avión supersónico. Su vigésimo primer cumpleaños lo celebró como campeón del mundo. Demasiado rápido, pensaba el sargento Doyle mientras le veía saborear la gloria. Se mantuvo ahí durante algún tiempo, pero todo llega y un día Lester se enfrentó a un chaval en cuyos ojos estaba el hambre que había desaparecido de los suyos. Aquel chico conectó un gancho en el segundo asalto que hizo que la coronilla del campeón golpeara su espalda. Lester cayó al suelo como si le hubieran volado los cimientos con dinamita.

Encajó mal aquel golpe. Se metió en asuntos jodidos. Inició una caída libre que le llevo a conocer por dentro la cárcel del distrito. Afortunadamente, su visita al hotel de las noches largas pareció abrirle los ojos. Volvió a entrenarse. Volvió a escuchar a la gente que le quería. Por eso solía pasarse a visitar al sargento. Lester aún tenía la sonrisa de un niño de seis años, el tamaño de un autobús de dos pisos y un puño izquierdo que era un dispensador de morfina. Al sargento le gustaba llevárselo al gimnasio para echar unos guantes. Bailaban un rato, Lester soltaba un par de golpes de tanteo y Doyle contratacaba con su estilo antiguo, de boxeo en sepia. Luego le daba a Lester algunos consejos. Resultaba enternecedor ver a aquel gigante bajar la cabeza y asentir mientras escuchaba al sargento. Era como ver a un grillo aleccionando a un león.

La noche del regreso de Lester alguien dejo un televisor encendido en la sala de guardia. El sargento estuvo toda la noche despistado, como si no quisiera enterarse de lo que pasaba en el cuadrilátero. Pero de vez en cuando apretaba los puños, subiendo el hombro derecho cada vez que atacaban a Lester por ese lado. Al final, el rival de Lester sólo consiguió aguantar dos asaltos, perder nueve dientes y ganar el dinero justo para pagar al dentista.

Cuando el combate terminó, Doyle apagó la tele satisfecho. Lo celebramos saliendo a hacer nuestro trabajo. A ocuparnos de nuestro distrito; con nuestro sargento al frente. No había nada mejor que eso.

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