25 de septiembre de 2019
25.09.2019
La Opinión de Murcia
Renglones torcidos

La vida en un patinete

25.09.2019 | 04:00
La vida en un patinete

ovial, alegre y despreocupado, adulto vuelto a la niñez, galopa sonriente un desconocido a lomos de un patinete y por la expresión de su rostro ha vuelto a los tiempos felices del tiovivo. Unos auriculares empotrados en los pabellones auditivos, si bien le impiden ser plenamente consciente del tráfico, le proporcionan la música necesaria para aumentar la ensoñación. En efecto, así es, nada preocupa ni espanta al niño grande que monta su patinete eléctrico que, convenientemente modificado, aumenta su velocidad y se burla en alegres maniobras y hábiles evoluciones del mundo de los adultos encasquetados en su vida anodina y que siguen yendo en sus vehículos grandes para niños grandes destinados a quedar atrapados en los atascos que con periódica regularidad bloquean las arterias que comunican el sistema sanguíneo de la gran ciudad.

Mirad el rostro seráfico del jinete, verdadero ángel tocado por la gracia, nuevo Hermes que en lugar de zapatillas aladas lleva esa plataforma con ruedecillas, qué le importa el tráfico rodado y los atascos a un ser que es vaporoso como el viento, inconsciente como un niño.

En su despreocupación y sin peder la sonrisa, el jinete extrae del bolsillo su teléfono móvil mientras sortea el tráfico en sentido contrario y a los transeúntes que se desplazan a pie. Con tan solo un dedo despeja mensajes, cambia el orden de reproducción de las canciones y continúa liberando endorfinas en su tiovivo particular, en su regreso a la infancia que ya no quiere abandonar. No, en manera alguna desea abandonar ese plácido mundo de la ensoñación. Y sigue y sigue montado a lomos de su patinete como si fuera un caballo alado o un carro de fuego que le libera de la tediosa realidad.

Ya no se apeará nunca, un nuevo judío errante es ahora yendo de un sitio a otro en una eterna juventud. Olvidado de su condición terrena, sigue completando revoluciones y círculos en el tiovivo de su nueva edad infantil. Ya hay testigos veraces que aseguran haberse cruzado con el patinete del eterno niño. Y llueva o haga calor, haya mucho o poco tráfico, haya elecciones o carnavales (valga la redundancia), ya manden los de siempre o sus imitadores, el eterno jinete, el Hermes niño con ruedas en lugar de alas en los pies sonríe con beatitud angelical y ni se molesta ya en abrir los ojos.

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