19 de septiembre de 2019
19.09.2019
Cartagena D. F.

Telaraña

"En el caso de la mayor catástrofe meteorológica que se ha vivido en la Región en muchos años, también recordaremos todos dónde estaban nuestro director general de Emergencias..."

19.09.2019 | 04:00
Telaraña

"No parece lo más adecuado que mientras cientos de ciudadanos se hunden al ver sus casas, sus vidas, completamente anegadas, quienes los representan y quienes deberían velar por su protección ocupen su tiempo de descanso en cenas, teatros y fiestas, en lugar de en descansar".

La vida es un cúmulo de recuerdos sumados a lo que está por venir. De lo que archivamos en nuestro histórico personal depende en gran medida lo que nos queda por almacenar, al menos hasta que todo se resetea y nuestra existencia pasa a la memoria interna de nuestros seres más cercanos. Si cuando tropiezo dos veces con la misma piedra me caigo y me rompo la crisma, una tercera vez me aseguraré de que la piedra ha desaparecido antes de dar el mismo paso. Porque los dos accidentes previos me han servido para informarme de la existencia de un riesgo. Pura lógica, ¿verdad? Pues no.

Si alguno de nosotros no sabíamos que la forma cool de denominar a la gota fría era DANA, seguramente, ya lo habremos aprendido, porque la que hemos sufrido hace unos días es uno de esos acontecimientos que dejan titulares y portadas históricas, de esos que se comparan con otros similares ocurridos con anterioridad, aunque no nos pongamos de acuerdo en si fue la peor de hace diez, cien o mil años. Esta DANA se ha convertido en uno de esos momentos en que todos recordaremos dónde estábamos cuando ocurrió, como cuando hace un par de años muchos vimos por primera vez nevar sobre las calles de Cartagena. Además, en el caso de la mayor catástrofe meteorológica que se ha vivido en la Región en muchos años, también recordaremos todos dónde estaban nuestro director general de Emergencias y nuestra alcaldesa, al menos durante unos instantes. Y es que una cosa es estar al pie del cañón y otra muy distinta ponerse a los pies de los caballos.

La verdad es que poco pueden hacer nuestros responsables políticos ante la rebelión de la naturaleza y cada cual es libre de ocupar su descanso como quiera y con quien quiera, pero no parece lo más adecuado que mientras cientos de ciudadanos se hunden al ver sus casas, sus vidas, completamente anegadas, quienes los representan y quienes deberían velar por su protección ocupen su tiempo de descanso en cenas, teatros y fiestas, en lugar de en descansar.

Además, esos mismos dirigentes insistían hasta la saciedad en que se extremaran las precauciones, en que ni se nos ocurriera coger el coche y en que lo mejor era quedarse en casa. Debe ser que las recomendaciones van por barrios y que en este país, ante el riesgo, como en tantas otras cosas, no todos somos iguales.

La banalidad que impera en esta sociedad que nos hemos dado nos hace caer en sus redes y nos atrapa a nosotros mismos en nuestra propia telaraña. La vanidad nos lleva a pensar que el mundo gira para nosotros y por nosotros, hasta que se desata, se revuelve y se defiende con un grito catastrófico, casi agonizante, que exige, proclama y suplica que basta ya. Nuestra estulticia, nuestro desinterés, despreocupación y nuestra desidia nos hace olvidadizos y tropezamos no dos, sino dos mil veces.

Dios (el tuyo y el mío) nos dio cinco sentidos, pero nos dejó la libertad para que dispusiéramos de un sexto cada vez que lo necesitáramos: el sentido común. Pero ni Dios (ni el mío ni ninguno) ni sus recomendaciones están de moda, más bien se podría decir que la moda es ignorar todo lo que tiene que ver con Él. No hacen falta milagros, ni construir un arca para protegerse de un gran diluvio, basta con que no hagamos casas donde no debemos, con que no vayamos donde no debemos, con que no aplaudamos lo que no debemos. Basta con hacer lo que debemos en cada momento, algo que parece tan sencillo, pero que supone un exigente reto cada día, cada instante.

Porque aunque queramos vivir como ellos, aunque queramos decidir como ellos, aunque queramos sentirnos como ellos, nunca seremos dioses, por mucho que algunos se crean o aspiren a serlo. Solo somos humanos, para lo bueno y para lo malo, para lo mejor y para lo peor. Y lo hemos demostrado sobradamente.

Si archivamos eso en el corazón de nuestro disco duro, si lo recordamos siempre, si lo tenemos presente en todo momento, tendremos mucho terreno ganado. Y a seguir caminando, a seguir avanzando, a seguir recordando. A seguir tropezando y a volver a levantarse.

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