15 de septiembre de 2019
15.09.2019
El diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos

Alto Aragón. ·Todo en este edificioen honor de Josémaría Escrivá, refleja el culto a su personalidad. Fabricado en ladrillo visto, con un estilo arquitectónico propio de los años setenta, el descomunal espacio interior recuerda a alguna nave de Dune, la película de David Lynch·

15.09.2019 | 04:00
Polvo en los zapatos

16 de agosto

La píldora azul. Hay días (hoy es uno de ellos) en los que siento como si me saliera fuera del tiempo, como si me elevara sobre la sucesión de instantes y lo viera todo simultáneamente: el pasado y el futuro, mi propio fin, la desaparición de las personas y las cosas que me rodean... La certeza de la futilidad universal me abruma entonces, me aplasta. Sé que esto es lo real, que no estoy sufriendo ninguna alucinación. Por ello, trato de arrastrar de nuevo mi mente al día a día, a la cotidianeidad, a la felicidad del autoengaño. Necesito engullir la píldora azul y volver a Matrix.

18 de agosto

La Obra. Siempre me han atraído las religiones y los lugares de culto, refugios del ser humano frente a la intemperie cósmica. De ahí que haya convencido a Teresa para empezar este viaje al Alto Aragón por el santuario de Torreciudad. Aquí, cerca de Barbastro, ordenó su construcción un nativo de ese pueblo, Josemaría Escrivá de Balaguer, quien murió ('cambió de casa') en 1975, al poco de inaugurarlo, y fue canonizado en Roma en olor de multitudes veintisiete años después. A lo lejos, más allá de las azules aguas del pantano del Grado y de infinitos pinares, asoman las agujas de los Pirineos.

Pocos en España ignoran que Escrivá de Balaguer, 'el santo de lo ordinario', fundó el Opus Dei, prelatura dentro de la Iglesia católica. Todo en este edificio refleja un culto a su personalidad. Fabricado en ladrillo visto, con un estilo arquitectónico propio de los años setenta, el descomunal espacio interior recuerda a alguna nave de Dune, la película de David Lynch. Junto al colosal retablo reza, arrodillada, una figura bañada en oro del propio San Josemaría. En el piso inferior hay una exposición dedicada a su figura donde puede vérsele en varios vídeos, esparciendo amables chascarrillos o dando muestras de campechanía ante sus devotos.

Aunque esta mañana se ha celebrado el día grande del santuario, ya no quedan restos del festejo en todo el recinto: los numerarios, agregados y supernumerarios del Opus Dei son de una pulcritud y eficiencia extraordinarias. Procedentes de diversas naciones, cuando hablan entre sí oigo que se refieren a su organización como 'la Obra'. Recuerdo a José Pastor, un compañero del colegio que quiso atraerme hacia 'la Obra'; todos cuantos merodean por aquí llevan estampada en la cara la misma sonrisa beatífica que él. Tengo la sensación de que debo imitar su expresión, para parecer uno de ellos y no ser desenmascarado, como en La invasión de los ultracuerpos.

19 de agosto

Huesca. Un repentino chaparrón se abate sobre Huesca y nos obliga a refugiarnos en su catedral. Bajo el pórtico, una mujer nos explica por qué éste contiene catorce apóstoles y no doce. En realidad, una de las figuras es San Lorenzo, sosteniendo la parrilla donde fue achicharrado vivo, y otra San Vicente, representado con la rueda de molino que le ataron al cuello para arrojarlo al mar tras espantosas torturas. La mujer sonríe al contarlo, pero yo mantengo el gesto serio. No puedo frivolizar con algo así. Siempre me ha sobrecogido la asombrosa crueldad del hombre hacia sus semejantes, algo que, por desgracia, no es exclusivo de los tiempos antiguos y rebrota con cada nueva guerra.

El escritor George Orwell tuvo ocasión de comprobarlo aquí, durante la Guerra Civil, en el cerco de Huesca. En las fotografías de la época parece un gigante entre los soldados republicanos españoles. Cuando escampa intentamos subir al castillo de Montearagón, donde al parecer el autor de Homenaje a Cataluña luchó, pero el agua ha anegado por completo los caminos y debemos renunciar a la visita. También tuvo que renunciar a su propósito (en este caso de conquista) el general que mandaba las tropas rojas, y que, según recoge Orwell, había proclamado confianzudamente: «Mañana tomaremos café en Huesca». Jamás lograron entrar en la ciudad.

20 de agosto

Mallos de Riglos. Fálicos y totémicos, los Mallos de Riglos se levantan como «columnatas de un palacio de gigantes», en palabras de Santiago Ramón y Cajal. Estos pináculos rojizos y de paredes verticales, que recuerdan de algún modo al Monument Valley de Arizona, han atraído a los escaladores desde que el alpinismo prendió como deporte. En un mirador cercano se rinde memoria a nueve hombres fallecidos aquí a partir de 1947. Puede que toda actividad humana sea en el fondo insensata, pero sufrir lo indecible y jugarse la vida para conquistar una cumbre (sobre todo si ni siquiera eres el primero en hacerlo) no puede dejar de parecerme una de las más absurdas.

Tras admirar los Mallos comemos en el cercano Ayerbe, con su viejo casino y su extraña torre del Reloj. Aquí transcurrió buena parte de la infancia de Santiago Ramón y Cajal, quien, además de obtener el Nobel por sus descubrimientos sobre la neurona, fue pintor y notable escritor: pertenecía a una época en la que los hombres aspiraban todavía al conocimiento global. Sus libros muestran buen nervio narrativo y no han envejecido apenas con el tiempo. Esto queda claro al leer Mi infancia y juventud, retrato de un niño díscolo e indomable a quien nadie hubiese augurado jamás tan ilustre destino. En Ayerbe y sus alrededores mantuvo un estrecho contacto con la naturaleza.

Me sorprende encontrar en su autobiografía hechos muy similares a otros vividos por mí. También yo soñaba con ser naturalista y construí una gran jaula para albergar pájaros (verderones, jilgueros, pardillos, pinzones, verdecillos). También caricaturicé a los curas y profesores del colegio y dibujé historietas protagonizadas por ellos que corrieron de mano en mano (las protagonizaban el padre Armando, el 'Fofo' y el 'Loquillo', y eran tan sádicas que agradezco que nunca me pillaran). También (cien años después de Cajal) recibí y presencié bofetones en el colegio de una violencia hoy inimaginable€ Pero aquí acaba toda similitud con el insigne aragonés, mucho más arrojado, rebelde y pertinaz de lo que yo seré nunca.

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