14 de septiembre de 2019
14.09.2019
Pintando al fresco

Cada uno a lo suyo

14.09.2019 | 04:00
Cada uno a lo suyo

A veces pienso que, en lo que a la política se refiere, los seres humanos nos dividimos en tres grupos sociológicos: el personal en general, los militantes de los partidos y los líderes de los partidos. Son estos tres grupos estancos, sin ninguna capacidad de mezcla, como el agua y el aceite. Aparentemente, sobre todo en las épocas electorales, puede parecer que tenemos algo en común, que los tres amontonamientos de hombres y mujeres podrían tener conexiones de pensamiento, palabra y obra, que podrían sentirse identificados unos con otros, apoyados, convencidos, creyentes en lo que piden estos y en lo que prometen aquellos. Pero, en cuanto acaban los unos de meter la papeleta en la urna, el proceso de desconexión es tan grande que materialmente parece que los grupos se mandaran, así, sin más, a tomar viento, hermanos.

Recolectados los votos, los líderes se rodean de sus primos, de sus más íntimos colaboradores, y el resto de militantes es enviado a sus casas a esperar. Si se ha conseguido tocar poder y va a haber reparto de cargos y encargos, el silencio del militante es total, su recogimiento consigo mismo absoluto, su estado de nerviosismo muy grande. Pendiente se queda de esa llamada telefónica que quién sabe si se producirá o no se producirá. Mantiene el militante el móvil en continuo estado de carga, enchufado a la red de noche y de día. Si lo llama su mujer, o su marido, para decirle que se pase por la panadería y compre pan rallado antes de llegar a casa, la respuesta es: «Sí. Cuelga ya». Por primera vez en años, utiliza el teléfono fijo para todo. Lo máximo que se permite con el teléfono móvil es buscar los números en la agenda para llamar por el fijo. Y, claro, para usar el wasap. Ahí sí que hay movimiento. Frases como: «¿Sabes algo?», o «creo que fulanita va a Hacienda, ya ves tú, esa que no ha administrado nada en su puta vida», se producen continuamente.

Mientras tanto, el otro grupo estanco, el de los líderes, también se mantiene en estado de gran exaltación a la vez que con cierta felicidad interior porque sabe el poder que detenta, la capacidad que tiene para hacer feliz o fastidiar absolutamente a propios y extraños, sobre todo, a los propios, que es lo que más gustirrinín le da. En su tableta, tiene un archivo al que ha ido añadiendo nombres de personas que conoció en esta o aquella circunstancia, que llamaron su atención por esto o por aquello, pensando en ellos como posibles futuros cargos: «J.C.N., profesor universitario, habla bien, conservador sin exagerar, casado, tres hijos. Le gusta el fútbol. ¿Consejero? ¿Director General de algo?». De estos apuntes tiene muchos, y, animado, se pone una mañana a llamar a varios de ellos y a ofrecerles algún puesto en su Gobierno. Al primer «¿cuánto se gana en eso?» y, ante la respuesta, el añadido: «Perdona, presidente, pero es que yo me saco el doble en lo mío», el líder comienza a mosquearse. Tampoco le sientan bien las respuestas de estos nuevos fichajes cuando son de este estilo: «Ni muerto, ni vivo, presidente. Vivo yo muy tranquilo para meterme en ese berenjenal'». Al final, siempre cae alguno, o alguna, que no sabe la que se le viene encima porque nadie le dijo que tendría que aceptar el equipo que le imponga el líder y del que no conoce a nadie, «ni falta que me hacía conocerlos», como dirá poco tiempo después a sus allegados.

Y el tercer grupo, los votantes, esa gente ya absolutamente olvidada, como si no existiera, a no ser que sea necesario llamarlos de nuevo a las urnas, en cuyo caso se les convocará continuamente en los discursos. Se supone que han votado, que han elegido cómo quieren que sean los gobiernos locales, regionales y el nacional, pero una cosa es lo que dice la gente y otra muy distinta lo que ellos, los elegidos, están dispuestos a llevar a cabo. Que se les ha dicho que no quieren gobiernos de un solo color, pues ni caso; que dicen que se sienten y se pongan de acuerdo, pues nada de nada, que dijeron que jamás harían aquello, pues ahí están, tomando café, cada uno a lo suyo. Y, los demás, a lo nuestro.

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