13 de septiembre de 2019
13.09.2019
Pasado a limpio

El precio de la libertad

13.09.2019 | 04:00
El precio de la libertad

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida.

sí comienza uno de los discursos más conocidos del Quijote, que prosigue considerando que las recompensas y agradecimientos son ataduras del espíritu libre. Siglos después, Erich Fromm, en El miedo a la libertad examinaba la dicotomía entre libertad positiva y negativa, esto es, la libertad como medio para alcanzar determinados bienes, o como fin en sí misma cuando no se tiene, lo que impulsa a darlo todo por recuperarla, bien que lo sabía Cervantes.

Viene a colación porque Fernando López Miras, cual caudillo del reino perdido del rey Lobo, hacedor de tan preciados bienes que no cabemos de gozo en esta taifa, nos dice que esta legislatura recién comenzada será la de la libertad. Me pregunto (retóricamente, por supuesto) a cuál de ellas se refiere, si la positiva, la negativa, la colectiva o la individual de él mismo.

LA OPINION del domingo 25 de agosto titulaba en primera plana que las familias murcianas no habían recuperado el nivel de gasto de antes de la crisis. En el cuerpo de la noticia se daba cuenta de la encuesta de gasto, en la que se observa una concentración en los productos de primera necesidad como la energía eléctrica, que aumenta en más del 70 %, y las medicinas, que suben más del 50 %. La noticia no destacaba las causas, sino las consecuencias y sólo como segunda noticia hacía referencia a los salarios de los trabajadores murcianos, que siguen siendo de los más bajos del país. Noticia corroborada en El País del día 29 de agosto, que se refería a la pérdida de poder adquisitivo de los españoles señalando la murciana como una de las comunidades más depauperadas.

La alternativa del gasto explicada por los economistas como el coste de oportunidad, cañones o mantequilla, podría plantearse en una opción entre gastos necesarios, útiles y suntuarios. Cuanto menor sea el peculio disponible, mayor proporción acumularán los primeros en la cesta de la compra, mientras que los últimos tenderán a la desaparición.

Pero volvamos al tema que nos ocupa y a una controversia a propósito de la libertad: ¿es más libre quien más tiene o quien tiene menos posesiones? Pessoa en El banquero anarquista se decanta irónicamente por lo primero, cuando relata el ascenso social de un ácrata convencido del primigenio valor de la libertad. Colige que el dinero, ya que no la felicidad, sí puede dar la libertad y cuanto más se posea, más libre se es, de manera que su protagonista se hace banquero y de los más canallas, pues pone su libertad por encima de la de todos. Podría citar unos cuantos ejemplos de banqueros que son de la misma opinión, no muchos, pues es sabido que la banca es un negocio de unos pocos al que los Gobiernos contribuyen reduciendo la competencia. Verbi gracia, organizando subastas de bancos en quiebra para su adjudicación a la oferta más ínfima, después de haber inyectado en su reflotación ingentes cantidades de dinero público; o asegurando su negocio al obligar a que todas las transacciones económicas se hagan a través de sus oficinas.

La otra alternativa es la libertad de quien nada tiene, nada teme, nada quiere o en nada cree, de manera que la carencia absoluta de ataduras nos llevaría igualmente a la libertad. Nada descabellado, si pensamos que en la desnudez del alma humana hay bienes inembargables, sea el amor que nos hace libres, sea el temor que nos hace irremisiblemente esclavos.

Considerando la locuacidad natural del líder supremo del millón y medio de murcianas y murcianos podemos colegir que debe de referirse a la libertad de quien carece de todo, pues después de la pérdida de poder adquisitivo, sólo nos falta perder el deseo para ser conscientes de lo libres que seremos cuando no tengamos apetencia de nada.

En esta disquisición hemos de recurrir a corrientes filosóficas de civilizaciones perdidas, lo que las hace atractivas en la medida en que el olvido del conocimiento antiguo nos devuelve la aventura del descubrimiento que experimenta el neófito. La ataraxia es el objetivo, una suerte de estado de imperturbable indolencia, tranquilidad o no inmutabilidad, que los budistas llaman nirvana. Los caminos son distintos para los epicúreos, que pretenden alcanzarla a través del disfrute meticuloso del placer, de manera que la ataraxia sería una suerte de estado placentero libre de toda necesidad; los estoicos la alcanzarían haciendo de la contención una virtud, incluso a través de la mortificación; otras corrientes, como el hedonismo, se abonan a la práctica del placer sin mesura, lo que llevaría a la apatía por agotamiento o por hastío; o el escepticismo, que alcanzaría el estado antedicho sin pretender nada ni aceptar ninguna regla, imposición o dogma, es decir, por pura casualidad.

De manera que, conociendo los distintos caminos, tuya, lector, es la decisión. López Miras ya ha alcanzado su cimera cumbre: él es libre (siquiera sea para decir lo primero que se le ocurra) merced a la elección de otros, mas no los electores, sino sus afines, la de quienes piensan, como él, que nuestra región es el paraíso de la libertad y fijan su precio mediante componendas y chalaneos.

Para algunos políticos es fácil hacer brindis al sol a costa de los ideales; ninguna penalidad tendrán por su futilidad, salvo la inconsistencia y endeblez de su palabra, y ya se sabe que tanto vales cuanto vale la tuya. Para los demás, sin embargo, la libertad es inestimable, pues imposible es calcular el valor de la sangre derramada en su conquista.

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