12 de septiembre de 2019
12.09.2019
Espacio abierto

La cultura de la conversación: 'Las Salonniéres'

11.09.2019 | 19:31
La cultura de la conversación: 'Las Salonniéres'

Eran nobles, privilegiadas en el París de los siglos XVII y XVIII, en la Francia de la Ilustración. Algunas de ellas eran ricas herederas que habían recibido una educación 'no formal', pues la 'formal' estaba reservada a los hombres; otras, se formaron en soledad, leyendo y escribiendo.

Su formación y pasión por el conocimiento las impulsó hacia un saber superior al de la mayoría de las mujeres de su condición social lo que hizo que fueran las protagonistas de la 'cultura de la conversación'. Esta revolución, generada a raíz del particular fenómeno del salón, se constituyó en un lugar de formación del pensamiento, en un espacio donde la conversación era la actividad principal.

En estos nuevos espacios de sociabilidad, hombres y mujeres que compartían intereses intelectuales conversaban, debatían sobre las novedades del momento, se relacionaban de forma igualitaria, al menos en teoría.

Se disertaba sobre gran variedad de temas y sobre las nuevas ideas encaminadas a la destrucción de los prejuicios, de los privilegios de la sociedad estamental, a la búsqueda de una sociedad más igualitaria y libre. No existe el imperativo de llegar a acuerdos; se habla por el placer de conversar, guardando ciertas reglas y disciplina estricta que permitían organizar las reuniones unos días fijos cada semana y a unas horas determinadas.

Se practicaban diversas actividades, como la lectura de textos nuevos, representaciones teatrales, veladas musicales y se intercambiaban juicios literarios.

Pero, sin duda, lo más novedoso fue el protagonismo de las mujeres, las salonnières, quienes por primera vez gozaron del derecho de exponer sus ideas a un público elegido por ellas y en un espacio creado y mantenido por ellas.

Las salonnières desplegaron todo su ingenio para desarrollar actividades vedadas para las mujeres; expresaron sus convicciones políticas y con sus escritos y sus salones intentaron crear una nueva sociedad.

Se disputaban la asistencia de las personas, la mayoría hombres, con talento y poder; podían favorecer o perjudicar reputaciones artísticas y acciones políticas.

Madame Geoffrin, con una humilde formación, reunió en su salón a personalidades de todos los ámbitos del conocimiento: Benjamin Franklin, el rey Gustavo III de Suecia, Voltaire, a los creadores de la Enciclopedia, que pudo ser completada con su ayuda pues actuaba de mecenas, apoyando económicamente a jóvenes intelectuales y artistas.

El salón de Madame de Lambert, escritora y filósofa, adquirió tal prestigio que cualquier miembro de la Academia tenía que ser reconocido por su salonnière; se consideraba la antecámara de la Académie Française. Sus tratados de educación y moral, muy apreciados por escritores y filósofos contemporáneos, fueron traducidos al español por la escritora ilustrada Cayetana de la Cerda y Vera.

Una de las mujeres más estimadas por sus contemporáneos fue Mademoiselle de Scudéry, quien reivindicó el derecho de las mujeres a cultivarse, a escribir, a mantenerse solteras y, así, escapar de la tiranía del matrimonio. Fue autora de voluminosas novelas, propuesta para ingresar en la Academia y la primera mujer que obtuvo el premio de elocuencia de la misma. A 'los sábados de Safo o de Mme de Scudéry' acudían celebridades de la época como Madame de La Fayette, Madame de Sevigné y La Rochefoucauld, quienes protagonizarían conversaciones sublimes, y perdidas para siempre. Es considerada la representante más célebre del Preciosismo.

Pero la pionera de una larga lista de salonniéres fue la marquesa de Rambouillet, quien atrajo a la élite social e intelectual francesa a su Chambre Bleue, creada a principios del siglo XVII; un espacio en el que las mujeres de talento y cultas podían reunirse con hombres de iguales cualidades. Eran pocas las personas que podían acceder a ese pequeño universo que presidió durante más de cuarenta años.

Decía D'Alembert, refiriéndose al salón de Mme du Deffand, donde se daban cita brillantes espíritus: «Era el precioso intercambio donde los burgueses aportaban sus luces a la nobleza y ésta a aquéllos su educación, con lo que unos salían más cultos y los otros más amables».

Todas estas mujeres y hombres, de la nobleza, de la burguesía, artistas, políticos y filósofos; hombres y mujeres de la Ilustración, de la Francia prerrevolucionaria creían en la educación de todos los ciudadanos como base del progreso; defendían la igualdad y, por lo tanto, luchaban contra los privilegios y contra la esclavitud; abrieron un amplio debate sobre muchos supuestos sociales aceptados por tradición.

Sin embargo, las mujeres continuaron excluidas de la ciudadanía, sometidas; los líderes intelectuales de la Ilustración no las contemplaron como sujetos de derecho; las continuaron privando de la educación, del derecho de expresar sus ideas en público, de la participación en la vida política, y todo el ideario ilustrado será puesto en evidencia por las mujeres como Olympe de Gouges, que reivindicaron su derecho a la ciudadanía y exigieron su inclusión en los discursos revolucionarios sobre Igualdad, Libertad y Fraternidad. Su ejecución significó que las mujeres volvían a quedarse fuera de los ideales de la época, tal y como había ocurrido en movimientos anteriores, como el Humanismo.

Como todos, los siglos XVII y XVIII fueron siglos de mujeres ejemplares; su valor fue reconocido por personalidades de la época, pero no fue hasta el siglo XX cuando los estudios de género dieron a conocer a muchas de ellas, que habían caído en el olvido.

Montesquieu dio a conocer las obras de Mme de Lambert en Austria; Mme Lefèbvre Dacier, editora, escritora y traductora, fue considerada por Voltaire «uno de los prodigios del siglo de Luis XIV» y G illes Ménage dijo de ella que era «la más sabia de las mujeres actuales y del pasado».

«Si supiera usted, si pudiera comprender lo que fueron aquellos salones? Alguien debería contar la influencia que las mujeres inteligentes y exquisitas han tenido en la evolución de nuestra historia. Pienso en Mme du Deffand, Mme Geoffrin, Mme de la Sablière, Mme de Lambert, en la sublime Mme de Châtelet? en tantas» ( Memorias de Talleyrand).

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook