10 de septiembre de 2019
10.09.2019
Carta de Ajustes

Científicos por el Mar Menor: pocos y timoratos

09.09.2019 | 21:24
Científicos por el Mar Menor: pocos y timoratos

De esa proclama, tan inesperada como bienvenida, destaca como primerísima nota la exigua cantidad de sus firmantes, una nómina ridícula (de lo que no son culpables, desde luego) si tenemos en cuenta que el total de los científicos e ingenieros que trabajan en las instituciones universitarias, de investigación, profesionales y de las Administraciones públicas, debe ascender a varios centenares

Quince científicos murcianos, quince, en su mayor parte biólogos, han lanzado recientemente una advertencia de desacuerdo (LA OPINIÓN, 4 de septiembre) sobre (podríamos resumir) la información que se viene dando sobre la situación del Mar Menor, lo que constituye una novedad importante, sin precedentes, digna de análisis.

Este acontecimiento viene a facilitar mi tarea en la descripción pendiente del 'poder científico-universitario' (véase LA OPINIÓN, 12 de febrero de 2019), que opera subordinado de hecho (aunque dentro de una debilidad exasperante) al poder agrario dominante. Este poder, desgraciadamente para los murcianos, aparece desvaído y escasamente relevante en el interior del 'sistema murciano depredador' (véase LA OPINIÓN, 21 de mayo de 2019), esa red perniciosa que, en una u otra medida, somete, intimida o condiciona a la sociedad murciana (salvo al movimiento ecologista, que se sale de ese entramado de intereses, complicidades e inacciones).

De esa proclama, tan inesperada como bienvenida, destaca como primerísima nota la exigua cantidad de sus firmantes, una nómina ridícula (de lo que no son culpables, desde luego) si tenemos en cuenta que el total de los científicos e ingenieros que trabajan en las instituciones universitarias, de investigación, profesionales y de las Administraciones públicas, debe ascender a varios centenares. Naturalmente, esto no significa que esos pocos sean los únicos que disienten sobre la situación de nuestra laguna salada y la conducción de sus asuntos vitales porque serán muchos los que, por indiferencia, cobardía o implicación crematística, callan y consienten.

La segunda nota a tener en cuenta es la distribución institucional de esos 'quince justos', de tan patética soledad. Predominan, con ocho, los que trabajan en el Instituto Español de Oceanografía (IEO), algo muy señalado, si tenemos en cuenta el 'sesteo social' que desde hace décadas se le puede atribuir a ese organismo y a la mayoría de sus moradores, aunque no descarto que esos funcionarios se sientan ufanos de una labor que, en general, desconocemos. Ya en las décadas de 1970 y 80 los del Grupo Ecologista Mediterráneo criticábamos la inoperancia del IEO frente a los crecientes problemas del Mar Menor, y apuntábamos a la responsabilidad (por omisión, es verdad) de los directores de entonces: Joaquín Ros (más interesado por la política) y Argeo Rodríguez de León (demasiado discreto, para mi gusto).

El Centro de Edafología (CEBAS) aporta un firmante, hecho alarmante y que me reafirma en la idea de que este organismo no contribuye a limitar los daños inmensos que la agricultura intensiva produce a nuestros suelos, callando y otorgando ante el poder (y, supongo, la presión) del poder agrario devastador. A la Universidad de Murcia pertenecen tres firmantes, otro dato que califica suficientemente (mal) a nuestra primera institución académica ante el angustioso problema ambiental del Mar Menor. Y la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) queda representada por ¡un solo científico! reflejando al menos dos realidades: primero, la ignorancia supina de la formación ingenieril en materia ambiental (lo que no es privativo de la UPCT, doy fe), con ausencia en su curriculum de preocupación social y educación crítica, y, segundo, la creciente implicación de sus departamentos y profesores en el fortalecimiento del poder agrario mediante las cátedras y los convenios de colaboración (poderosos mecanismos de alianza y sometimiento).

El tercer punto general que quiero comentar, siguiendo las informaciones y extractos de prensa (ya me leeré el texto original), es el escaso vigor de su redacción, la falta de concreción al señalar a los malversadores de la situación en el Mar Menor. Clamar, al aire, contra 'interpretaciones y diagnósticos' que califican de 'irresponsables, oportunistas e improvisadas', tiene poca garra porque sustituye a las debidas y necesarias acusaciones a personas y organismos. Si en lugar de criticar a una 'pretendida portavocía' mencionaran al portavoz, y en lugar de rechazar las 'valoraciones personales de pretendidos líderes de opinión' anotaran los nombres y apellidos de esos individuos, la indignación que parecen querer transmitir adquiriría mucha fuerza e influencia. De otra forma, la imagen que da la ciencia crítica que enarbolan (y cuya oportunidad alabo, entiéndaseme bien) tiene mucho de prudencia timorata, de componenda anti conflicto y de resguardo de los propios intereses.

La ciencia de los científicos que no hablan claro, que quieren dejar a salvo su corporativismo y que eluden la radicalidad culpando (con verdad) a los nitratos, pero sin señalar a una agricultura intensiva que arrastra a una economía regional necrófila e insostenible, es ciencia sin el debido enganche social, sin perspectiva amplia: cosa de expertos y especialistas, que, además, consideran que su trabajo es centrarse en el detalle, la fase o el objetivo, sin atender a la globalidad.

Vuelvo, por lo demás, a recordar (como ya hice, irritado, al criticar al portavoz científico de la farsa marmenorense, Pérez Ruzafa, y sus numerosas facetas anticientíficas) que los 'científicos naturales', especialmente los biólogos, deben evitar hacer proclamas de especialistas o de tribu, y asumir la globalidad de los problemas ambientales, que siempre superan el contenido y el enfoque biológico, lo que en este caso resulta sobremanera evidente. Protestar por cómo se llevan los asuntos de la degradación del Mar Menor exige señalar siempre sus causas, tanto si la iniciativa es de biólogos, juristas, economistas o ingenieros. Y pretender credibilidad (científica, desde luego, pero también social) exige, por supuesto, independencia y libertad de criterio, lo que desaconseja vincularse a organismos, comisiones o inventos que (a poca experiencia que se tenga de la saga del medio ambiente regional) constituyen siempre dilación, trampa o impostura.

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