03 de septiembre de 2019
03.09.2019
La Opinión de Murcia
Tribuna política

Rufián y las máscaras de Goffmann

Al portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya le conocimos como un diputado altanero, irreverente y provocador; pero en esta legislatura volvió al Congreso con el traje diplomático y reprendiendo a los políticos lo que él hacía unos meses antes

03.09.2019 | 04:00
Rufián y las máscaras de Goffmann

El Diccionario de la RAE establece como acepciones del adjetivo rufián las siguientes: personas sin honor, perversas y despreciables, que hacen oficio del tráfico de prostitutas, etc. O sea; un rufián, o rufiana, es una persona que se dedica a vivir del engaño, de la estafa y del proxenetismo, entre otros 'honestos' quehaceres. Evidentemente, los sinónimos del vocablo van en consonancia con las acepciones: alcahuete, bellaco, bribón, infame, canalla, truhán, miserable, hampón, granuja...

Creo, que no hay acepción, ni sinónimo de los señalados, que la mayoría de los españoles no le hayamos dedicado alguna vez a su señoría Gabriel Rufián Romero, diputado del Congreso de los Diputados en representación de la independentista Esquerra Republicana de Catalunya. En una ocasión, concretamente cuando llamó «fascista» e «indigno» a Josep Borrell, le dediqué todos los sinónimos y acepciones de su apellido, además de unas cuantas maldiciones y, aún así, no quedé satisfecho. Si hubiera podido, lo habría sacado a collejas del Congreso de los Diputados y trasladado al plenario de un congreso de Vox dejándolo bajo la tutela del juez Serrano y de Ortega Smith. No por las mezquindades que dijo contra uno de los políticos más honestos y leales a España, (la libertad de expresión que le concedemos los constitucionalistas a los independentistas se lo permite), sino por la actitud chulesca, arrogante y ruín de quien, por su estatus o cargo, se sabe protegido, por muy rufián que sea.

No es mi intención rebuscar la etimología del apellido Rufián ni sus más hirientes sinónimos. Cada cual lucimos el que heredamos y en la inmensa mayoría de los casos el apellido no tiene nada que ver con la naturaleza de la persona. De hecho, conozco a dos personas de apellido Rufián y una de ellas es un piadoso meapilas y el otro un borde tocapelotas. Ninguno de ellos es Gabriel Rufián, el Rufián de España.
Al charnego, hay que reconocerle unas virtudes parlamentarias excepcionales, (buen verbo, serenidad y convicción ante sus prosélitos). Y en sus intervenciones parlamentarias, exaspera a sus rivales a los que con frecuencia termina noqueando, incluido a un buen parlamentario como Albert Rivera, quien todavía anda buscando la vertical por la que le llegan los sopapos (crochet, ganchos, swing y directos), que le propina Rufián en sus porfías y que, en más de una ocasión, han dado con él en la lona. Al entonces presidente Rajoy, en un debate de investidura, también lo despachó sin piedad: «Los niños catalanes hablan dos idiomas, con lo cual hablan uno más que usted€». O al propio Puigdemont, cuando el todavía president, por miedo a la aplicación del artículo 155 de la Constitución, no se atrevía a aprobar la Declaración Unilateral de Independencia. «155 monedas de plata», le espetó escueta, pero impiadosamente Rufián en un tuit que pasará a la historia. A buen entendedor pocas palabras bastan. Al final, el Parlament, donde se hace de todo menos parlamentar, aprobó la DUI, pero a Judas Puigdemont, muy ocupado, no le dio tiempo a contestar el tuit: se estaba acomodando en el maletero del coche en el que, cual rata noruega, iba a huir a Bruselas.
ERC anduvo fina cuando se fijó en él. Un joven bien parecido, formado y disciplinado, hijo de inmigrantes andaluces, y encantador de mentes tardas que, en la Asamblea Nacional Catalana, academia del independentismo radical, destacaba como portavoz de los castellano-parlantes. Rufián se convirtió en el potente altavoz que Junqueras necesitaba para imponer un nuevo relato y convencer, sobre todo a muchos jóvenes charnegos agradecidos como él, de que España los maltrataba y de que una Catalunya independiente tendría más en cuenta sus ancestrales problemas de paro, inseguridad, vivienda, etc.

A Gabriel Rufián, empezamos a conocerlo realmente cuando se convierte en diputado en Cortes y se cobija bajo la sombra de Joan Tardá. Hombre bueno, hombre malo. Mientras Tardá ejerce, con mucha dignidad y mesura, de portavoz de un partido independentista en un Congreso donde casi 300 de sus 350 diputados eran anti independentistas, Rufián se dedica a repartir y recibir estopa con la consistencia de un frontón de acero que devolvía tres golpes por cada uno que recibía. Altanero, irreverente, provocador y con más veneno en la lengua que en el aguijón de un avispón gigante asiático, se convirtió en un auténtico problema para la presidenta de las Cortes, Ana Pastor, que no atinaba a adoptar una postura disciplinaria que pusiera al charnego en su sitio sin dañar el prestigio de la institución que presidía.
Una imagen de macarra pendenciero quedó grabada en nuestras retinas el día que se disolvieron las Cortes, terminó la perturbada Legislatura y el insurrecto volvió a Barcelona.
Unos meses después, hábilmente despojado de la imagen de Makinavaja que nos dejó, nuestro mayor rufián vuelve al Congreso de los Diputados, esta vez investido como embajador plenipotenciario del independentismo posibilista de ERC y elegantemente vestido con el traje de diplomático que le dejó colgado en la percha el bueno de Joan Tardá. Y la verdad que luce el traje con prestancia y hasta con educación. Además, se permite la licencia de llamar a la moderación citando a Don Miguel de Unamuno y reprendiendo a los políticos que hacen ahora lo que él hacía unos meses antes. Incluso ha puesto en su sitio a los parásitos del Institut Nova Historia, un engendro independentista que, alimentado con subvenciones públicas, fabrica mentiras y tergiversa ridículamente la historia. Rufián, también, ha sido capaz de criticar a Jordi Pujol, aunque aún le faltan 'collons' para llamar a las cosas por su verdadero nombre en el asunto de la trama delictiva del clan Pujol-Ferrusola y en el de la mafia del 3%.

A mí, Gabriel Rufián, me tiene tremendamente confuso y fascinado; no sé si estamos ante una nueva versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, o ante un consumado intérprete de la tragicomedia que se representa en el escenario político de España. En cualquier caso, sí parece confirmarse la teoría de Erving Goffmann, un canadiense, padre de la microsociología, y autor de La presentación de la persona en la vida cotidiana. Una obra maestra en la que nos descubre que cada persona lleva puesta una máscara que va cambiando según la situación en la que se encuentre.
Mi confusión sobre la verdadera naturaleza del personaje me obliga a concederle el beneficio de la duda razonable. Así que, mientras no vuelva a cambiar de máscara, cuando tenga que calificarlo lo haré con antónimos de rufián en lugar de con los acostumbrados sinónimos€, aunque sin pasarme, por lo que pueda deparar el futuro inmediato, o sea: la Sentencia del Tribunal Supremo contra los golpistas que apostataron de la Constitución y de su propia historia.

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