01 de septiembre de 2019
01.09.2019
La Opinión de Murcia
Polvo en los zapatos

El diario de Manuel Moyano

La playa. "Bucear es viajar a otra dimensión. Sientes que vuelas –ingrávido– sobre las rocas, mientras oyes incesantemente tu propia respiración, como si fueras Darth Vader o un astronauta de 2001"

01.09.2019 | 04:00
El diario de Manuel Moyano

3 de agosto

Aquella maldita película de Spielberg. Teresa y yo colocamos hamacas y otros bártulos sobre las arenas oscuras de la playa del Lastre, en Portmán. Tenemos intención de pasar toda la mañana aquí. Hay quienes consideran que la orilla del mar es el lugar ideal para leer. No es mi caso. Aunque he traído dos libros –uno de Virginia Woolf y otro de Frederick Forsyth, para tener donde elegir– no llego a abrir siquiera ninguno de ellos. Tampoco soporto pasar más de diez minutos tumbado al sol. Así que, mientras Teresa permanece en su hamaca, recorro toda la bahía con los pies descalzos; luego, paso el resto de la mañana buceando con gafas y tubo por las rocas que rodean el faro.
Bucear es viajar a otra dimensión. Sientes que vuelas –ingrávido– sobre las rocas, mientras oyes incesantemente tu propia respiración, como si fueras Darth Vader o un astronauta de 2001. Las anémonas se mecen bajo el agua igual que cabelleras al viento. Hay infinidad de peces distintos. Uno –que se mimetiza con el fondo– parece una platija. Otros, de largos bigotes como los de los peces-gato, filtran incansablemente la arena. Los hay plateados, rayados, de colores, todos mordisqueando las algas que tapizan las rocas. Algunos son diminutos, de un azul intenso, y semejan un puñado de zafiros arrojado al agua. El espectáculo es increíble€ De vez en cuando, miro con inquietud hacia el mar abierto: nunca debí ver aquella película de Spielberg.

4 de agosto

Gravedad cero. Salgo en bicicleta y remonto la vía verde hasta Campos del Río. A mi paso veo conejos, lagartos ocelados, grajillas, abejarucos, verdecillos (los libros y documentales de Félix Rodríguez de la Fuente me enseñaron a reconocer estas especies). Pero hoy no consigo disfrutar de la bicicleta, como si mis músculos se negaran a desplazar los ciento siete kilogramos que marco en báscula. Y sé por qué: es a causa de las dos horas que pasé ayer bajo el mar, en gravedad cero. Me acostumbré a ser ligero como una pluma, y mi mente no termina de aceptar este regreso a tierra firme.

5 de agosto

Disociación. Oigo unos extraños crujidos en el balcón, de madrugada. Me levantó para escrutar su origen. Es Yako, quien me mira a los ojos sin dejar de hacer lo que lo mantiene ocupado: devorar el pájaro de alas negras que acaba de cazar. Lo que he oído desde la cama son sus huesecillos, quebrándose bajo los ávidos molares del gato. De algún modo, me siento orgulloso de Yako. No ha perdido por completo su instinto cazador; no hemos conseguido disociarlo por completo del mundo natural.

6 de agosto

Murcia mítica. Creo que he leído las obras completas de Paco López Mengual, del mismo modo en que él ha leído las mías; a menudo –en ambos casos– antes de ser dadas a la imprenta. Hoy he devorado de una sentada su último libro, Crónicas y romances de Murcia, al que Emilio del Carmelo Tomás aporta la parte versificada. Paco ha pulido cada vez más su estilo y sabe cómo arrancar magia de unas historias reales que pocos sabrían transmutar en literatura. Cada vez se acerca más a su propósito confeso: crear una Murcia mítica y alejada de cualquier visión pacata y localista –a la manera en que hizo Cunqueiro con su Galicia natal.

7 de agosto

Escribir del suicidio. El libro de Joaquín Jareño sobre Ludwig Wittgenstein, La tumba del filósofo, me ha brindado una sabrosa sesión de lectura, tal vez porque su autor se recrea antes en la peculiar psicología del pensador vienés que en analizar su obra. Como tantas personas inteligentes, Wittgenstein fue un hombre torturado. Cuando –desapegado de lo terrenal– repartió toda la herencia que le correspondía entre sus hermanos, el escandalizado notario habló de 'suicidio financiero'. Wittgenstein escribió a menudo sobre el otro suicidio, el absoluto, pero nunca lo llevó a la práctica. Dejó escrito que «el miedo a la muerte es signo de una vida mala, falsa e infeliz».


8 de agosto

El germen de una novela. Ceno en el bar Santa Bárbara con varios miembros de La Molineta Literaria: Pedro Brotini, Berta Höpfner, María Jesús Bo, Ignacio Flórez, Elías Meana y Paco López Mengual. Corre la cerveza y todo el mundo tiene algo que contar. Cada vida –pienso– encierra el germen de una novela. Ignacio, por ejemplo, explica que su padre visitó de niño a Ramón del Valle-Inclán, en su lecho de muerte. Fue su tío Hipólito, practicante de la vida bohemia, quien lo llevó allí. Al padre, sin embargo, no le impresionó demasiado aquella visita y apenas hablaba nunca de ella; tan sólo contó que Valle-Inclán y su tío mantuvieron una conversación –presumiblemente trivial– comparando el clima de Galicia con el de México.

Elías Meana, marino retirado y caballero de la vieja escuela, guarda un gigantesco repertorio de anécdotas. Esta noche cuenta que, estudiando en la Escuela Naval de Barcelona, coincidió con un guineano –he creído entender que pariente de Obiang– al que los demás compañeros zaherían por su condición de negro («dónde te has dejado la palmera», decían). Él nunca entró en ese juego. Años después, al desembarcar en un puerto de la excolonia española, oyó que alguien le llamaba: «¡Coño, Meana!». Era el antiguo estudiante negro, quien ahora llevaba un uniforme con charreteras y un enorme fusil. Se paseaba por el muelle como el amo del lugar. De haber sido cualquier otro de sus compañeros –pensó Elías– tal vez sus días hubiesen acabado allí.

Pero si, entre mis amigos y contertulios, alguien tiene una vida novelesca, ésa es Berta. Hija de padre hispanoalemán y de madre japonesa, semejante mezcla de orígenes le ha causado no pocos quebraderos de cabeza burocráticos a lo largo de su medio siglo de existencia. Su primera patria fue Japón; su primer idioma, el japonés. De niña, cuando la familia se mudó a España, todo el mundo la miraba con descaro al verla por la calle en compañía de una oriental (su madre). Ella apenas ha heredado rasgos asiáticos. Según cuenta, eso la libró de que en su día la apodaran 'la China'; algo que hubiera lamentado especialmente, ya que –por su parte japonesa– le tiene una ojeriza ancestral a los chinos.

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