27 de agosto de 2019
27.08.2019
La Opinión de Murcia
El Agostorro

La vida sigue

A media tostada, la alcaldesa de Cartagena me deja plantado y su monedero en custodia

27.08.2019 | 07:44
La vida sigue

Desayuno con Ana Belén Castejón. Mientras me dirijo al lugar de la cita me llegan por whatsapp los primeros mensajes de la red interna del periódico que advierten sobre el accidente. Todo muy impreciso aún, hasta que se empieza a concretar en la red más insospechada: un grupo presuntamente secreto, El Templo del Fútbol Blandengue, en el que participamos algunos amigos para transmitirnos bromazos. Uno del club, José Ignacio, vive frente al lugar de los hechos, lo ha visto todo con sus propios ojos y remite impresiones inmediatas y vídeos registrados en su móvil. «Si el avión se desvía un poco, se mete en mi terraza», escribe. Es la primera vez en unos cuantos años que El Templo del Fútbol ofrece una noticia verdadera, y encoge el corazón que sea precisamente esta.

Me dirijo al chiringuito Lido Azurro, kilómetro 4 de La Manga, Mar Mediterráneo por la zona de El Zoco. El avión se acaba de estrellar a apenas cien metros. En el trayecto a pie por la arena, un policía nacional me prohíbe avanzar junto a la línea de playa, pero me da tiempo a ver junto a sus pies un trozo de fuselaje arrimado por las olas. Los vecinos de las urbanizaciones se agolpan ante el balcón vallado al mar del pequeño paseo marítimo que las conecta. Es una línea de espectadores de varios kilómetros que permanece en sus puestos durante todas las horas de la mañana, o bien se va relevando.

La alcaldesa de Cartagena me espera con un café con leche y una tostada con aceite y tomate (comparte gustos, observo, con la vice, Noelia Arroyo), pero apenas le da tiempo a saludarme. Está pegada al móvil, por el que recibe noticias de las autoridades militares y se conecta con el concejal Torralba y los servicios de socorro y seguridad del Ayuntamiento, que van llegando. También aparecen por allí la periodista Ángela de la Llana y su marido, presidente de Cruz Roja, cuyos servicios no son necesarios, pero por si lo fueran.

Si mi encuentro con Castejón hubiera pretendido ser discreto (que no era el caso) nos habríamos reunido en el lugar más inadecuado y en el momento más inoportuno, pues por allí empezaron a aparecer todos los reporteros imaginables. La inmediatez de la tragedia apagaba, por supuesto, mi interés en los asuntos sobre los que tenía previsto curiosear con la gran protagonista política del verano, y ella tampoco estaba, como es lógico, en sintonía con ellos. El de ayer fue, por tanto, el desayuno más breve de cuantos he mantenido con políticos de paso por mi zona de radar durante este agostorro.

Hubo otros impedimentos más domésticos para que pudiéramos establecer una conversación sobre política si en tales circunstancias lo hubiéramos pretendido, que no fue el caso. Su hija Rocío, ocho años, controlada junto a su hermano David de apenas dos por su padre y su abuela, se acercó a nuestra mesa para investigar a su madre: «¿Qué haces con este señor y qué le estás contando?». Una clara vocación de inflexible jefa de gabinete.

A media tostada, la alcaldesa me deja plantado para dirigirse a la zona cero dentro del cordón de seguridad que poco a poco se va extendiendo a lo largo de la playa, hasta el punto de que los moradores del chiringuito quedamos dulcemente encerrados en él. Las cámaras de las cadenas de televisión buscan entre los clientes testigos del fatal amerizaje y los encuentran en gran cantidad. Son muchos los que tienen una historia que contar. Una de las vecinas confiesa a un periodista: «Yo te cuento lo que he visto yo y lo que ha visto mi marido, pero de lo que ha visto mi marido no puedo dar fe, porque él dice que lo ha visto, pero yo no». Y cuando el periodista se marcha nos informa a todos: «Mañana voy a salir en el periódico y me va a ver mi jefe, que cree que estoy en Italia. Cuando se entere de que estoy en La Manga, seguro que me llama para que me reincorpore ya al trabajo».

En su fuga a la zona cero, la alcaldesa promete regresar y me deja en custodia su monedero de Bimba y Lola, precioso, al que me aferro, porque sólo me faltaría perderlo. Tarda un montón de horas en venir a por él, y mientras tanto intento complementar la labor de mis compañeros del periódico, que andan, claro, por aquí. Lo hago torpemente y mal, porque los sucesos me superan.

Una vez más observo que para ofrecer información de un hecho de este tipo es más práctico estar lejos y bien conectado a las fuentes rigurosas. En primera línea se acumulan los bulos, las suposiciones, las noticias bomba de primera mano que rápidamente son desmentidas y otra vez redifundidas. Hay quienes deploran la tardanza en la aparición de los servicios de emergencia, y otros que elogian su labor. Hay quienes critican la presencia de políticos en la zona, y otros que echan en falta a determinadas autoridades ausentes. Etcétera.

Una periodista de la tele me pide que le cuente lo que he visto; le digo que no he visto nada y me sugiere que le hable del despliegue policial, aunque sea, que está a la vista de todos. Le señalo a un vecino al que he escuchado decir que ha sido testigo de la tragedia, y a él se dirige sin decirme adiós. La comprendo. Por la tarde, en casa, veo su reportaje y está bien.

Por fin Ana Belén Castejón regresa al chiringuito y le devuelvo su monedero. Dice que tiene una reunión con el resto de las autoridades concernidas a las 15 horas, que son casi ya. Lamenta que no hayamos podido hablar sobre su política municipal, pero es obvio que no es el día ni la hora. En primera línea de los hechos corren los bulos sobre lo que uno mismo esta viendo, pero también es cierto que la emoción es más intensa. Hay un espectáculo de aviones, helicópteros y embarcaciones de todo tipo que giran en torno a un imposible salvamento, pero esto no es una película. Hay una vida que ya no está.

Una hora más tarde, en otro chiringuito con servicio a todas horas, me pido una ensalada para entretener el hambre y observo que en la distancia, por la zona del accidente, alguien disfruta del kitesurf sobre las olas de la misma playa. Se suele decir que la vida sigue.

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