25 de agosto de 2019
25.08.2019
El diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos

Un arte tan genuinamente español. Siempre me ha sorprendido que el principal encuentro nacional de flamenco no se celebre en Andalucía, sino en Murcia: por eso llevaba tiempo queriendo asistir al Festival de Las Minas de La Unión. Por fin ha llegado el día

25.08.2019 | 04:00
Polvo en los zapatos

25 de julio

El trayecto de la vida. Los hombres van cayendo como caen las hojas de los árboles. Hoy –esta sección amenaza devenir obituario– le ha llegado su hora a José María Jiménez, pediatra, expolítico desengañado de la política, lector voraz, escritor. Cada muerto de nuestros círculos cercanos parece acortar el trayecto que nos separa del propio fin. José María, Pepe, me llevaba cinco o seis años. Lo recuerdo cierta tarde de primavera en mi casa, cuando le ayudé a dar forma a su único libro publicado, El guardián de las mareas. Me dijo entonces que él escribía escuchando música, y yo le contesté que para mí eso resultaba imposible, que veía el arte de escribir como algo parecido a componer; por tanto, no podía dejarme distraer por ninguna otra melodía.

27 de julio

Un icono generacional. Aunque ocurrió hace días, se ha conocido ahora la muerte del actor holandés Rutger Hauer. De inquietante presencia, en Blade runner prestó su mirada metálica al robot humanoide Roy Beatty, quien, antes de morir, pronunciaba ante su perseguidor (Rick Deckard) el celebérrimo parlamento que comienza así: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais€» Parece que el final –«como lágrimas en la lluvia»– fue una improvisación del propio Hauer, que Ridley Scott decidió mantener en el montaje final. La escena, de resonancias borgianas, bastó para convertir a Hauer en un icono generacional. No importa que, en lo sucesivo, se circunscribiera a filmes de serie B para obtener dinero rápido. Se dedicó a vivir la vida, simplemente. Juan Manuel de Prada, que lo conoció durante el rodaje de La tempestad, me dijo que se desplazaba en un tráiler reconvertido en hogar ambulante. Hoy he lamentado la muerte de Hauer dentro de un grupo de WhatsApp –formado por escritores en torno a cuarenta años– y nadie se ha hecho eco de mi pesar. Hauer, para ellos, no era nadie. No lo vieron morir en 1982, en una pantalla de cine, cuando aún no tenían 20 años. También los iconos llevan fecha de caducidad.

1 de agosto

Despedida en el bar. Dicen que en el monte Amboto (Anboto en euskera) mora la diosa Mari. Este lugar mitológico era uno de los preferidos de Jesús Montoia, y hoy se le ha rendido allí una ceremonia a la que han acudido familiares, viejos amigos como Mauri o Javi el Melenas, sus hijos –Julen y Mikel– y su mujer, Amparo. Ella es quien me envía unas fotos de montes azules, vagarosa niebla y prados verdes donde pastan las pottokas, caballos autóctonos. Han leído en voz alta el texto que escribí sobre Jesús en este diario y una pottoka ha permanecido quieta, como si lo escuchara atentamente, mirando al grupo. Nadie ha puesto en duda que tras ese équido estaban los ojos y los oídos del amigo muerto.

El pensamiento mágico, animista, parece arraigado en las tierras del norte. Al leer a Amparo, he recordado algo que me contó Jesús: a la mañana siguiente de morir su madre vio una cigüeña blanca, posada frente a su casa, e intuyó que era ella despidiéndose... Hoy, después de comer, he sido yo quien ha tenido una visión. Anclado en el sofá, perdido entre la vigilia y el sueño, me he imaginado de pronto acodado en la barra de un bar, junto al propio Jesús. Tenía la ropa desgarrada y sonreía como un niño que acabase de hacer una trastada. Cuando le he recriminado por ello, ha empezado a carcajearse, guiñándome el ojo. Hemos terminado entrechocando nuestras jarras. Ésa ha sido nuestra despedida, la que nunca tuvimos en el mundo real.

2 de agosto

Noche en la Catedral del Cante. Siempre me ha sorprendido que el principal encuentro nacional de flamenco no se celebre en Andalucía, sino en Murcia: por eso llevaba tiempo queriendo asistir al Festival de Las Minas de La Unión. Hoy, por fin, ha llegado el día. Una leve brisa marina atenúa el bochorno de esta noche agosteña. La llamada Catedral del Cante no es sino el antiguo mercado de abastos, descomunal edificio modernista de hierro y vidrio que han iluminado hermosamente con focos de colores para la ocasión. Dentro me veo con Lola Gracia, Ricardo Fernández y Patricio Peñalver, prosista fino que lleva décadas cubriendo el festival como reportero.
Mi ignorancia del flamenco es enciclopédica. Soy uno de esos niños del franquismo que terminó tomándole aversión y que luego, durante la Transición, no se sumó a los intelectuales y esnobs que elevaron a los altares un arte tan genuinamente español. Por ello, apenas sé nada de El Cabrero, quien actuará en pocos minutos. A la entrada, un exaltado estaba pidiendo al Ministerio de Cultura que se le rindiera un homenaje nacional por su «caballerosidad, campechanía, arte y valores éticosociales demostrados». Cuando le he preguntado sobre él a Patricio, se ha deshecho en elogios: «El número uno, un cantaor especial, diferente, reivindicativo, cañero».

Estamos sentados muy cerca del escenario. José Domínguez, El Cabrero, aparece caminando con movimientos pausados. Arrastra 74 años y las secuelas de un ictus reciente. He oído que ésta será su última gira. Barba, sombrero de ala ancha, pañuelo rojo al cuello, camisa y pantalón negros, botas camperas, parece salido de una película de Sergio Leone. Mientras el guitarrista suda sobre las cuerdas, el cantaor permanece concentrado en su silla como un buda, hasta que –de repente– arranca con una voz áspera e imperfecta, sobria y visceral a un tiempo. El público ya no dejará de jalearle durante toda su actuación: «¡Monstruo!», «¡Maestro!», «¡José, eres el más grande!».

Soleás, rondeñas, serranas, bulerías, seguiriyas, fandangos. No sé distinguir unos palos de otros –dicen que él canta siempre los más duros– pero sí me encandilan la actitud, la intensidad, las letras del Cabrero: Yo no creo en dios. / Creo en el aire y en el agua, / creo en la tierra y el sol. Una blasfemia panteísta que no imaginaba en boca de ningún cantaor. Rojo y republicano, El Cabrero clama con su voz lijosa y potente: «Voy a seguir denunciando las injusticias que veo». Al final, llevándose la mano a la boca del estómago, dirige al público unas palabras donde no falta el tono humorístico. «Me retiro porque me duele hasta el diafragma», dice a modo de despedida.

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