25 de agosto de 2019
25.08.2019
Jodido pero contento

Mi carrerón en la política

La experiencia de Pamplona me ayudó a endurecerme en la política. No en vano se vivían episodios de violencia extrema en las recurrentes manifestaciones que tenían lugar cada viernes en el Casco Viejo

25.08.2019 | 04:00
Mi carrerón en la política

Mi carrera personal en la política empezó pronto y acabó también pronto. Concretamente se inició en el período previo a la Transición, en el año 75, con el Partido Universitario Independiente de Joaquín Garrigues Walker. En el milité activamente y terminó con el estrepitoso fracaso y posterior disolución del Partido Reformista de la operación Roca, en el que se había integrado previamente el Partido Demócrata Liberal de Antonio Garrigues Walker, que también desapareció de la escena. En resumen, mi historia en política me llevó desde la nada más absoluta hasta las más altas cotas de la miseria, como diría Groucho Marx.

Probablemente los ciudadanos españoles no se perdieron gran cosa con mi retirada de la política. Ni de la mía, ni de la del grupo de amiguetes que participaron conmigo en aquella aventura de la Transición política y posteriores epígonos, o podríamos llamar estertores. Mi primer conmilitón en la política fue Julio Ariza, fundador de Intereconomía, que conocía del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, donde yo residía y él era un «puto adscrito», término despectivo con el que calificábamos a los pamplonicas que no tenían el privilegio de ser residentes a tiempo completo.

Julio y yo, con Rafa de Lecea y tres o cuatro más de Pamplona, nos apuntamos a la Sociedad Libra, entidad asociativa acogida al Estatuto de Asociaciones aprobado recientemente por el último presidente franquista, Carlos Arias Navarro. Bajo esa denominación se escondía el ilegal Partido Demócrata Liberal, y sus Juventudes, el Partido Universitario Independiente. Más allá de nuestra dudosa vocación por el combate político, nos lo pasábamos cojonudamente repartiendo panfletos clandestinos.

Como éramos el único partido de derechas que estaba en la Junta Democrática, en alegre compañía de Socialistas (los de Tierno) y de los comunistas del PCE, nos divertíamos jugando al equívoco de la clandestinidad, cuando de clandestinos teníamos bastante poco. Inicialmente el PDL se había denominado Derecha Democrática, hasta que los de Gallup le presentaron un informe a JGW diciendo que el público no quería ni oir hablar de Derecha política en España.

Tamaña era la confusión, que un siniestro personaje que andaba por la Facultad de Periodismo en la que yo estudiaba, se me acercó convocándome a una cita con nada menos que el Gobernador Civil de Navarra, José Luis Ruiz de Gordoa. Acudí a la cita puntualmente, y después de la comprobación por su parte de que los panfletos que lanzaba el PUI eran totalmente inocuos políticamente y habiéndose asegurado previamente que no trabajábamos para el Servicio de Presidencia del Gobierno (un precursor del CNI que había montado Carrero Blanco antes de hacer un Fosbury en el Colegio de los Jesuitas de Claudio Coello con coche blindado incluido), se relajó en su sillón y empezó a leerme los poemas que había escrito para la javierada que se tendría lugar pocos días después.

Yo le dije que me encantaban, al tiempo que él me ofrecía la multicopista del gobierno civil para imprimir tantos panfletos como quisiera. Nuestra conversación fue interrumpida bruscamente por un oficial desencajado que le comunicó en que se habían producido varias muertes en un altercado con una manifestación de obreros en Vitoria.

Esa fue la última vez que tuve contacto con él. Probablemente porque fue destituido fulminantemente por haber recomendado al Gobernador Civil de Álava, su sustituto en aquella plaza e íntimo amigo personal suyo.

Aquella aventura del PUI, posteriormente Juventudes Liberales, ha sido documentada recientemente por el que fue su presidente nacional, Vicente López Pacual. Vicente tuvo la deferencia de contactarme hace algunos meses y enviarme el artículo resumen de su tesis, publicado en la revista Aportes del CEU. En una reunión constituyente en Madrid, yo asistí como representante navarro y fui elegido vicepresidente del partido. Después de la disolución para integrarnos en UCD, de aquello nunca más se supo. Pero ahí está la tesis de Vicente, que da buena cuenta de la historia, incluido mi prometedor inicio en la carrera política.

La experiencia de Pamplona me ayudó a endurecerme en la política. No en vano se vivían episodios de violencia extrema en las recurrentes manifestaciones que tenían lugar cada viernes en el Casco Viejo. En una de ellas, una viejecita le tiró una bombona de butano a un gris desde un tercer piso. Así se las gastaba el personal de aquella época. Recuerdo un amago de enfrentamiento, también en una pegada de carteles entre un grupo de UCD y otro de la Liga Comunista Revolucionaria.

Aquello no acabó a hostias de milagro. Así que mi vuelta el verano del 77 a mi Cartagena natal, para hacerme cargo de la oficina política del flamante diputado de UCD Mario Arnaldos, me parecieron unas vacaciones remuneradas a un paraíso subtropical. Mario Arnaldos era una persona excelente con ninguna experiencia de práctica democrática, pero ahí estaba yo para suplirla, con mis 19 años recién cumplidos y bragado en las luchas callejeras para derribar a un régimen en el que él, por cierto, había sobrevivido más que satisfactoriamente.

Un día me enseñó su espectacular trajo blanco de falangista, que ya nunca podría lucir. Esos eran los tiempos que vivíamos. Adolfo Suárez había reunido en UCD un cóctel explosivo de antiguos miembros del Movimiento, como Mario, liberales, socialdemócratas y cristianos. Fueron estos, como siempre, los que básicamente le traicionaron y dinamitaron lo que Alfonso Guerra había calificado con acierto como «el mejor invento de la derecha española desde la CEDA».

También me lo pasé muy bien disfrutando de un cierto poder a la sombra de don Mario, colocando en cargos del partido a mis amiguetes del momento. Tuve el privilegio de colocar a mi profesor de latín y director del Instituto Isaac Peral entonces, don Antonio Gil, en el puesto número dos de la lista a las municipales del Ayuntamiento de Cartagena en el 79. Cuando Antonio comprobó qué era en realidad eso de la política municipal, salió por piernas, dejándome en muy mal lugar por cierto.

También recuerdo el evento de presentación de las listas municipales de UCD en un restaurante de Murcia. Ricardo de la Cierva, conductor del evento, me presentó como una especie de hacedor de reyes y factotum de la política cartagenera del momento y, literalmente dijo que «era la mayor esperanza política para el futuro de Cartagena». Ahí se demostró fehacientemente que, entre las múltiples virtudes que adornaban al prolífico escritor y prolijo orador, las dotes de predicción brillaban por su ausencia.

Afortunadamente la política dejó de formar parte de mi horizonte mental y vital en el episodio del fracaso reformista que anteriormente he contado. Sigo creyendo a pies juntillas que el Sistema político que nació de la Transición, gracias entre otros a entusiastas como yo, es lo mejor que le ha pasado a la historia de este país desde la conquista de Hispania por los romanos frente a tanto cafre celtibérico. Pero agradezco sobremanera que no ningún partido político haya contado conmigo desde el 86 en adelante. Por su bien, por el mío y por la sufrida ciudadanía en general.

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