22 de agosto de 2019
22.08.2019
Al cabo de la playa

Volver a la España vaciada

22.08.2019 | 04:00
Volver a la España vaciada

En los dos meses vacaciones por excelencia se produce un curioso fenómeno en los pequeños pueblos, aldeas, caseríos, pedanías o diputaciones diseminados por la geografía rural. No es otro que el de recobrar una parte de la vida que se ha ido.

Antiguos moradores y sus familias aprovechan la rehabilitación de la casa natal de sus antepasados, o la simple apertura de puertas y ventanas, para ocuparlas durante unas semanas y rememorar un tiempo de vida pasado en el que el tiempo tenía otro sentido, así como las propias relaciones humanas.

Vuelven las tertulias en la puerta de las casas, las partidas en el bar, las verbenas, los menús caseros en los que el aceite de oliva, el de toda la vida, y los productos de la tierra regresan a los platos frente a los preparados y la comida basura del resto del año en la ciudad.

Es un espejismo, porque los pueblos no consiguen recuperar la identidad de antaño, pero esa España vaciada vuelve a sentir que está viva, aunque solo sea por poco más de un mes al año. Viejos y niños son los que más disfrutan de esa experiencia. Los primeros porque sienten que alguien ha vuelto, que hay motivos para la cháchara y rejuvenecen sus recuerdos.

Los achaques quedan para el invierno, porque no hay peor enfermedad que la soledad y la sensación de abandono. Los más pequeños, porque disfrutan por primera vez de algo tan simple como es la libertad de salir a la calle sin la mirada vigilante de los adultos. Porque saborean lo que es un riachuelo, una arboleda o un improvisado campo de fútbol de tierra y de dos piedras por portería.

Porque aprenden a montar en bicicleta por las vacías calles o a nadar en la piscina del polideportivo municipal que, por cierto, no saben de dónde viene eso de polideportivo, porque allí apenas hay poco más que una cantina y unos vestuarios.

Hace unos años fue una locura. El boom inmobiliario llegó hasta esos pueblos y los de ciudad se empeñaron en querer comprar todo lo comprable, o de construir casas para pasar los veranos creyendo que los nativos eran tontos o se chupaban el dedo.

Algunos aborígenes, alterados por ese afán depredador que trajeron los de ciudad, también empezaron a contemplar a los visitantes como monederos andantes y se subieron a la parra pidiendo una fortuna por la casa vieja heredada y dejada de la mano de Dios. Y llegó el desencuentro, aunque no la sangre al río. La crisis provocó que las aguas volvieran a su cauce y, de nuevo, todo fue como siempre. La gente de la España vaciada, envejeciendo. Y la del resto, envileciéndose en las grandes urbes.

No quita que los pocos moradores del pueblo, de la aldea o del caserío, sigan alucinando al contemplar a los de ciudad buscando eso que llaman zonas de cobertura para los teléfonos a los que están enganchados todo el día. O se sorprendan al descubrir a los recién llegados con sus ropas deportivas, calzado, calcetas, gorras, relojes muy raros y gafas de sol cuando les preguntan por alguna ruta típica o recorrido circular, como ellos les llaman.

O cuando los ven caminando con sus perros siempre atados y les hablan como si fueran una persona cuando allí siempre han estado sueltos y se han buscado la vida. No se pueden imaginar qué vida llevarán en la ciudad, pero seguro que no harán cosas buenas como las que se hacen aquí, comentan entre ellos. Pero les dejaremos hacer, no sea que no regresen el año que viene, y eso sí que no, que hay mantener la esperanza en que no todo empeore.
Para eso siempre estamos a tiempo.

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