20 de agosto de 2019
20.08.2019
Al cabo de la playa

Luna de agosto

20.08.2019 | 04:00
Luna de agosto

Si pudiéramos recopilar las miles de fotografías que estas últimas noches se le han hecho a la luna, incluidos los selfies, podríamos llenar miles de álbumes virtuales en los que recoger sensaciones, efectos y emociones que el único satélite natural de la Tierra ha despertado entre los mortales que la poblamos.

Saturados de la efeméride por la que pusimos nuestros pies en ella, la luna se alza majestuosa, con su ciclo particular, para coronar ese cielo democrático que nos alcanza a todos y a todas.

Da igual en el contexto en el que la contemplemos, sea en la solitaria ciudad, las repletas playas y paseos marítimos, el campo de cualquier rincón de la España vaciada, destino de montaña o ruta turística en continente que se precie. Ella es capaz de ejercer un influjo que los cánceres conocemos muy bien, ¿verdad María?

Ella es objeto de ensoñaciones, de temperamentos desbocados sin venir a cuento, de estímulo de partos, de enamoramientos golosos en los que no hay más que ojitos para el sujeto enamorado. Es testigo de confesiones sinceras, de paseos sin prisas, de encuentros furtivos, de regalos inesperados, de confidencias arrancadas al interior sin estridencias. Luna, lunera, cascabelera, debajo de la cama tienes la cena€

Epicentro de las canciones mas bellas jamás soñadas, es ese faro que nunca falla en algún lugar terrenal, porque tiene potencia para todo y para quienes son capaces de levantar la vista y percibir su existencia. Ilumina el sereno mar, la plácida llanura y las agrestes montañas.

Testigo fiel del devenir humano, estoy seguro de que padece como el ser vivo con más consciencia por lo que estamos haciendo con la madre tierra. Convertida en esa amiga fiel que siempre está ahí, en las duras y en las maduras, en los momentos de madurez y en los de crecimiento atropellado, nos permite que juguemos con ella, con sus caras, incluso con la oculta. Luna de agosto, luna de abril, qué más da. Brinda con nosotros por la vida que genera, por su influjo en las mareas, en esos curiosos movimientos de los mares, en las celebraciones festivas, en los calendarios con los que los hombres y mujeres hemos acoplado el tiempo.

Si Julio Verne y H.G. Wells fueron capaces de inspirar aquella película del Viaje a la Luna del año 1902, me pregunto si no habremos sido lo suficientemente competentes para establecer una relación más humana con ella.

Sin exigir nada a cambio sigue ahí, con sus períodos inalterables al desaliento por el calentamiento global, dispuesta a bañarnos con su halo, con sus estelas, para ser más conscientes con lo que se nos viene encima.

Discreta, sin rencor, manifestándose simplemente tal y como es, con los invisibles hilos que maneja, ella aguarda paciente que nazca un nuevo día para seguir su ruta hacia todos los confines. Por no recriminar, no le echa en cara al sol que en ocasiones abrase a quienes abarca con su manto. A los propios hijos de la luna, porque quiere ser madre, porque en realidad ya lo ha sido y, por ello, es capaz de sentir lo que siente por nosotros, sus criaturas. Luna de agosto o luna de enero, qué más da. Nosotros pasaremos. Ella siempre estará ahí.

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