19 de agosto de 2019
19.08.2019
Al cabo de la playa

Mares limpios y no embotellados

19.08.2019 | 04:00
Mares limpios y no embotellados

He crecido con la máxima de que no es más limpio quien más limpia sino quien menos ensucia. De ahí que desde siempre me haya resultado muy complicado tirar un papel al suelo, abrir la puerta del coche y vaciar los restos del cenicero en la calzada (por suerte llevo muchos años sin fumar), dejarme el envase de una botella sin recoger o seleccionar la basura por colores y depositarla en el contenedor correspondiente.

De lo que les hablo son normas de urbanidad tan interiorizadas que, cuando veo a otros que no son capaces de cumplirlas ni en su mínima expresión, aparezca el monstruo que todos llevamos dentro y esté dispuesto a provocar una masacre entre esa tribu de indocumentados. Antes de eso les cogería de la pechera y, tras zarandearlos un poco, les diría aquello de que ¿no se da usted cuenta de que no vive solo? ¿Qué de su comportamiento depende nuestro presente y el futuro del resto del mundo mundial? Imagino que, tras la sorpresa inicial, vendría aquello de que «ya pago mis impuestos para que la basura la recojan otros» o lo de «la culpa es de los políticos», la sempiterna cantinela para eludir cualquier tipo de responsabilidad.

Todo está en nuestras manos. Todo lo ha estado siempre. Desde las actitudes que, aparentemente, son diminutas, como ejercitar la urbanidad allá donde estemos, a practicar un ecologismo militante -si queremos llamarlo así- o de respeto al medio ambiente, porque lo queremos entero. Se trata de amar de verdad a este planeta que nos ha visto nacer, crecer, desarrollarnos y, más temprano que tarde, nos verá morir.

Visto lo visto este verano, y oído lo oído en los últimos tiempos, ando preocupado un poco más de lo normal. Eso del calentamiento del planeta es más real de lo que parece. Los negacionistas lo tienen complicado. Eso de que el mes de julio haya sido el más cálido de la historia reciente de la humanidad querrá decir algo. Que el agua potable sea cada vez más un bien más escaso, que el elevado consumo de carne se vislumbre como un problema de supervivencia o que los polos se descongelen a una velocidad más alta de la prevista por los científicos, deben de significar algo, ¿no? No se trata de amargarle la vida a nadie, pero entre refresco y refresco de chiringuito, cena a la luz de la luna de agosto, concierto veraniego, viaje al país de nunca jamás o la simple apertura de una lata de berberechos en señal de triunfo del bienestar alcanzado, no estaría de más 'echar un pensao' sobre lo que está pasando y qué puedo yo hacer para que pase menos. Al menos en otra dirección.

Esto no es un tema de Greta Thumberg ni de Donald Trump, por situar en dos extremos las figuras mediáticas del momento de un bando y el otro. Ni de la ONU o de los ministerios de Transición Ecológica. Es un asunto de usted y de mí. De sus padres, hijos o abuelos. Incluso hasta de los cuñaos. De cómo consumimos, esto es, de qué compramos y por qué. De cómo viajamos, esto es, de nuestra movilidad. De cómo vivimos, esto es, de nuestros comportamientos de hoy mismo, un domingo de agosto, allá donde estemos. Y, por supuesto, es un asunto para no dejarlo en manos de otros, porque nos va la vida en ello. Nuestros mares, playas y océanos no pueden acabar en el fondo de una botella. De plástico, por supuesto.

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