18 de agosto de 2019
18.08.2019
Cartas al director

Contra el juego

18.08.2019 | 04:00

Ahora resulta que está subiendo como la espuma la adicción al juego, es decir, a los juegos de azar: ¡sorpresa! ¿Quién podría preveerlo? Ni el más genio de los genios podría imaginarlo€ y ¡oh, vergüenza! Especialmente estas adicciones crecen en los chavales, es decir, en nuestros hijos e hijas, sobrinos, primos, hijos de primos, amigos, hijos de amigos, vamos, todos esos que solemos llamar menores de edad. ¿Menores de edad? Imposible, ¡la ley no lo permite! Menores de edad, te lo juro.

Aquí en Murcia, ya se sabe, crecen como champiñones las casas de apuestas. Sus letreros verdes iluminados atraen a mozos y mozas a jugar, a jugar, a jugar. Y ya de paso te tomas un par de cubatas. Bueno, pero jugar no es malo. Fíjate en Dostoievski, era jugador, fíjate en Góngora. Dos muchachotes bien recios jugándose la vida a las fichas locas. Y qué: ahora son genios. Qué más da que sufrieran como ilustres desgraciados por un vicio que los estaba enterrando; eran genios. Pero no todos somos genios, es que no todo el mundo quiere ser genio. Menuda paliza.

Da igual, genios o no, el juego te atrapa. Una vez que caes como una bola en la ruleta, te es imposible parar. Y a ver dónde paras. Lo mismo hasta tienes suerte y ganas el juego, lo cual, es lo peor que te puede pasar. Yo creo que estar girando sin voluntad en una ruleta no debe de ser agradable. Te vas dando golpes y es que no puedes hacer nada. Y te vas metiendo de a poco, te da cierto gustito, te enfadas, la rabia tiene lo suyo, y esa alegría insostenible del que gana un montón de monedas, es la ostia. La pura ostia. Ganar dinero, jugando. ¿A quién no iba a gustarle? A quién podría gustarle trabajar ocho horas al día (siendo optimistas), es decir, todo el día si el turno es partido, y trabajar para otro, convirtiéndote en un recurso humano de la empresa mirando el reloj cuando se acerca la hora de salir, mirando la cuenta bancaria cuando se acerca la hora de cobrar? En fin, me centro, vale, el juego, el vicio, el infierno. Todo eso.

Si el sálvame sirve para pensar un poco menos, el juego ya ni te cuento. Y entre todo el abanico de armas posibles contra el que luchar vanamente contra el vacío existencial, el juego es una de las más peligrosas, o como gustan decir los presentadores de los informativos, de las más virulentas.

El arte de la guerra dice que para vencer a tu enemigo, es preciso conocerlo, ya. Pues aquí parece que los gobiernos del mundo saben lo que nos gusta, que conocen el pueblo de veras, que saben cómo volvernos infantes, párvulos, animales preocupados por si van a coincidir las tres frutitas del mismo signo.

Y lo digo por las leyes. Es flagrante. Porque los que gobiernan están por encima del pueblo, y tienen el poder, son los que hacen las leyes, te lo juro: conforman cabalmente el paisaje de ciudades y pueblos. Y en una relación desigual el que tiene el poder siempre es el responsable: el que tiene la r e s p o n s a b i l i d a d. Pero las leyes. Son como el atrezo en una farsa inédita de comediantes. Buenísimo, una tragicomedia deliciosa. Hiperrealista diría.

Cómo no voy a estar enfadado si paso con el coche saliendo del pueblo y a mi izquierda un instituto y a mi derecha una casa de apuestas justo enfrente del mismo, fachada de negro, letras verdes luminosas. Y para más tomadura de pelo no hay nada alrededor, no hay nada. Dos o tres filas de casas y un descampado. Es decir, los muchachos al salir por la puerta después de escuchar la campana y correr a la calle ebrios de la alegría del que por fin sale de su jaula, lo primero que ven, lo primero, es la casa de apuestas. ¿Puedes escuchar los aplausos de fondo?... y será que un crío que tiene un cerebro de plastilina no va a interiorizar esa imagen por los restos, no va a recordar el local de justo en frente de su querido insti€ es de locos.

No sé cómo los padres no tapian ese horrendo monumento al horizonte desvelado de sus hijos. No lo entiendo. Lo mismo es que están viendo absortos la última jugada del sálvame (y obviamente murmurando que qué más les da eso a ellos), o intercambiando valiosísimas opiniones acerca del último fichaje del Madrid o del Barça, para acabar diciendo cuando se acuerdan de sus míseros salarios que cómo puede ganar tanto toda esa gentuza, si es solo un juego.

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