17 de agosto de 2019
17.08.2019
El Agostorro

Franco

Admito que tengo un problema con la vicepresidenta, me resisto a aludirla sólo por el apellido

17.08.2019 | 04:00
Franco

Admito que tengo un problema con Isabel Franco. Lo habitual en un texto de prensa es que en la primera referencia a un protagonista se le aluda por el nombre completo, y ya en las siguientes basta con el apellido. Pero cuando se trata de la vicepresidenta regional, en mi caso surgen graves reparos. Me cuesta escribir, por ejemplo: «Franco ha dictado una orden€» o «Franco tomará medidas sobre€». Soy yo quien lo escribe, pero al hacerlo me tiemblan los dedos. No digo nada del soponcio que me produce leer en portada o en algún titular: «Franco se ha reunido hoy con Fulano de Tal», porque mi primera impresión es que la escena ha debido tener lugar en el Palacio de El Pardo.

Tengo edad suficiente para haber leído titulares y textos alusivos a ese patronímico en el ABC o el Arriba en tiempos en que esa otra persona aún no dormía en el Valle de los Caídos. Hubo años en que Francisco y yo fuimos contemporáneos. Así que cada vez que me refiero a la vicepresidenta incumplo la regla sobre la economía del lenguaje y la menciono por su nombre y apellido. Así evito que el córtex me provoque un respingo. Pobrecita Isabel Franco, que no tiene la culpa de ese reflejo.

En el diario impreso, donde los titulares tienen las letras contadas (las matrices, que se decía) se producen siempre debates sobre cómo citar a ciertos políticos. Recuerdo que en tiempos hubo una directora general que exigía que apareciera su nombre completo, pero si lo poníamos la cosa quedaba así: «María Belén Fernández-Delgado y Cerdá dice...», y ya no quedaba espacio para añadir lo que decía.

Cuando el presidente era Collado no había problema, pues no es apellido común. Pero llegó María Antonia Martínez, y «Martínez dice» quedaba confuso, pues los Martínez abundan. Así que optamos por «María Antonia dice», pero la fórmula expresaba demasiada familiaridad, y el lector podía entender que escondía algún guiño editorial. En la anterior legislatura hubo un periodo en que nos coincidieron tres Sánchez (Pedro, Pedro Antonio y Miguel), y nos las arreglamos como pudimos, pero vino como anillo al dedo que el segundo se autobautizara PAS.

Con Fernando López Miras la cosa se agravó. El intento de llamarle FER, que nos venía perfecto, fracasó, porque le molestaba: «A mí nunca en mi vida me han llamado FER en ningún sitio», así que lo dejamos, porque todo el mundo tiene derecho a llamarse como quiera. El problema es que si pones «López dice» parece que lo menosprecias; si te saltas el López y eliges «Fernando Miras», lo rebautizas, y si te limitas a Miras parece que conjugas un verbo.

Ya veremos como nos vamos apañando, pero, por favor, antes de Franco siempre Isabel. Que no andamos para sustos.

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