16 de agosto de 2019
16.08.2019
Al cabo de la playa

Bendito despertar

16.08.2019 | 04:00
Bendito despertar

No. En realidad, maldito despertar. Apenas puedo abrir los ojos y no será porque los gritos de los críos no hayan dejado de sonar desde bien temprano. Bueno, temprano, temprano, lo que se dice temprano, no era. Pero para mí sí, y eso basta. He dado vueltas en ese colchón de mala muerte que me recuerda cada madrugada en qué mala hora decidí un año más venirme a trabajar en la pizzería. Todo sea por llegar al otoño con un poco de dinero en la cuenta y mirar el invierno con otros ojos. El precio, sin embargo, es muy alto.

Me lavo los dientes y me sacudo todo el asco que siento por las miradas lascivas y babosas de algunos clientes, por los comentarios machistas, por las insinuaciones que no son tal, sino meras invitaciones a sexo rápido y sucio. Ya llevo mal que me miren las tetas como si fuera el radiólogo que me somete a un examen, como para tener que aguantar también los roces de alguno de mis compañeros y las segundas intenciones de mi jefe. Y todo entre margaritas, hawaianas, napolitanas, a los cuatro quesos y las pepperoni. O la de veces que tengo que explicar que la puttanesca es una salsa con aceite de oliva, anchoas, perejil fresco, aceitunas negras, cebolla y zanahoria. Porque en realidad, la verdadera putanesca parezco yo echa un trapo cada mañana, tras los excesos de la tarde y de la noche.

Los minutos pasan en este cuarto de baño encajado junto al almacén en el que repongo fuerzas para aguantar la temporada. Tengo tiempo de ser consciente de lo que tienen que soportar otras como yo para que los veraneantes puedan presumir de haber tenido veraneo. Aguante como el de mis viejos, que también lo sobrellevaron, aunque más lejos de casa que yo, sin contrato y con el temor a que los echaran del país.

Lo peor que llevo es que muchas veces me siento invisible entre los clientes. Creen que los platos llegan solos a la mesa y, pasado un tiempo, tras ser devorados, desaparecen. Que la comida surge espontáneamente. Por arte de magia. Y que luego se limpian por arte de birlibirloque... y vuelta a empezar. Cuando descubren que soy una tía, y que no estoy mal, entonces se convierten en aves de rapiña.

Ayer leí en un periódico abandonado en una mesa que el plan de choque contra la explotación laboral ha beneficiado a más de 14.000 trabajadores en el sector de la hostelería en los 11 primeros meses de funcionamiento (de agosto a junio), según los números del Ministerio de Trabajo. Resulta que la mayor parte de estos empleados, dicen que unos 9.500, vieron como su contrato temporal se convirtió en indefinido. Y que más de la mitad somos mujeres.

Dentro de todo, es una gran noticia, aunque ya me gustaría a mi que esos inspectores de Trabajo vinieran al local donde curro estos últimos veranos y se dieran una vuelta y conocieran de verdad la realidad. Que de lo que firmamos a lo que nos llevamos cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero ni la ecuatoriana de la cocina, ni la marroquí de la limpieza, ni, por supuesto yo, vamos a dar el paso.

Miro al espejo mientras sigo en mis cosas. Ya oigo los golpes en la puerta, porque alguien quiere entrar. Al final consigo despertarme. Un día más. Una jornada más. Un verano más.

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