14 de agosto de 2019
14.08.2019
Al cabo de la playa

Los cines sueños son

14.08.2019 | 04:00
Los cines sueños son

Pocos escenarios hay tan plenos como una sala de cine bajo un cielo estrellado en una cálida noche de verano. La esfera celestial se convierte en la carpa perfecta en la que pululan los astros para cobijar los sueños, las leyendas de amor, las aventuras, las sonrisas y las tramas de todas las historias que un largometraje es capaz de condensar en poco más de 90 minutos. La pantalla cristaliza en ese biombo que permite separar la vida real de la ficción, las preocupaciones cotidianas con la inmersión en la angustia de una habitación del pánico, los conflictos habituales fácilmente salvables con las disputas por unas tierras o por un pasaporte al futuro. Y el proyector es esa antorcha encendida en el pico de un islote lejano, en esa llama que advierte de la existencia de vida, en ese faro que se divisa desde la cabina de un barco envuelto en una inesperada tempestad.

Mis primeros recuerdos de un cine de verano se remontan a comienzos de los años 70 en la playa de Bellreguart, junto a Miramar, entre Gandía y Oliva, en la comarca valenciana de La Safor. La promesa de nuestros mayores de que esa noche tocaba cine era un verdadero acontecimiento. Desde la mañana estábamos deseando que pasase rápidamente el día para que llegara la noche. Los preparativos formaban parte del espectáculo. Bocadillos para todos, botellas de agua y bolsas de pipas. El programa, doble, siempre incluía una película de aventuras. Ya se tratase del oeste, de piratas o de romanos. A ojos de unos niños, las imágenes se esparcían por todo el recinto y el sonido de los diálogos y de la banda sonora reverberaban entre las sillas y el pasillo, envolviéndonos en una escena mágica. El evento se repetía en varias ocasiones a lo largo de esas semanas de asueto.

Años más tarde volvería a saborear esos instantes en el ya desaparecido cine de verano de La Alberca y en el del Jardín de Fofó, en Murcia. Las sensaciones no eran las mismas que las de la infancia, pero no por ello resultaban menores. Los bocadillos no sabían igual, pero como entonces éramos fumadores, valía el aroma de los cigarrillos que sí era distinto. Acompañaban las escenas de acción, con caladas ansiosas, o la exhalación calmosa tras un tempestuoso y vibrante desenlace.

Pero no me negarán que el cine de verano que sienta bien es el playero frente al de la ciudad. El que se convierte en la mejor alternativa a esas noches en las que no se sabe muy bien qué hacer. En las que ya no quedan paseos para recorrer, chiringuitos para degustar, puestos de artesanos que ver y heladerías que visitar. Muchos de ellos han sido engullidos en la época reciente del boom inmobiliario, esa en la que creíamos que todos éramos ricos, y su patio de butacas dio paso, primero, a un solar, y después, a los cimientos para levantar un edificio de apartamentos. En el ambiente quedaban flotando los recuerdos de las películas proyectadas tiempo atrás, cuando el cine era casi la única actividad en la que los niños eran (éramos) los protagonistas.

En este verano del final de década, las cintas de Santiago Segura y su familia como padre en apuros, la secuela de las Mascotas, el Rey León animado (no me negarán que cuando ven a Pumba no se imaginan a más de un político regional y nacional), el hombre araña lejos de casa y el spin-off de la saga Fast & Furious, deambulan por estas salas de estar por casa. Lugares para proteger como BIV (Bienes de Interés Vital).

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