12 de agosto de 2019
12.08.2019
Al cabo de la playa

Playas terapéuticas

12.08.2019 | 04:00
Playas terapéuticas

No hay nada más terapéutico para un cinofóbico murciano que darse una vuelta por las playas mazarroneras de Las Moreras, situada entre la del Castellar y la desembocadura de la Rambla de las Moreras; la de Cobaticas o la del Gachero, ésta entre la playa del Rihuete y la playa del Alamillo. También en Cartagena tiene la de La Calera, y si se aleja hacia Águilas encontrará la Cañada del Negro y la Cala de Mijo.

Si ese miedo irracional a los canes lo padece una persona alicantina, debería acercarse por las playas vecinas de la Cala del Xarco (Villajoyosa), la de Punta del Riu (Campello), la de Agua Amarga (Alicante), la Caleta dels Gossets (Santa Pola) o la de El Pinet, en Elche. Todas ellas son playas caninas, sí, sí, como lo oye: playas para perros, esto es, para hijos e hijas de perra.

Por experiencia propia tengo que confesarles que no hay mejor terapia para vencer esa fobia a los sabuesos seres de cuatro patas que acercarse a ellos, convivir con ellos, convertirnos en momentos en lo que fuimos, seres cuadrúpedos, y poder generar esas endorfinas para sentir placer y disfrutar de la vida frente a los síntomas que detectan a distancia cuando nuestro cuerpo se contrae y el estómago se agita.

Porque no me negará, si usted es un antiguo compañero o compañera de fatigas, que no merece la pena vencer esos síntomas desatados ante la fobia: la desorientación y falta de concentración, la sensación de falta de aire e hiperventilación, una sudoración excesiva, la sequedad de boca, un terror intenso, el malestar intestinal y dolor de cabeza, la tensión en los músculos, la angustia... Saben de lo que les hablo, ¿verdad?

A señales de ese tipo no somos ajenos cuando conocemos la experiencia de otras playas, como las del Estrecho, las de Lampedusa o las de las costas griegas, testigos fieles de los innumerables dramas protagonizados por seres que huyen ante la falta de esperanza, la búsqueda de un futuro digno o algo tan simple, y a la vez tan dramático, como la supervivencia. Embadurnarse de esa realidad es muy terapéutico, se lo aseguro, a usted y usted, especialmente si es votante de Vox o le preocupa mucho que construyan un centro de acogida de menores no acompañados en su pueblo. O, además, incluya esas exigencias en las negociaciones para formar gobiernos regionales (o las acepte como tales).

No me sea como el vicepresidente italiano y ministro del Interior, Matteo Salvini, cuya fe o compromiso religioso eran desconocidos hasta que no se le ocurrió otra cosa que blandir un rosario en un acto de la ultraderecha europea, mientras en paralelo promueve leyes restrictivas para que los pordioseros se queden en sus tierras y no enturbien nuestros veranos de sol y playa.

Esas playas terapéuticas son las que descubrimos cada día al constatar la debilidad de nuestros viejitos y viejitas cuando entran al agua acompañados, temerosos y siendo conscientes de su debilidad y fragilidad. O de quienes tienen una discapacidad, pero son poseedores de los mismos derechos que de esos apolíneos cuerpos que lucen moreno, tatoo y formas cultivadas en tardes de gimnasio en invierno. No digamos nada de lo terapéutico que resulta cruzarse con bandadas de criaturas jugando en la arena, cuando los sorteamos en los paseos cotidianos de la mañana o de la tarde. Sólo por todo ello merece la pena un tratamiento de choque de realidad. Al final, todo es terapéutico.

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