11 de agosto de 2019
11.08.2019
Jodido pero contento

Mi Portugal privado

La primera impresión de Portugal, allá a finales de los 90, era como si hubieras viajado en el tiempo

10.08.2019 | 20:25
Mi Portugal privado

La ciudad, sus barrios y sus casas necesitaban una fuerte inversión, o como mínimo una mano de pintura, para desplegar toda esa belleza y esa nostalgia de no sabía yo de qué, que emanaba a través de sus calles empinadas y rezumaba de sus característicos adoquines en las aceras.

Empecé a trabajar para los portugueses de la mano de Orlando González, un norteamericano que emigró siendo un niño con sus padres a finales de los años 50 desde Cuba a Estados Unidos. No por motivos políticos, sino para asentarse en el promisorio Nueva York de la época. Orlando se casó con Manuela, una española de posibles que le apoyó en todo momento en sus iniciativas empresariales.

Orlando había comprado la franquicia de una red inmobiliaria americana en España y en Portugal. En España le fue fatal y ahí está, después de una década, cerrada a cal y canto. Sin embargo, en Portugal le fue muy bien y allí me reclamó para que colaborara con él en sus momentos incipientes.

La primera impresión de Portugal, allá a finales de los 90, era como si hubieras viajado en el tiempo. La ciudad de Lisboa, sus barrios y sus casas necesitaban una fuerte inversión, o como mínimo una mano de pintura, para desplegar toda esa belleza y esa nostalgia de no sabía yo de qué, que emanaba a través de sus calles empinadas y rezumaba de sus característicos adoquines en las aceras. Entre tanto desconchón y tanto deterioro, había un alma repleta de tristeza cuyo origen yo no era capaz de descifrar. Con el tiempo aprendí que esa nostalgia era el resto de su imponente pasado colonial, terminado bruscamente por los intereses de los militares comunistas infiltrados durante la revolución de los claveles, fieles a los intereses de la Unión Soviética en Angola y Mozambique.

El primer libro que compré en portugués se llamaba 'A Invasão', y contaba que los gerifaltes bancarios y de las grandes empresas españolas se reunían una vez al mes en un edificio del Paseo de la Castellana con la aviesa intención de repartirse entre ellos las compañías financieras y de suministros de Portugal. El autor citaba, al parecer, fuentes fiables que avalaban sus tesis conspirativas.

Algo que extrañaba mucho cuando te alojabas en un hotel de Lisboa de esos años era que toda la literatura para los clientes estaba en francés y en inglés, exclusivamente. Y, por supuesto, el personal que atendía no acertaba a pronunciar ninguna palabra en español, ni el 'gracias' de rigor cuando le dabas una propina al botones. Decir que Portugal vivía de espaldas a España era poco. España y los españoles ni existían en el mapa mental portugués.

La relación de entonces, como en gran parte sigue siendo ahora, era de amor y odio simultáneamente. Por una parte admiraban a España, y el partido que le había sacado a los Fondos Europeos, al contrario que Portugal, que solo ha sabido hacer autopistas por doquier, alguna de ellas duplicadas y triplicadas a escasos kilómetros de distancia. Eso sí, los socios portugueses de mi amigo Orlando se expresaban perfectamente en español. Ellos habían trabajado para DIA, una empresa de supermercados española, y continuaban asociados a una empresario castellano parlante, Orlando. Eso para mi fue una ventaja inicial, pero se convirtió en obstáculo cuando intenté seriamente trasladar al lenguaje hablado lo que había aprendido del portugués escrito, más que nada leyendo el Diario de Noticiàs y al apasionante Eça de Queiroz.

Mis amigos y clientes portugueses no podían aguantarse la risa cuando por mi parte intentaba hacer mis primeros pinitos en portugués. Ya lo dice el dicho: «perro viejo no aprende trucos nuevos». Y a mí me costaba un esfuerzo indescriptible pronunciar apenas las vocales silentes del portugués y los peculiares sonidos de un idioma que evolucionó en el norte del país pero se oscureció y diferenció del todo a partir del Centro y Lisboa.

En momentos la situación parecía de chiste, porque ellos se empeñaban en hablar (mal) español y yo expresarme en (mal) portugués, cuando lo práctico y sencillo es que cada uno se expresara en su respectivo idioma, fácil de entender con la práctica y el tiempo por los respectivos interlocutores. Pero, acogiéndome a otro dicho célebre del enfrentamiento, en este caso bélico, de lo español y portugués, puse en práctica con éxito lo de «a base de reveses, ganaron los portugueses». En este caso, era yo el que gané, y finalmente me acabaron aceptando un portugués hablado que llegó a ser más que aceptable.

Los negocios suelen empezar bien, pero no suelen acabar todo lo bien que a uno les gustaría. Mis amigos se alejaron del quehacer diario de su Red para dedicarse a otros menesteres empresariales, y la interlocución con la nueva dirección no fue todo lo fluida que antes, sobre todo con el estallido de la gran crisis y el derrumbe de la economía portuguesa intervenida sin compasión por la célebre y célebre Troika. Así se fue alejando la posibilidad de tener una continuidad estable en un Portugal que se renovaba y desperezaba económicamente día a día, hasta que llegó el tremendo batacazo.

Por mi parte no me olvido de Portugal, de la fascinante Lisboa o de la visión de las dehesas del Alentejo, extensión natural hacia el Atlántico de nuestra región extremeña. O del Norte, tan cercana a Galicia y tan diferente por otra parte. O de los paseos cargados de historia por las calles de la universitaria Coimbra. Sin olvidar el atractivo remanente de la parte del Algarve aún reservada de urbanizaciones de lujo y de no tan lujo. De los lugares y también de los sabores, del bacalao en sus infinitas encarnaciones, del frugal almuerzo cotidiano en sus 'pastelarias', con la 'soupa de legumes' siempre disponible.

Echo en falta los viajes nocturnos desde Madrid en los coches cama, con su restaurante proclive al encuentro casual nunca consumado o su angosta ducha que sabía a cascada de río tras un viaje de doce horas entre paradas y arrancadas frecuentes.

De aquella Lisboa originaria me ha quedado un gran amigo, 'meu irmão', de nombre Jorge (pronunciado 'yorshe', con la 'e' muda al final apenas insinuada) con el que suelo quedar en mis esporádicos viajes de estos años postportugueses. Él me ha ayudado a mantener vivos los recuerdos y me transmite la sensación de 'Invasão' que están viviendo en este momento mis amigos portugueses, con el descubrimiento masivo por parte de los españoles de aquel maravilloso país y sus encantos. Gentes llegadas de España que, como contaba un reciente artículo en un periódico digital, no conciben que los camareros portugueses no sirvan tortilla de patatas, y desconozcan la ensaladilla rusa.

La arrogancia del español típico es lo que no soportan los portugueses. Tenlo en cuenta si visitas este gran país, condenado, parafraseando al mejicano Porfirio Díaz refiriéndose a Estados Unidos, a estar «tan lejos de Dios y tan cerca del Reino de España».

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