10 de agosto de 2019
10.08.2019
Tribuna política

El martirologio de Albert Rivera

Rivera llegó a ser un molesto competidor para el PSOE y para el PP, ya que llenaba sus arcas con votos de electores moderados desencantados con ambos partidos

10.08.2019 | 04:00
El martirologio de Albert Rivera

La deriva ideológica impuesta ha tenido muchísima contestación interna por parte de significados militantes y cargos públicos que le piden al líder que retorne al centrismo y que abandone tanto la política de vetos al PSOE como las alianzas preferentes con el PP.

El centro político, en sus dos vertientes, de derechas y de izquierdas, ha sido siempre un ansiado espacio por el que se han librado mil batallas electorales. Durante la Transición española, su titularidad era reclamada como marchamo de legitimidad democrática ante una sociedad confusa y esperanzada que en su mayor parte caminaba decidida a superar la dictadura y a elegir líderes y partidos moderados que les aseguraran paz y libertad sin revanchismos, pero con memoria. Adolfo Suárez, un ejemplo de oportunismo y visión política, supo captar esa aspiración social y se ubicó estratégicamente en ese espacio sociológico.

Después de él, otros y otras, han intentado capitalizar la parcela centrista, sin llegar a cristalizar ninguno de los proyectos. Incluido el personalísimo de Rosa Díez, una flor que en su mejor primavera se emancipó del PSOE creyendo ingenuamente que arrastraría a su proyecto al electorado socialista de centro izquierda. Ni ella, ni su partido, sobrevivieron a la realidad: su estrategia política, sostenida sobre un nacionalismo español tan radical como los nacionalismos periféricos, no aguantó la prueba del algodón. A pesar de su fracaso, hay que reconocer que es una valiente y voluntariosa política que eligió erróneamente un camino plagado de obstáculos que no supo salvar entre otras razones por su propio ego.

El intento más reciente de acaparar el centro, es el de Ciudadanos, partido encabezado por Albert Rivera, un líder aparentemente equilibrado, dotado de una retórica fresca y directa que proponía recetas liberales para la economía, sin desatender las políticas sociales, además de un compromiso sin complejos en defensa de la integridad territorial de España. Rivera llegó a ser un molesto competidor para el PSOE y para el PP, ya que llenaba sus arcas con votos de electores moderados desencantados con ambos partidos. Ciudadanos, apoyado en un discurso sin estridencias ni grandes fisuras, y en un equipo joven y con mucho cuaje intelectual y escénico, conquistó el corazón de muchos españoles y el centro político, sobre todo en las encuestas, aunque sus resultados electorales, siendo buenos, (57 diputados en las últimas elecciones), no son suficientes para alcanzar el poder institucional que Rivera persigue obsesivamente.

A raíz de determinados acontecimientos, principalmente el de la Moción de Censura a Mariano Rajoy, que hizo presidente de España a Pedro Sánchez, a la que Rivera, inexplicable y torpemente, no apoyó, desapareció la magia de su discurso y la sensatez en sus propuestas. Rivera se ha instalado en un discurso extremista y en posiciones frentistas contra el PSOE y ha convertido a Ciudadanos en un adlátere del PP y de Vox a la hora de conformar los gobiernos de las instituciones autonómicas.

La deriva ideológica impuesta ha tenido muchísima contestación interna por parte de significados militantes y cargos públicos que le piden al líder que retorne al centrismo y que abandone tanto la política de vetos al PSOE como las alianzas preferentes con el PP, y por ende con la extrema derecha. La osadía de estos centristas ortodoxos les ha costado cara. Rivera, lejos de atender opiniones críticas, y de dar una respuesta coherente con su discurso primigenio, ha optado por atajar el 'problema' al más puro estilo estalinista: afilar la guadaña y terminar con la disidencia interna alentando la desbandada. En contra de toda lógica, convoca un aquelarre en el Comité Ejecutivo para invocar a Lucifer y ofrecerle la cabeza de los centristas que aún sobreviven en Ciudadanos con la esperanza de hegemonizar un espacio electoral en el que los votantes de centro se sientan cómodos y representados. Esperanzas inútiles toda vez que la operación de Rivera de aumentar los miembros del Comité Ejecutivo con un sesgo político marcadamente de derechas confirma lo evidente: Ciudadanos ha renunciado definitivamente a ser un partido de centro, vertebrador y punto de encuentro con la socialdemocracia y con el centro derecha y al grito de ¡Viva España!, se ha lanzado a la yugular de Pedro Sánchez y a por el liderazgo de la derecha, incluida la que representa Vox. Por lo visto, aún no se ha enterado de que jamás conseguirá ese objetivo entre otras razones porque, ni en la derecha ni en la izquierda, ni ya tampoco en el centro, hay dios que se fie de él. Ante la fuerte e imprevista tormenta, que les ha cogido desguarnecidos, en Ciudadanos niegan la mayor y su Secretario General, Manuel Villegas, tratando de imponer un falso relato, y sin el más mínimo rubor, afirma que, «Ciudadanos representa una alternativa diferente al PP», y que son «un partido reformista y profundamente regeneracionista». Una afirmación a la desesperada que no se sostiene si tenemos en cuenta que Ciudadanos ha asumido como propias políticas más que regresivas impuestas por Vox y ha entregado el poder y las instituciones de media España al PP, el único partido condenado por corrupción en la historia de España. A continuación, la pregunta del millón: ¿Dónde están el reformismo y el regeneracionismo del que alardea Villegas?

La lista de damnificados por la estrategia corrosiva y frentista de Albert Rivera se hace incontable dado su volumen. A las dimisiones de los conocidos Toni Roldán, Xavier Pericay, Javier Nart, Francesc Carreras y Francisco de la Torre, todas ellas personas de reconocido prestigio personal y profesional, además de cargos relevantes en Ciudadanos, hay que sumar las de cientos de cargos institucionales y orgánicos que en pueblos y ciudades de todo el país abjuran de una organización política que Albert Rivera está dispuesto a convertir en un chaleco de explosivos (político), con el que inmolarse abrazado a Pedro Sánchez, aunque a la vez se lleve por delante a media España, a la que tanto presume de amar.

Quizás, una de las más graves consecuencias del martirologio de Albert Rivera sea la decepción generada entre la mayoría de los votantes de Ciudadanos que apostaron por un proyecto de centro y de pronto ven que sus referencias centristas desaparecen de la escena y que su votos solo han servido para envalentonar a la ultraderechista Vox, y para rescatar de la UCI (política) al moribundo Pablo Casado concediéndole la gracia, que bien está aprovechando, de hacer una nueva refundación del PP, en principio en las instituciones, emulando a la que hizo José María Aznar en 1990, en el X Congreso, que reunificó bajo las siglas del PP desde el centro derecha hasta el franquismo residual.

Rivera, cegado por sus fobias, sigue los pasos de Rosa Díez hacia el sumidero que engulle a quienes, habiendo tenido la oportunidad, no fueron capaces de consolidar el centro político como una opción de gobierno de presente y futuro. A este paso, igual termina de tertuliano en la COPE o en EsRadio. O quizás como mánager de artistas. Puede que esa profesión se le dé mejor que la política.

Mientras llega ese momento, el martirologio de Rivera suma y sigue. Solo me queda una duda: ¿cuándo le llegará el turno a Inés Arrimadas?

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