08 de agosto de 2019
08.08.2019
Agostorro

David Wine

08.08.2019 | 04:00
David Wine

Una noche me acosté siendo rico y a la mañana siguiente me levanté pobre». Se habla mucho de la genialidad de los párrafos iniciales de El Quijote o de Cien años de soledad, pero no me digan que dejarían de leer un libro que arranca con esa frase. Se trata de El murciano que desafió al dragón chino, un título arrebatador. El autor es, para los amigos y conocidos, David Hernández, y David (pronúnciese Deivid) Wine para sus clientes, que se extienden por toda la China.

La frase con la que empieza el libro es la mejor definición de la crisis de 2008, aunque le falta el matiz de que los que entonces nos acostábamos pobres un día nos levantamos siendo todavía más pobres. Claro que esto no es fascinante. Todos sabemos seguir siendo pobres, e incluso sabríamos sobreponernos si pasáramos de pobres a ricos, pero ¿qué hacer si de pronto pasaras de rico a pobre? Aquí es donde la cosa se empieza a poner interesante.

David Hernández cuanta que, yéndole bien en su negocio familiar de automoción, quiso que todavía le fuera mejor metiéndose en el de la construcción. Lo hizo, la burbuja le estalló en la cara y se quedó sin blanca. De perdidos al río, pidió 12.000 euros prestados y se fue a la China. Allí vivió como un estudiante chino, gastaba un euro al día y dormía hacinado con otros chinos, hasta que dio con la tecla y empezó a venderles vino de Jumilla con una etiqueta en las botellas en la que figuraba su careto y su marca, David Wine. El chico es guapo y lo sabe, así que para qué darle más vueltas. Empezó vendiendo doscientas botellas y ya les endosa 200.000.

¿Cómo lo ha conseguido? Alto ahí. No voy a regalar un spoiler. Su teoría es que para hacer negocios en China hay que conocer a los chinos, pensar como los chinos y vivir como los chinos. Por aquí lo que sabemos de los chinos es que son invisibles, les gustan las tragaperras, miran al trasluz los billetes de veinte euros y tienen la simpatía en el culo, salvo el chino de mi barrio, que me pregunta cómo me va la vida y si mi cuñada ha vuelto ya de su viaje, por lo que sospecho que es la excepción de la regla o, más probablemente, un agente secreto. David Hernández admite que son raros, pero que nosotros también lo somos para ellos, y en este libro descifra la piedra Rosetta.

Mi abuelo me advertía sobre el 'peligro amarillo': los chinos se cuentan por millones y un día nos invadirán. Lo que no sabía es que, por causa de David Wine, nos invadirán millones de chinos borrachos, y ahí sí que no habrá salvación.

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