05 de agosto de 2019
05.08.2019
El Castillete

Sánchez quiere elecciones

04.08.2019 | 18:14
Sánchez quiere elecciones

Los discursos enormemente agresivos de Sánchez y otros portavoces del PSOE contra Unidas Podemos durante los debates de investidura revelan que el objetivo no es otro que la destrucción electoral de una fuerza que hoy tiene 42 diputados en el Congreso

Abstraídos como andamos todo el mundo en torno al asunto de quién es más responsable, si el PSOE o Unidas Podemos, de la ruptura entre ambos que ha llevado al fracaso de la investidura de Sánchez, perdemos la perspectiva que nos ofrece la simple observación de la cronología de los hechos que arrancan con los resultados electorales del 28 de abril.

Prácticamente desde el minuto uno, Sánchez declaró que su intención era gobernar en solitario mediante alianzas de geometría variable, para lo que pedía al resto de fuerzas políticas el apoyo gratis a su elección. A la vez que invocaba la condición de 'socio preferente' de UP, pedía a PP y Cs 'sentido de Estado' para facilitar la formación de gobierno, lo cual sonaba muy extraño. Ante las peticiones de Iglesias de integrar un gobierno conjunto, el PSOE fue desgranando una serie de excusas que fueron cayendo una tras otra tras los movimientos de UP, el más significativo de los cuales fue la renuncia de Iglesias. Independientemente de los movimientos finales que han protagonizado ambos partidos, así como la mayor o menor cintura que ante ellos podría haber exhibido UP, todo el proceso nos remite a un hecho inexorable: el PSOE nunca quiso a la izquierda en el gobierno de la Nación.

Como tampoco contempló la posibilidad de un acuerdo programático: durante semanas, un prolijo documento de UP sobre propuestas de gobierno, durmió el sueño de los justos en un cajón de Ferraz. La respuesta del PSOE a este texto fue otro que remitió a los medios antes que a sus lógicos destinatarios. Es decir, en la misma medida que Sánchez no quería compartir gobierno con UP, tampoco quería atarse a un programa, por la sencilla razón de que no estaba en su ánimo cumplirlo. Esta actitud del PSOE discurría paralela a los mensajes sobre política económica que Nadia Calviño emitía desde Bruselas, que dibujaban un horizonte de recortes y devaluación social; coexistía, igualmente, con declaraciones explícitas del mundo empresarial insistiendo en un acuerdo PSOE-Cs y, en última instancia, en la celebración de elecciones en noviembre. Que es lo que pidió en julio el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi.

Efectivamente, Sánchez y las finanzas, así como los aparatos de Estado, incluidas sus más altas Magistraturas, conforme han ido asumiendo que no era posible acuerdo alguno del PSOE con la derecha por la actitud ultra de ésta, han ido inclinándose hacia la repetición de elecciones. El objetivo de esta maniobra es simple: se trata de que haya un Congreso con una mínima expresión de la izquierda y pivotando entre el PSOE y el PP, como ha sido casi siempre. Más centrado políticamente, con Vox también devuelto a la casa madre del partido de Casado. Parlamento, una vez liberado de la perniciosa persistencia de un populismo intransigente, amable con la dureza hacia Cataluña y comprensivo respecto de los recortes antisociales que nos anuncian.

Abocados a la repetición de comicios, toca campaña. Y los discursos enormemente agresivos de Sánchez y otros portavoces del PSOE contra Unidas Podemos durante los debates de investidura, revelan que el objetivo no es otro que la destrucción electoral de una fuerza que hoy tiene 42 diputados en el Congreso. Ya ha comenzado el relato en los grandes medios: la intransigencia de Iglesias y su grupo confederal, impidiendo un gobierno de izquierdas, es la responsable de que se vaya a las urnas. Nos olvidamos todos de la evidencia de que el PSOE nunca quiso un acuerdo con la izquierda, mientras que se lo mendigaba a la derecha.

Izquierda que, ante esta maniobra, debe tener la inteligencia suficiente de votar la investidura de Sánchez, abandonando toda esperanza de hacerlo sobre el programa, a la portuguesa. A partir de ahí, el Parlamento y la calle como ámbitos de oposición a un gobierno con firmes trazas neoliberales. Evitaría así el escenario de unas nuevas elecciones, que es la trampa hacia la que el Régimen nos conduce con la intención de restablecer su orden.

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