28 de julio de 2019
28.07.2019
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

La celada del tiempo

La añoranza es miedo disfrazado, incapacidad, agotamiento, deseo de parar, de pedir al mundo que se detenga, al tiempo que cese

27.07.2019 | 19:03
La celada del tiempo

La añoranza es un arma política de dominación, persuade de que ya hemos alcanzado nuestro horizonte de expectativas más alto y que lo hemos dejado atrás, no es preciso tratar de mejorar la situación porque solo cabe volver a la posición anterior. La idealización del pasado, su conversión en mito político y cultural vivo y operativo es la mayor traición a la libertad que se puede perpetrar.

Es verdad que la imagen del futuro como lugar de la realización de las utopías de bienestar y progreso no ha sobrevivido a la marcha de la historia. La abrumadora sociedad de la técnica y de la fabricación de bienes de consumo y tecnología parece que no ha logrado detener la velocidad con que la humanidad se sirve de los recursos naturales para moderar su crecimiento sin lastrar la situación económica.

Todo ello hace que nadie actualmente contemple el futuro con la confianza que en términos históricos recientes era aún perceptible. Muchos dan por sentado que el futuro será peor, más inestable políticamente, con menos recursos y sometido a la catástrofe climática de la que se ha dicho que es 'nuestra tercera guerra mundial' según elocuente expresión de Joseph Stiglitz. En líneas generales todo ello ha condenado a muerte la idea de futuro, al menos entre un sector amplio de la población.

Si el futuro se vuelve amenazante ante peligros reales o que al menos concebidos como tales, la reacción inmediata consiste en situar el reino de la utopía en el pasado, en idealizar y añorar un pasado que recreamos e idealizamos tan míticamente como antes hacíamos con el futuro. Es lo que Zygmunt Bauman ha llamado 'retropía', una utopía de efectos retroactivos. Aunque nuestra época es fértil en retropías lo cierto es que nunca fueron desconocidas las Arcadias felices, los paraísos perdidos que ansiamos volver a recuperar. La historia está llena de frustrados intentos por volver atrás el reloj de la historia y renovar mediante un flashback la esencia primigenia del minuto cero del illo tempore.

Es algo que Arnold Toynbee dijo que ocurriría en sociedades con mermada capacidad para afrontar los retos de la supervivencia. La añoranza aparece entonces no como un respeto a la tradición ni como una fuente de conocimiento para afrontar la vida, sino como la única relación posible, relación morbosa y necrófila, con el pasado. La añoranza es miedo disfrazado, incapacidad, agotamiento, deseo de parar, de pedir al mundo que se detenga, al tiempo que cese.

La añoranza es un arma política de dominación, persuade de que ya hemos alcanzado nuestro horizonte de expectativas más alto y que lo hemos dejado atrás, no es preciso tratar de mejorar la situación porque solo cabe volver a la posición anterior.

La idealización del pasado, su conversión en mito político y cultural vivo y operativo es la mayor traición a la libertad que se puede perpetrar. Con ello se logra justificar la desigualdad de pueblos y clases sociales arrebatándoles el horizonte de la esperanza.

Situaciones tales, similares entre sí, las vemos constantemente en los países que padecen la desigualdad entre grupos étnicos o una pesada herencia colonial. Sebastián Salazar Bondy denunció elocuentemente el caso peruano en su obra clásica Lima la horrible, donde las clases dominantes habían forjado una ancestralidad tan sagrada como inventada.

También en España, donde la plaga de la exaltación nacional muestra su rostro amenazante, encontramos las manifestaciones más variopintas de retropías. Las hay de muchas clases, como muestra la obra propagandista de Elvira Roca, anacrónica polemista y defensora del imperio español; las hay dotadas de colorismo lúdico, anticuarismo y disfraces; las hay de gusto provinciano como cuando eruditos de campanario defienden a héroes locales de pequeñas guerras civiles, revolucionarios de valle, puerto y cantón que probablemente se atrevieron valientemente a soñar con un mundo mejor, pero que ahora, arrancados de la realidad histórica que vivieron se les convierte arbitrariamente en mitos heroicos para enfrentarles a otras mitologías de comunidades cercanas, vecinas pero rivales.

Venenosa retórica del pasado, semillero del rencor que cae en la reproducción y huye de la creación. No vivir, solo imitar lo vivido. Necrofilia, la más perversa y peligrosa cuanta atrás.

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