26 de julio de 2019
26.07.2019
La Opinión de Murcia
ÚLTIMA HORA
Al menos un fallecido al descarrilar un tren Alvia en Zamora
La Feliz Gobernación

La ley del retruécano

26.07.2019 | 07:51
La ley del retruécano

PP y Cs aceptan de Vox un concepto que aspiran a pasar por complementario y en realidad es sustitutivo de 'violencia machista', pues ésta es el verdadero problema registrado por la sucesión de casos que se pretende queden sumergidos en un eufemismo para diluir la misma existencia del problema social y moral que conmueve a la sociedad.

No sé qué clase de educación en libertad pretende desarrollar el nuevo Gobierno cuando empieza su andadura, a partir de hoy, entronizando los eufemismos como una de las bellas artes. ¿Trasladarán a los colegios e institutos la obligación de interpretar el mundo desde el retruécano? ¿ Habrá en el futuro una nueva generación de murcianos para el que las palabras perderán su significado original y podrían utilizarse para expresar lo contrario de lo que contienen?

Un ejemplo. El presidente de la Comunidad, López Miras, ha aceptado el concepto de 'violencia intrafamiliar', impuesto por Vox para apoyar su investidura, como una adición complementaria a 'violencia machista', en el supuesto de que aquélla se refiere al acoso que puedan recibir los ancianos y los niños (¿y por qué no, en ocasiones, también los padres de parte de sus hijos?) en el ámbito del hogar. Visto así, se trataría de una ampliación de derechos que debiera ser celebrada. Pero todos sabemos, porque escuchamos a Vox, que no se trata de una extensión, sino de una sustitución. Lo que a Vox incomoda es la aceptación de una realidad estadísticamente constatable, el verdadero problema al que responden las llamadas leyes de género; es decir, la violencia contra las mujeres. El enorme acceso de ésta es lo que ha obligado a las sociedades que se pretenden civilizadas a legislar específicamente sobre un fenómeno de brutalidad dirigido contra el sexo femenino. La violencia contra los niños y los ancianos es, obviamente, tan reprobable como la que se ejerce contra las mujeres, pero no concita tanta alarma social, pues se produce de manera menos habitual, de modo que la cuestión está cubierta por la legislación preexistente.

Una imagen sencilla: cuando se enfrentan en una final el Barça y el Madrid de baloncesto no se suele producir un despliegue policial de la envergadura de cuando los equipos son de fútbol, pues el perfil de los aficionados a uno y otro deporte suele ser distinto. Nadie proclama que se suprima la excepcionalidad de esos despliegues especiales con el pretexto de que en ambas circunstancias se trata de deportes. Ocurre que el público del baloncesto, por muy feroz que se muestre en el apoyo a sus equipos, no suele ser tan violento como ciertos sectores de la afición futbolística, y esto último exige una atención especial que aceptan y solicitan sobre todo los espectadores pacíficos.

A los efectos, hay un problema generalizado de violencia machista contra las mujeres, y esto es lo que ha llamado a los poderes públicos a contemplar el asunto de manera particular. Pretender diluirlo como 'violencia intrafamiliar' para abarcar otros sucesos menos frecuentes constituye una trampa que pretende eliminar la existencia misma del problema. Y es que las leyes de género no se limitan solo a castigar la violencia machista, sino a promover la libertad de las mujeres, aspecto este último en que reside el verdadero trauma que sufren quienes pretenden prolongar el imaginario de un tiempo de supremacía masculina felizmente caducado para alivio, sobre todo, del género masculino.

Cuando escuchamos 'violencia intrafamiliar' hemos de recordar que se trata de un eufemismo con el que se pretende sustituir (con la interesada complacencia de los socios de Vox: PP y Cs) el inmenso avance que significa la tipificación como 'violencia machista' para los delitos realmente preocupoantes por su cotidina insistencia: acosos, agresiones, presiones psicológicas y asesinatos, estos últimos más frecuentes y numerosos que los que acumuló el terrorismo etarra a lo largo de décadas. Obviar esto o relativizarlo por el hecho de que en algunos hogares también se producen actos de violencia contra niños o ancianos supone proyectar relejación sobre una de las alarmas más serias a las que se enfrenta nuestra sociedad.

Ningún dirigente político debiera poner su sueldo por delante de un problema tan grave como este. Y menos, sustituir la moral pública ampliamente consolidada al respecto por conceptos sustitutivos que son veneno para la educación de las futuras generaciones que, de boquilla, tanto dicen que les preocupan.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook