25 de julio de 2019
25.07.2019
Las cuentas claras

La economía española, ¿meritocracia u oportunismo?

Como siempre, la política trata de apropiarse de los méritos de la economía real

24.07.2019 | 19:40

El oportunismo y la guerra política tratan de confundir al ciudadano, entrando en debates incoherentes e insostenibles.

Durante el discurso de investidura del candidato socialista (y actual presidente en funciones de nuestro país), Pedro Sánchez Castejón, me llamaba la atención, habiéndolo dicho en numerosas ocasiones, unas palabras de Pablo Casado con las que el líder popular, en el discurso de oposición, hacía en referencia a la economía española y a la amenaza que acecha el crecimiento económico. Casado incluía un símil en el que trataba de comparar el funcionamiento de la economía y el de una bicicleta. Según él, debemos pedalear continuamente para que la economía siga avanzando a un ritmo firme y constante, consiguiendo que no se pare. Claro que para ello, como es obvio, debemos mantener un pedaleo continuo que mantenga el impulso de la bicicleta ante los posibles fenómenos naturales, y no naturales, que tratan de frenarla. Esto último es un añadido mío.

A su vez, el líder de la oposición concluía con una afirmación bastante coherente, a mi gusto, en la que aludía al presidente en funciones, Sánchez Castejón, diciendo que, como ocurre en el sistema mecánico de una bicicleta, si uno deja de pedalear, la bicicleta continúa su marcha dada la inercia ejercida por el pedaleo precedente. Sin embargo, si no reanudamos el pedaleo, la inercia va perdiendo dinamismo, llegando hasta el punto en el que se frene. Casado quería referirse con esto a la economía española, pues las últimas proyecciones de los organismos pertinentes pronostican un destacado crecimiento de la misma.

En los últimos meses hemos sido testigos de un tira y afloja, una batalla de idas y venidas, en la que Partido Socialista y Partido Popular trataban de atribuirse los méritos de los crecimientos experimentados durante la recuperación económica poscrisis. Para el Partido Socialista, el ponerse medallas ajenas no es cuestión de mal gusto, pues le hemos visto atribuirse los méritos de la salida del Proceso de Déficit Excesivo (PDE) en el que se encontraba sometido el país bajo la vigilancia de Bruselas, así como la creación de los más de medio millón de empleos que se han creado en los últimos años.

Y sí, lo llamo así por el simple hecho de que si observamos los presupuestos ejecutados a día de hoy y por los que se rige en este momento la economía nacional, fueron los últimos que aplicó el Partido Popular. No es cuestión de partidismo, es cuestión de que el Partido Socialista, aún, no ha podido aplicar ningunos presupuestos por la sencilla razón de que han sido tumbados tanto en sede parlamentaria como en sede comunitaria. Por esta razón, ante la falta de un proyecto presupuestario de la formación socialista, no podemos atribuir el fenómeno experimentado al Gobierno de Sánchez.

Lo mismo ocurre con el empleo. Si miramos la última reforma laboral aplicada en España, fue la aplicada durante la legislatura de Mariano Rajoy y su equipo de Gobierno, en 2012, cuando el cargo de ministra de Trabajo estaba ocupado por la señora Fátima Báñez, y no por la señora Valerio, actual ministra en funciones. Es más, según diversos análisis de research, entre los que destaca el presentado por el servicio de estudios del banco BBVA, conocido como BBVA Research, si la reforma se hubiese aplicado durante el estallido de la gran depresión, en España se habría evitado la destrucción de dos millones y medio de empleos, aproximadamente.

No digo que las propuestas de Pedro Sánchez no puedan tener un efecto positivo, o negativo, en la economía española, pero sí que la formación socialista no puede atribuirse los méritos de haber logrado unas mejoras en la economía española cuando las reformas económicas más destacadas de su acortada legislatura ha sido una, la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI). Una reforma que, precisamente, ha sido duramente criticada por instituciones como el Banco de España (BdE) o la Patronal de Empresarios (CEOE).

Según el Banco de España, la subida salarial que presentaba el Partido Socialista, pese a estar de acuerdo en que España necesita mejores condiciones salariales, supone un mayor incremento de los costes salariales para las empresas. Sin embargo, el problema del que habla el Banco de España, así como al que yo hago alusión, es el hecho de que esta subida se ha basado en una razón social, con el fin de incrementar la renta disponible; y no en aquello a lo que debería ir ligada una subida salarial, como, por ejemplo, la productividad o la competitividad, pues ambas variables se encuentran estancadas desde el 2017.

En resumen, estamos ante una situación en la que los partidos políticos intentan repartirse los caramelos que se encuentran en el suelo, pero evitando, a su vez, el resto de caramelos que se encuentran en la piñata. Con este símil trato de decir que la solución no está en tratar de atribuirse los méritos pasados y actuales, sino en la elaboración de un nuevo proyecto económico y social, ajustado principalmente al contexto económico que se avecina, así como a la situación de desaceleración económica global que ya muestran (y de forma muy clara) muchos indicadores macroeconómicos como los PMIs.

Como digo, España necesita un cambio. Un cambio que parte de liderar un nuevo proyecto económico y no de remendar y parchear los planes establecidos durante la anterior legislatura. Nos enfrentamos a grandes problemas como las pensiones, la creación de empleo, el crecimiento económico ante la desaceleración mundial o el planteamiento de unos presupuestos acordes al objetivo de déficit y la reducción de la deuda. Solo así podremos hablar de méritos, solo de esta manera podremos hablar de futuro. Eso sí, lo que debe quedar muy claro es que si deben atribuirse méritos, éstos no tienen destino partidista, pues los méritos de la riqueza económica, como siempre, son de las empresas y los agentes sociales; lo que muchos economistas denominamos la economía real.

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