23 de julio de 2019
23.07.2019
La Opinión de Murcia
La feliz gobernación

El estado de la derechita

Rivera ha entrado en una catarsis histérica, Abascal se apalanca en una ideología autorreferencial, y el campo alternativo a la izquierda queda en manos de Casado para hacer política con mayor soltura y paciencia

23.07.2019 | 23:09
El estado de la derechita

Pablo Casado no estuvo nada mal en el debate de investidura. Su coach de moderación ha hecho milagros en él. Este líder te sale un día arrollando a Vox por la derecha, y otro se muestra tan contenido que hasta podría servir para estadista en tiempos de escasez de becarios.

Sus réplicas a Pedro Sánchez resultaron razonadas, que es lo mínimo, claro que desde su perspectiva, que no puede ser otra. Aplomo personal, resolución dialéctica, libre de anotaciones, cierta ironía y relajación. Este toro, que salió muy bravo cuando lo compramos, ha sido convenientemente picado, y parece que va encontrando su lugar en el ruedo. Sobre todo porque su competencia en el espacio de la derecha se lo está poniendo a huevo.

Albert Rivera entró en escena denunciando con su gestualidad un exceso en el consumo de cafeína, tomó un idea y media y ocupó su tiempo en hacer círculos en torno a ella, más un par de ocurrencias en las que insisitió tanto que parecía querer dictarlas por si algún periodista no caía en que con ellas podría facturar algún titular: todo eso de la banda, de la habitación del pánico, y del 'plan Sánchez'. La palabra Sánchez se repetía al menos dos veces en cada frase. Esta cosa de hablar rápido, sin puntos y aparte, empieza a ser agobiante, sobre todo cuando el oyente descubre que todo es estribillo, sin que la canción avance con algún argumento encadenado.

Y luego estaba el estreno de Abascal, que soltó un sermón de raíl, con el riesgo de consumir de una sola tacada todo su ideario, sin dejar nada para otras intervenciones, las que teóricamente deberá pronunciar a lo largo de los próximos cuatro años si se consolida la dictadura progre. En Abascal no hay actualidad ni coyuntura, sino recetario, por lo demás, escueto.

Son tres estampas muy leves, todo lo superficiales que se quiera, pero el test instantáneo avisa de que Casado tiene carrete, ha entrado en la política-política, toma distancia y muestra sosiego, mientras Rivera se exhibe sobreexcitado, con aires de valentón y sin flexibilidad dialéctica, como si el mundo se estuviera acabando. Abascal, contra lo esperado, aparece inofensivo, residual de tan ideológico, inoperativo; en realidad actúa de señal para que Casado pueda adquirir la imagen de centralidad que inicialmente desdeñó.

Las tres derechitas son complementarias, pero la disposición de las fichas beneficia al PP si Casado fuera capaz de mantener el tipo. Rivera ha entrado en una catarsis histérica, Abascal se apalanca en una ideología autorreferencial, y el campo alternativo queda en manos de quienes pueden hacer política con mayor soltura y paciencia. Más aún cuando Vox y Ciudadanos, como en Murcia, sin ir más lejos, ponen al PP en bandeja todas las posibilidades para su renacimiento.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook