21 de julio de 2019
21.07.2019
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio

El nuevo Gran Hermano

Uno de los retos más importantes de este tiempo de tribulación es la consolidación de un régimen político que garantice las libertades, amenazadas con toda suerte de censuras legales e ideológicas

20.07.2019 | 17:42
El nuevo Gran Hermano

En una colisión frecuente de derechos constitucionales, los de información, de cátedra y el derecho de crítica no son menos importantes que la preservación de la intimidad de quienes causaron daños públicos y notorios

El hijo del secretario del tribunal que condenó a muerte a Miguel Hernández consigue, amparándose en la Ley de Protección de Datos Personales, que el nombre de su padre desaparezca de varias publicaciones digitales de la Universidad de Alicante realizadas por un catedrático de Literatura Española, investigador de la vida y la obra del poeta oriolano.

Contemplamos la Historia desde nuestra atalaya del presente, desde la que hemos visto el desmoronamiento de civilizaciones, sociedades, universos vitales que se han sucedido sin solución de continuidad, aun cuando el Derecho que imperaba en cada una de las estructuras políticas cambiase radicalmente. En la Historia reciente, el sistema político de la Restauración desapareció en un auténtico vacío de poder que dio paso al proceso constituyente de la II República. Ésta murió de muerte violenta en una rebelión militar que fracasó como golpe de Estado, pero devino en una cruenta guerra civil que ha dejado secuelas que se prolongan más allá de la tercera generación en una suerte de carga genética que no desmonta ni el análisis histórico riguroso, ni la visión de la Europa que constituye nuestro espacio de referencia política.

El conocimiento de tan nigérrimo pasado nos ha llegado en su mayor parte por transmisión oral de padres, familiares, conocidos y algún otro personal de cuestionable fiabilidad. Muy pocos de cuantos opinan sobre la Guerra Civil han leído libros y menos aún documentos históricos. La historiografía predominante en el país durante más de cuarenta años fue afín al régimen dictatorial e instruyó a varias generaciones de jóvenes en una unidad monolítica de la nación que contrasta con la riqueza y diversidad de los pueblos que la componen, incluidos reinos y territorios con diversidad de leyes, normas y fueros de distinta naturaleza.

La Transición fue un proceso modélico en el cambio de un régimen político autoritario a otro democrático, mas que no fuese violenta no implica que fuera socialmente pacífica, pues fue traumática en grado superlativo al coincidir con una crisis económica a escala mundial.

Un familiar muy querido por mí se lamentaba de que dedicaran una calle a un comunista como Miguel Hernández. Otro pariente, cuyo recuerdo guardo en el corazón, señalaba a Suárez como un perjuro que había traicionado las leyes fundamentales del régimen franquista. Mas, cuando pienso en Suárez no puedo menos que reconocer su valentía, su coraje y su habilidad política para fundar un Estado que proclama determinados derechos y libertades como fundamentales. Cada vez que leo la Elegía a Ramón Sijé, la emoción de la palabra humedece mis ojos. No por ello es menor mi aprecio de quienes denostaron a Suárez o a Miguel Hernández, pero creo haber superado los traumas dolorosos de la guerra y las convicciones ideológicas de mis mayores, sin que por ello considere una traición a su memoria el hecho de pensar distinto.

Hay acontecimientos, hechos objetivos y actos de contenido jurídico, que marcaron indefectiblemente el pasado, cuyo juicio de valor no resistiría la confrontación de los derechos constitucionales. Entre aquellos, la sentencia que condenó a muerte a Miguel Hernández. Si los jueces que lo sentenciaron tienen derecho a que sus nombres sean preservados de la Historia, el único juicio real que nos queda, los cimientos de la democracia se tambalearán indefectiblemente.

Por el mismo tiempo que el poeta cabrero, George Orwell luchó contra el fascismo en España y fue testigo de la persecución de los troskistas del POUM por los estalinistas, otra purga política contemporánea de la franquista. Algún tiempo después escribió 1984, que ha pasado al acervo común por el significado de una de sus imágenes más impactantes. Gran hermano es el escrutador ubicuescente, pero el de Orwell tiene las facciones de Stalin y su enorme poder no es tanto su omnipresencia como el modificar la Historia a su conveniencia. Algo que hizo Franco durante los cuarenta años de su dictadura, pues sólo hubo una historia oficial, la de los vencedores de la guerra, que ha calado en el español medio sin el más mínimo atisbo de crítica.

Uno de los retos más importantes de este tiempo de tribulación es la consolidación de un régimen político que garantice las libertades, amenazadas con toda suerte de censuras legales e ideológicas. En una colisión frecuente de derechos constitucionales, los de información, de cátedra y el derecho de crítica no son menos importantes que la preservación de la intimidad de quienes causaron daños públicos y notorios. Con todo, es más preocupante la preterición de la Historia o su torticera tergiversación. Dice el tópico que el pueblo que la olvida está condenado a repetirla; tal vez sea un remedio contra la amnesia o la ignorancia.

Recientes estudios antropológicos señalan que el olvido es una necesidad vital para los humanos, pues necesitamos despejar nuestro cerebro para aprender cosas nuevas. Empero, en la memoria social radica la supervivencia de la civilización. Todas las que desaparecieron vivieron un periodo de larga y desesperada desmemoria y en ese tiempo se forjó su decadencia. Un reciente artículo del historiador José Álvarez Junco propugna la aceptación honesta y crítica del pasado para fundar una sociedad democrática y tolerante. Es casi imposible encontrar un pueblo que no haya sido víctima de horrendos crímenes y verdugo de otros no menos nefandos.

La asimilación acrítica de la Historia lleva a la eterna reivindicación de los agravios y la sublimación heroica de los delitos causados. No se trata de avergonzarse de las tropelías cometidas por quienes nos antecedieron, ni de usar el victimismo como excusa revanchista, mas sí de tomar conciencia de que la infamia no puede repetirse ni perdurar. Alemania fue puntera en la acogida de los refugiados sirios, mientras que Orbán, primer ministro húngaro, rechazaba las políticas de acogida, curiosas paradojas de un macabro juego de rol de las naciones, de víctimas a victimarios. La transposición a nuestra Historia no precisa más comentarios, sino reposada meditación: ¿hay leyes que nos protegen de la infamia?

Tendremos que quemar los libros de Historia por si nos enteramos de quien mató al Comendador. De nada valdrá saber que fue Fuenteovejuna, señor, si no podemos contarlo.

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