20 de julio de 2019
20.07.2019
El jardín del vocabulista

Visibilo

20.07.2019 | 04:00
Visibilo

Si descreemos de la rotunda tesis parmenidiana de que el ser es y el no ser no es, lo mismo que Ítalo Calvino escribió una descripción de las ciudades invisibles con sus calles, edificios, monumentos y habitantes maravillosos por irreales, nosotros podríamos atrevernos a elaborar un elogio y exaltación de las palabras invisibles.

Para ello, nada mejor que empezar por visibilo, término que, si alguna vez existió por estos pagos, ya en su morfología difusa y sutil da pelos y señales de su carácter visible pero en modo alguno perceptible como una realidad precisa.

Si diseccionamos su contenido, vemos que en sus entrañas moran criaturas del mundo invisible, como soñadas y fantásticas invenciones: apariciones, fantasmas, espectros, sombras y, además, todos aquellos adefesios y espantajos que, por feos y desagradables, nos lo parezcan.

Pero una cosa es soñar con ellos y otra andar en su busca por las calles de la ciudad, por las trochas y veredas de la sierra o por los vericuetos de la huerta, sin haberlos ni siquiera entrevisto trasponiendo una esquina, al asomatraspón de una peña o emboscados entre los cañares.

En nuestra búsqueda afanosa iremos al diccionario, principio y fin de todo lo dicho y por decir, donde no encontraremos ni rastro de vocablo tan escurridizo y evanescente, y por más palabreros locales que repasemos, solo veremos en alguno un viso o emanación evanescente que nos deja dudosos y perplejos ante este visibilo jamás visto ni oído, aunque nos esforcemos por dar crédito a su fantástica existencia, como no dudamos que la tuvieron las ciudades invisibles del tal Calvino.

Y luego nos quedaremos rumiando el sabor incierto e inquietante de lo inexistente, aunque con la duda de si lo que los pedantes modernos llaman visibilizar es contemplar el escurridizo visibilo.

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