17 de julio de 2019
17.07.2019
La Feliz Gobernación

Rebajas de verano

Vox, al final, es un partido que ha venido a poner farolas, sin cuestionar a fondo las políticas estructurales. De lo cual hay que alegrarse, pero, perdida su identidad, cabe suponer que su presencia en las instituciones será efímera

17.07.2019 | 04:00
Rebajas de verano

Vox ha hecho un mal negocio en las negociaciones del pacto para facilitar el Gobierno PP-Cs. Adelanto, por si hiciera falta, que yo me alegro. Pero es obvio que si nos ponemos en su lugar (por nadie pase) queda claro que han sido víctimas de su propia trampa. Querían atraer a la negociación a Cs, algo que inicialmente parecía imposible por la propia actitud de sus dirigentes y negociadores, expresada en la campaña electoral, hasta que fue posible después de ésta. Y a partir de ese momento, la cascada de renuncias de Cs ha ido acompañada de un autoblanqueamiento de Vox que, por lo que se deduce de su último documento, podría firmar, en la mitad de los apartados, hasta Podemos, tan genéricos, buenistas e imprecisos resultan algunos de los epígrafes. Les van a decir que sí, que aceptan el programita en que han acabado resumiendo la tremebunda artillería populista de Vox.

Cinco horas de café en la primera reunión a tres ha acabado, en las siguientes, en el descafeimiento del producto electoral de la ultraderecha. Habría que felicitarse por esto, pero no sé qué pensarán los votantes de Vox. Para llegar hasta donde han llegado, lo más práctico para sus intereses habría sido obviar toda negociación. Decir, por ejemplo: nos abstendremos para evitar un Gobierno presidido por el PSOE o la repetición de las elecciones, pero nos mantendremos en la oposición con nuestro programa íntegro. Sin embargo, ahora tendrán que permanecer en la oposición con un programa disminuido respecto del original, pues en el fondo quedan como socios externos. Y solo tendrán derecho a reivindicar lo que han acordado con los otros dos partidos de la derecha. Si piden más, estarán incumpliendo su contrato, incluso aunque lo poco que piden no les sea satisfecho.

La clave del pacto PP-Cs es que Vox ha dejado de ser Vox, pues este partido ha sustituido su compromiso con los electores que votaron el programa máximo por unas proclamas genéricas contenidas en media docena de folios muchas de las cuales se refieren al desiderato general de la actuación de cualquier partido, sea de derechas, de izquierdas o mediopensionista. Se dirá que es lo que corresponde en toda negociación: ceder a cambio de que los demás también cedan. Pero Vox ha cedido la práctica totalidad del programa que presentó a sus electores sin obtener nada a cambio de los beneficiarios de su gesto. Nada es nada, pues por mucha retórica que se gasten unos y otros, el contenido del documento en que ha quedado reducido el 'estilo Vox' es ya irreconocible y, lo peor para sus intereses, interpretable. En el fondo, la lectura del documento final de Vox transmite un tufillo PP, tal vez puesto en prosa menos eufemística, pero acaba en lo mismo. ¿Decían que las coincidencias alcanzaban el 95%? Quiá. Están al cien por cien, solo que el 5% restante todavía se expresa en Vox con un énfasis que todavía no ha alcanzado las sutilezas de lo políticamente correcto, aunque ya empiezan a acercarse.

Fíjense en qué ha quedado su oposición a la Ley LGTBI: en que los servicios jurídicos de la Comunidad autónoma la revisen por si hubiera algo que no resultara correcto. Es obvio que ya lo harían antes de que la ley se aprobara, y que ésta pasaría otros filtros de idoneidad y ajuste con la Constitución y la legislación estatal. ¿Qué dictaminarán los servicios jurídicos? Pues lo obvio: que la ley es válida, desde el momento que no le pusieron pegas con anterioridad. Aplaudamos esta cesión de Vox, pero, insisto: ¿la entenderá el electorado que los elevó a la Asamblea para que la combatieran? Y así todo. Al final, han entrado por el aro al aparcar lo ideológico y someterse al guion general: Mar Menor, agua y otros etcéteras. De este modo, han quedado como apéndices del resto del arco parlamentario y ayudantes, en esos debates, del PP. Vox, al final, es un partido que ha venido a poner farolas, sin cuestionar a fondo las políticas estructurales. De lo cual hay que alegrarse, pero, perdida su identidad, cabe suponer que su presencia en las instituciones será efímera.

Mientras tanto, han contaminado a Cs, el partido centrista que ha acabado escorado al extremo de la derecha, obligado a asumir para gobernar ciertos aspectos del programa de Vox, que aun abaratados en su enunciado, contienen en el espíritu y la letra refutaciones claras tanto al pacto PP-Cs como a lo que, antes que éste, Cs parecía significar. Los de Isabel Franco han protagonizado el dudoso honor para la Región de Murcia de ser los primeros dirigentes autodenominados liberales que en Europa se han sentado a negociar con la extrema derecha (aun con la cínica negativa de que lo que han hecho no significa negociar). Y mientras tanto, el PP, que desde el principio no ha mostrado escrúpulos (habría firmado la dictadura del proletariado si esto les garantizara su continuidad en el poder) se dispone a reinar sobre los despojos de quienes, por uno u otro lado, venían a ser su alternativa. Larga vida al PP.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook