14 de julio de 2019
14.07.2019
Los dioses deben estar locos

El regreso del dios del trueno

Los orígenes del vuelo mecánico son embaucadores y hechiceros, más aún cuando a lomos del ave metálica cabalga un guerrero cuyo sentido de la realidad ha sido alterado por el enrarecido aire de las alturas

13.07.2019 | 18:44
El regreso del dios del trueno

Aun dejados de la mano de los dioses, los humanos añoran a los inmortales, añoran el regreso del gran Zeus, señor del cielo y de los elementos. Seducidos por el triunfo técnico le emulan y sueñan que son como él. Y es entonces cuando vuelve el dios del trueno y el señor de las tormentas.

Descendemos a través de un mar de nubes, somos espectadores privilegiados a hombros de un ser divino que desciende de sus elevadas alturas para visitar a los mortales. Las nubes se disipan, el cielo se abre como en las antiguas pinturas de iglesia, observamos la estampa centenaria de una ciudad cuyos habitantes contemplan nuestra llegada. Así refleja Leni Riefenstahl en El triunfo de la voluntad la venida del caudillo de la nación alemana y su descenso sobre el viejo Nuremberg, no a espaldas de ángeles ni sobre carros de fuego sino bajando en un avión cuya forma cruciforme se proyecta en movimiento sobre el suelo de la ciudad. Es la parusía, el señor nos viene a ver.

Los orígenes del vuelo mecánico son embaucadores y hechiceros, más aún cuando a lomos del ave metálica cabalga un guerrero cuyo sentido de la realidad ha sido alterado por el enrarecido aire de las alturas. Aun dejados de la mano de los dioses, los humanos añoran a los inmortales, añoran el regreso del gran Zeus, señor del cielo y de los elementos. Seducidos por el triunfo técnico le emulan y sueñan que son como él. Y es entonces cuando vuelve el dios del trueno y el señor de las tormentas. Manuel Azaña recuerda en sus Memorias políticas las dificultades de tratar con ciertos aviadores del ejército que eran una mezcla incontrolable de técnicos e ingenieros con alma de aventureros y poco espíritu de obediencia militar. El 2 de julio de 1931, además, refiere la entrevista que mantuvo con el rocambolesco comandante al mando de la aviación militar en Marruecos, de quien supone que estaba loco y que pretendía arreglarlo todo con muertes y bombas. Pero el efecto embriagador de soñar con el dominio del aire afectaba también a aquellos aún encadenados a la tierra, que temían la visita de los desconocidos habitantes de las alturas; pues apenas cinco días después Azaña refiere, entre divertido y cansado, la increíble noticia de un avión desconocido que habría lanzado bombas incendiarias sobre cinco cortijos de Jerez. El miedo existente entre la población y el estado de desconcierto de las guarniciones militares prestan alas al suceso cuya veracidad queda desmentida al día siguiente al contrastar que no habían ardido jamás dichos cortijos, ni habían sido atacados nunca por ninguna aeronave desconocida.

Otras veces, pertinentemente con la atmósfera teofánica y como de misterio que rodea toda acción técnica, nuestras aves metálicas trasladan a los aguerridos guerreros a inesperadas regiones para que se esfumen allí, lejos de las miradas de las gentes como castigo a su soberbia; y si antaño héroes como Belerofonte eran arrebatados por seres como Pegaso, en tiempos más recientes el teniente Charles Carroll Taylor con su escuadrilla habría padecido análogo destino en el triángulo de las Bermudas. En nuestros días el dios de la tormenta ha vuelto sobrevolando con sus alas metálicas los suelos áridos de regiones castigadas por la sequía y, a decir de los crédulos que añoran a las deidades celestiales, roba el agua benéfica rompiendo las pacíficas nubes y derramando desconocidos brebajes sobre ellas para castigar al género humano por su avaricia. Y así, en los tiempos de internet, en medio del dominio generalizado de las comunicaciones y la tecnología de la información, amplios sectores desinformados de la población, a despecho de toda evidencia, miran hacia a las alturas para contemplar, bajo la inofensiva forma de una pacífica avioneta fumigadora, la llegada del dios del trueno guiado por la ignorancia del mundo, ansioso de homenaje y sediento de sumisión.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook