14 de julio de 2019
14.07.2019

El jardín del vocabulista

14.07.2019 | 04:00

Uña

Si creen que el valor de las cosas depende de su tamaño, la uña, pequeña y aparentemente inútil, les sacará de su error. Ese apéndice que crece en las extremidades de los animales sirve de imagen con que ponderar muchos comportamientos de los seres humanos. Así, del diligente se dice que va a uña de caballo, quien defiende algo con intensidad y energía nos imaginamos que lo hace con uñas y dientes, y se deja las uñas quien trabaja con mucho esfuerzo; aunque también podemos perder una oportunidad por el filo de una uña.

Pero las uñas representan también la intransigencia y la crueldad, que nos hace ponernos de uñas con el prójimo, tener las uñas largas, o afiladas, o en la palma de la mano, para la apropiación indebida; o coger entre las uñas a los otros para castigarles o hacerles daño; o, por el contrario, caer uno mismo en las uñas del lobo.

Lejos de simbolismos grandilocuentes, recordemos que las uñas son comestibles, sea la uña de vaca que compartió Lazarillo con su amo hambriento, trátese de las propias, que mordemos como expresión de disgusto o nerviosismo, o por mero entretenimiento. Y no olviden que gatos y perros se afilan las uñas en los troncos y, para nuestra desgracia, también en cortinas y tapicerías. Finalmente, las uñas son imprescindibles para rascarse, siempre que se utilicen con mimo y suavidad, evitando los uñetazos.

Los contemplativos pueden visitar la Uña más bella del mundo, que así se llama una pequeña población de Cuenca, o escribir «Por desgracia, no tengo para darte sino uñas o pestañas, o pianos derretidos» como un tal Neruda.
Nada menos. Y mucho más.

Vaivén

Vean las disciplinadas cohortes romanas o la atropellada marabunta de la horda bárbara cómo intentan reventar el recio portalón o la muralla maciza de aquella fortaleza. Observen la viga larga y gruesa que, movida a brazo o sirviéndose de una máquina que la suspende con un fuerte cordaje, va a chocar contra el obstáculo y luego retrocede para recibir un nuevo impulso; y así una y otra vez, en un va y viene constante y pertinaz. Pues sepan que, por pura lógica, este formidable ingenio vino a llamarse vaivén, como su movimiento indica; aunque otros, fijándose en su extremo reforzado con una pieza metálica en forma de cordero, convinieron en llamarlo ariete, nombre latino de tal rumiante.

Visto todo esto, convendrán conmigo en que este término de pronunciación tan airosa, que nos mece y nos columpia con el balanceo de su son, es de obligada aplicación a todo aquello que marcha alternativamente en un sentido y en su contrario, sea el continuo trajín de las olas del mar, los bandazos sin fin del péndulo del reloj o el movimiento acompasado de la cuna o la mecedora.

Pero ya puestos, también vinimos a llamar vaivén, con un pesimismo existencial de tono más bien barroco, a la condición inestable de las cosas, sometidas a la inconstancia y el capricho de la edad y la fortuna, que las zarandea y las desmorona, sean un deseo, una situación familiar o la vida misma de los mortales. Sin olvidar tampoco las oscilaciones que, para bien y casi siempre para mal, sacuden a los asuntos sociales y políticos, sea la prima de riesgo, la cotización bursátil o la gobernanza de la república.

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