12 de julio de 2019
12.07.2019
Verderías

Viajar

11.07.2019 | 21:27
Viajar

Que en Inglaterra se conduzca por la izquierda, en China se coma con palillos o en Israel sea el sábado el día de fiesta, son realidades que probablemente conocemos por cultura general o referencias cinematográficas.

Es únicamente en el viaje, en la vacación lejana concebida como transporte y movimiento, cuando tenemos la oportunidad de comprobar que, efectivamente, el nuestro es un ancho mundo.

El preñe de mil lenguas y costumbres, de razas y monedas, de paisajes y sucesos distintos, nos termina por confirmar una sospecha que supongo ya generalizada: que por más que nuestra propia tierra, la originaria de cada cual, nos parezca el más bello rincón del mundo, no es más que una mínima extensión de hectáreas perdidas en la inmensidad de las tierras del planeta, y que nuestras costumbres, nuestra cultura, nuestra nacionalidad e incluso nuestras propias vidas, no son sino anécdotas insignificantes en el seno del marasmo de culturas y personas que en realidad pueblan el planeta y entre las que sólo somos depositarios de una ínfima parte del acervo cultural colectivo.

Por eso es bueno y enormemente sano conocer otros países y otras realidades. Desde la contemplación de la inmensidad mestiza de la tierra muchos conceptos pasan al terreno de lo anecdótico, cuando no de lo ridículo: el nacionalismo, que olvida lo que tiene de positivo en cuanto aportación cultural enriquecedora del acervo común y se centra en la defensa patética de una identidad artificialmente segregada de otro millón de identidades vecinas; el racismo, que deifica el color o los rasgos de una mínima parte de la humanidad por el sólo hecho de vivir en la vecindad de uno mismo; la intolerancia moral, que niega el hecho de que lo que aquí es moral allá está prohibido y lo que aquí es inconcebible allá es obligatorio.

El viaje promueve en general la tolerancia, la identificación de las injusticias objetivas, y la comprensión del mestizaje. No en vano comprender que ni somos tan diferentes ni tan iguales a otros pueblos interioriza en cada cual la seguridad de que la magia de la diferencia seguirá siempre viva y que el globalismo no terminará por conseguir la homogeneización de los pueblos. Y coloca en sus justos términos los problemas y las polémicas que localmente consideramos como las cosas más trascendentes de la vida, reduciendo así la importancia de las decisiones puramente locales pero magnificando la trascendencia de las que, desde un foco local, contribuyen a objetivos planetarios, como la defensa del medio ambiente o el imperio universal de los comportamientos éticos, igualitarios, tolerantes y democráticos.

Viajar, entonces, vacuna de males y sana enfermedades de la mente. El viaje, por tanto, es una buena idea. Háganlo solos, en pareja o en familia, de esta última forma contribuirán a la formación de sus hijos. Vayan en tren, en barco, en avión (ojalá que cada vez con motores menos contaminantes), en bicicleta o en patinete. Como ustedes quieran, pero vayan.

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