11 de julio de 2019
11.07.2019
Así lo llevo

El camaleón

"Ella había sido una de aquellas princesas. A ella también la dejó herida de muerte. Ella necesitó distanciarse por completo hasta que un día se reencontraron y pensó que podrían ser solo amigos"

11.07.2019 | 04:00
El camaleón

No sabía muy bien por qué se tenía que sentir así: tan triste, tan rara, tan decepcionada. Además, de repente, le empezaban a doler cosas que ya habían quedado en el pasado, cosas que ya había justificado ante sí misma y ante los demás miles de veces, cosas que ya había disculpado y pasado por alto porque 'él era así' y además, le aseguraba que 'no iba a cambiar a estas alturas' y porque, en aquel momento amargo de su vida en el que lo conoció, él le había servido de compañía y distracción, le había ayudado a superar su duelo y le había enseñado una parte del mundo inexplorado para ella. Así que cualquier daño, mentira o engaño, lo perdonaba pues ponía en la balanza el papel de bálsamo que él había representado y la balanza se inclinaba hacia ese lado aunque supiera que había otras mujeres y que él iba hablando mal de ella a estas para que no sintieran celos o no la viesen como una rival. Así que ella miraba tanto para otro lado que acabó generándole tal tortícolis que le estaba doliendo ahora al cabo de los años.

¿Por qué le dolían mentiras que ya había perdonado y ella misma había justificado?

¿Por qué se sentía engañada y utilizada?

¿Por qué le parecía que él la había usado para satisfacer su propio ego?

Estuvieron saliendo un tiempo, diciendo que eran solo amigos, amigos especiales, pero que si en algún momento alguno de los dos conocía a alguien y quería ir más allá, avisaría al otro antes de engañarlo, mentirle u ocultarle información.

Solo ella cumplió esta parte. Ella no tenía ojos para nadie más. Sin embargo, él estuvo simultaneando esa relación con varias más, más de las que ella pudiera imaginar. Quedaba con mujeres que conocía a través de redes sociales o páginas de contactos. De algunas se enteraba por casualidad pues algunas verdades se colaban en conversaciones con él, en las que no recordaba sus propias mentiras o metía la pata, a pesar de ser un profesional del engaño. De otras, se enteraba porque terceras personas la informaban, por hacerle un favor. Ella creía antes al mentiroso que a esas personas de 'buena voluntad'.

Ella había descubierto que él era un depredador emocional, un ser acomplejado que todo lo quería arreglar con dinero y justificaba todos sus actos por la inversión realizada. Elegía a sus víctimas de la siguiente manera: si estaban heridas de muerte, si su corazón o su estabilidad emocional corrían peligro, le interesaban. Esa conquista reforzaba su maltrecha autoestima. Gustaba de rescatar princesas malheridas y las dejaba peor que las encontraba cuando se le pasaba la novedad y justificaba el abandono por el precio pagado en regalos, detalles o cenas románticas y no se explicaba cómo ellas resultaban ser tan desagradecidas y por qué no podían mantener una bonita amistad después del abandono.

Ella había sido una de aquellas princesas. A ella también la dejó herida de muerte. Ella necesitó distanciarse por completo hasta que un día se reencontraron y pensó que podrían ser solo amigos. Le daba pena, le estaba agradecida por los buenos momentos y quería perdonarle los malos. De nada sirve el rencor, el rencor ocupa un espacio precioso que uno puede llenar de otras cosas.

Además, él tenía la habilidad de ser lo que la víctima quería que fuera. Cambiaba sus creencias, pensamientos e ideas en función de su público. Pero poco a poco se le fue cayendo la máscara. Ella lo veía repetir el patrón y le dolía que hiciera el mismo juego con diferentes mujeres sin importarle los cadáveres que iba dejando a su paso. Al fin y al cabo, eran cadáveres que había subvencionado. Lo veía repetir las mismas palabras, las mismas galanterías, las mismas promesas y los mismos engaños a varias bandas, lo veía abandonarlas cuando se cansaba de jugar y preguntarse perplejo qué estaba haciendo mal, por qué todas se enfadaban finalmente.

Todas menos ella, ella aguantaba al pie del cañón por lo que un día les unió, hasta que se le fue cayendo la venda a base de repetir la jugada, a base de verlo cargarse las muñecas. Él se fue descuidando, se fue quitando la máscara y resultó ser todo aquello que ella detestaba, todo lo que no podía compartir ni justificar. A ella le dolían más las otras mujeres que ella misma y aún se preguntaba por qué tanto dolor y por qué precisamente ahora.

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