11 de julio de 2019
11.07.2019
Al hilo

Un animal cultural

Los hombres nos desarrollamos en simbiosis con la cultura en la que estamos inmersos

11.07.2019 | 04:00
Un animal cultural

En una hermosa escena de la película documental El gran silencio, los cartujos de la Grande Chartreuse se preguntan por la necesidad de lavarse las manos con agua antes de entrar en el refectorio. Ninguno de los monjes conoce la respuesta, más allá del valor simbólico que atesora el gesto. Uno de ellos plantea si no sería mejor suprimir ese lavatorio. Seguramente, si se ha perdido su funcionalidad, se debe a que no formaba parte del depósito esencial de su fe. Sin embargo, la respuesta que dan los demás cartujos es negativa: si hemos dejado de entender su importancia, no es porque represente un ritual vacío, sino porque debemos profundizar más en su misterio.

El escritor británico G. K. Chesterton habría coincido en esta apreciación. Para él, constituía un error pretender destruir las costumbres locales y las tradiciones que no comprendemos en nombre de algún bien mayor. Sus efectos estabilizadores para una sociedad pueden resultar difíciles de medir, pero no son irrelevantes. Por un lado, porque ni la historia ni el hombre se comportan de forma estrictamente racional; por otro, porque hay un darwinismo implícito en las creencias que se van depurando con el paso de los siglos. Al igual que sucede con el arte, perdura lo mejor y lo más alto. Y, en el caso de las tradiciones y de las costumbres, permanece lo que se adapta mejor a las necesidades y a la lógica interna de las diferentes culturas.

A veces se nos olvida que los hombres nos desarrollamos en simbiosis con la cultura en la que estamos inmersos. Esa inteligencia social nos distingue claramente de los animales: en el trabajo solidario, en la transmisión de los conocimientos€ Evolutivamente, no somos una de las especies más adaptadas al entorno natural. No somos más veloces ni más fuertes y nuestra maduración (de niño a adulto) es lenta. Lo que nos define es la inteligencia, la capacidad de colaborar y una alta eficiencia en la transmisión cultural gracias al lenguaje.

Nada hay en nuestros genes que nos invite a leer y a escribir y, sin embargo, se trata de dos habilidades casi universales en el homo sapiens. El lenguaje, por otro lado, nos permite rememorar el pasado, aprender de él y lanzarnos hacia el futuro; todo ello gracias al uso de los tiempos verbales. Como sugiere en sus trabajos el antropólogo Joseph Henrich, es la cultura la que nos impulsa y nos mejora, ya sea gracias a la sofisticación de las instituciones que nos moldean, a la armoniosa funcionalidad de las matemáticas, a la belleza de las palabras, a la moral compartida por los pueblos o al amor que sostiene (y que se enseña) en las familias. En todo ello, en las letras y en los números, en la literatura y en la geometría, en las leyes y en la ética, hay mucho más de cultural que de propiamente natural.

En la Edad Media, el abad Suger de Saint-Denis decía que a Dios, que es belleza pura, se llega a través de las cosas materiales. Es decir, que un entorno virtuoso nos mejora y otro vicioso nos corrompe. Por eso mismo, debemos darle tanta importancia a saber preservar las culturas constructivas y a ser rigurosos a la hora de perseguir las tradiciones perniciosas. Ni la sospecha ni el resentimiento ni la desconfianza ni el cinismo articulan un capital social digno de su nombre. Más bien sucede al contrario.

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