09 de julio de 2019
09.07.2019
Tribuna libre

Políticos berreantes

08.07.2019 | 19:24

Incluso antes de la noche del 26 de mayo, se instaló en esta sufrida Región la peregrina idea de que su futuro dependía de los votantes murcianos. Ciudadanos de a pie, periodistas o finos analistas llevan semanas elucubrando una y otra vez sobre posibles acuerdos y gobiernos factibles. Incluso nuestros políticos regionales han negociado hasta la extenuación como si el asunto fuese de su competencia.

Parece ser que no nos enteramos. Murcia es irrelevante. Lo que aquí se está jugando, desde el principio, es el Gobierno de la Comunidad de Madrid, que eso sí es importante.

Estamos disfrutando de un docudrama estructurado en tres actos más propio de una versión cutre del canal de National Geographic que de la política nacional. El primero se ha rodado en exteriores, en la Región, y por eso, como si fuésemos un pequeño rincón del planeta que ha tenido la suerte de ser una de las localizaciones del rodaje de Juego de Tronos, hemos adquirido cierta notoriedad en los medios de comunicación.

En este primer acto asistimos a una espectacular berrea en la que cada esplendoroso macho berreante intenta adueñarse de su territorio con espectaculares demostraciones de poder, luciendo sus terribles cornamentas y lanzando al aire berreos terribles que se han escuchado mucho más allá de nuestras fronteras.

Solo hay dos machos suficientemente poderosos para cubrir a la hembra, además de un jovenzuelo que, por ahora, no va a poder satisfacer sus ansias sexuales. El problema reside en que la extraña biología de la hembra, que llena de hormonas no puede resistir más sus ansias de cópula, sólo le permite ser fecundada mediante la penetración simultánea de ambos sementales, lo que requiere su civilizado acuerdo previo. Esto, por más que ella intenta hacérselo entender a ellos, en su excitación y animal frenesí no llegan a comprenderlo.

El segundo acto se rodará en los estudios de Madrid. Una vez que cada cual sabe de qué es capaz el otro, que ya se han fijado posiciones, que las amenazas se han hecho creíbles, el verdadero encontronazo tendrá lugar en la capital de España. Ahí se rodarán las escenas más dramáticas porque si quieren gobierno, uno de los contendientes terminará herido, al menos en su dignidad. O Rivera o Abascal deberán bajar sus calzones y enseñarle a la ciudadanía su españolísimo trasero, porque si no, la alternativa es de nuevo las urnas, y cuidadito, ya que a éstas las carga el diablo.

Lo excitante de este drama es que se rueda sin guión, al igual que la película Casablanca, por lo que el futuro puede deparar cualquier cosa. Vox, por ahora el más coherente, podría no dar su brazo a torcer creyendo que su épica de resistencia numantina puede reportarle pingües beneficios. Si no tienen prisa quizás esta sea su mejor opción, ya que si pasan al terreno de los bocachanclas su proyecto podría fracasar. No es propio de un auténtico patriota español desdecirse de la palabra dada.

Por otro lado, Albert, como niño inconsciente que en ocasiones es, ha hecho con su rotulador rojo lo mismo que mis hijas le hicieron a la pared de su habitación con los que sibilinamente me sustrajeron cuando tenían dos y cuatro años: un disparate. Ha marcado tanta línea roja que ya no le queda tinta y, para colmo, esta tinta no es fácil de borrar. Yo tuve que repintar la habitación. Solo mentarle a Rivera pactar con el PSOE es provocarle para sacar su mejor versión aznariana, saliéndole sarpullido hasta en el bigote (sí, también le sale bigote). En ocasiones Alberto Carlos, españolísimo nombre que seguro agradece, es más Aznar que el propio Aznar (José María debería cobrarle derechos). Si hay acuerdo con Vox, o como quieran llamarlo, se esfumará la poca credibilidad que le resta en Europa después de su último ridículo y el otrora amigo francés no dudará en echarlo a cajas destempladas de su grupo Renovar Europa y condenarlo al ostracismo. Todo ello sin contar con los daños internos.

El tercer y último acto, el desenlace, tendrá dos versiones, con distintos actores, pero el mismo guión: lo que ocurra en Madrid se reproducirá en Murcia. A menos que, tras una gloriosa epifanía, la señora Franco y sus acólitos caigan en la cuenta de que deben su fidelidad, antes que a su partido, a las 78.139 personas que confiaron en ellos para regenerar la vida política de la Región en la que viven. Pero eso es otra película, de política-ficción, y es de otro canal. No hay aquí capacidad artística o, si quieren, moral, para rodarla.

En definitiva, en Madrid no hay playa, pero en Murcia sí y hace mucho calor, de modo que propongo despreocuparnos, ya que nada podemos hacer, migrar hacia la costa y disfrutar de unas cervecitas frías en un chiringuito playero mientras que los políticos berreantes deciden nuestro futuro en la Villa y Corte.

Se me olvidaba, que no caiga en la melancolía el PSOE: una reunión contra natura de dos machos y una hembra es demasiada liberalidad para la derecha española. No durará mucho.

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