07 de julio de 2019
07.07.2019
Los dioses deben estar locos

Los últimos días de una dama o el arte de morir en la isla de los durmientes

06.07.2019 | 16:48
Los últimos días de una dama o el arte de morir en la isla de los durmientes

Llorenç Villalonga escribió su Muerte de una Dama en 1931, era su primera novela y provocó con ella una oleada de escándalo y desaprobación por la burla sarcástica de.costumbres en las que el autor parodiaba una sociedad adormecida y debilitada, como en permanente siesta.

El punto de arranque es de una gravedad burlesca. Doña Obdulia Montcada, gran dama de la sociedad mallorquina, amante despreocupada del mundo y amada por él con no menos despreocupación, miembro eminente de la casa de Bear, postrada en cama, asume por fin la inminencia de su muerte; es el momento en que se desencadenan los mecanismos de representación para la preparación del duelo: su última gran fiesta.

El mundo social de este pequeño microcosmos mallorquín de los años veinte pone en marcha la farsa del duelo, la representación vacía e hipócrita que convierte a la moribunda de nuevo en protagonista del gran teatro del mundo, protagonista y estrella principal en la última función que representará en su vida: la de su propia muerte. Con la inestimable a ayuda de su séquito, se convierte en el centro de un sistema solar en su ocaso, una estrella que se extingue a la que rodean planetas y astros menores que son personajes característicos de las sociedad mallorquina, sin embargo tan universales y arquetípicos, entre los que no falta la célebre poetisa sometida a los dictados de la moda, políticos locales enfrascados aparentemente en dignos estudios históricos y arqueológicos junto a sus gestiones públicas habituales de contenido más bien difuso y difícil de establecer, más interesados en realidad en los goces que llenan las copas y los placeres que se obtienen en posición horizontal que en la dirección y patronazgo del patriciado local.

Los últimos días de doña Obdulia se asemejan al fin de una dinastía sin heredero claro, marcados por la redacción final del testamento y la rivalidad entre los posibles beneficiarios que tratarán de influir por todos los medios en la decisión de que se falle a favor de advenedizos fuera de la familia o que los bienes queden aún entre los miembros de la casa de Bearn.

Esta pequeño drama no mayor que una gota de agua pero representado con una solemnidad inusitada conmueve los cimientos de un diminuto mundo aislado que vive al margen de cualquier viento de cambio y con un desprecio total, dictado por la pereza más anodina, hacia los modos y costumbres de quien no pertenezca al ecosistema cerrado y autónomo. Un mundo vano, una existencia huera dictada por la conveniencia social, en el que las formas artísticas están domesticadas y al servicio de las modas y falsas correcciones, cosa de la que participa el artista en su doble condición de víctima y verdugo de sí mismo (en el caso de un personaje como la poetisa Aina Cohen); un mundo de políticos que llevan una existencia a modo de pantalla pública como Josep Collera cuya muerte en un burdel no solo debe ser disimulada sino que además es inoportuna de todo punto pues resta protagonismo al funeral que con tanto interés preparaba doña Obdulia y su séquito, el que toda la buena sociedad mallorquina estaba esperando. Aunque la presencia del personaje noble y luminoso que es Maria Antònia de Bearn entre el coro de fúnebres admiradoras resulta consoladora y gratificante, como un excepcional homenaje digno y elegante a un mundo en extinción, el sorprendente giro final que da el testamento, a beneficio inesperado de Violeta de Palma, suerte de aristócrata alocada y amoral, muestra que incluso en las horas del ocaso los seres semejantes se reconocen entre sí y logran todavía, en un postrer esfuerzo, hacer valer sus afinidades electivas, reafirmarlas y nutrirlas, y así doña Obdulia Montcada decide pervivir en Violeta de Parma, su semejante.

No todo ha sido una graciosa farsa, porque aún podemos extraer una valiosa enseñanza de esta fábula balear, pues, como decía François de La Rochefoucauld, la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud.

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