30 de junio de 2019
30.06.2019
La Opinión de Murcia
Lenguaje

El jardín del vocabulista

30.06.2019 | 04:00
El jardín del vocabulista

BABOSO

Quizás a imitación de los cazadores en la sabana africana, en nuestro safaris por el diccionario zarzaleamos entre la maraña verbal en busca de palabras mayores, dejando a un lado la riqueza y variedad de la fauna menor, compuesta de incontables términos de enorme atractivo y utilidad. Así que atrapamos babélico y babilonio, por ejemplo, pero nos pasa desapercibido su vecino baboso, que nos suena mal y, en principio, nos dice bien poco. Pero lejos de su aparente intranscendencia, conviene saber que baboso es un vocablo de muchísima enjundia, que no se queda en la simple catalogación aséptica del molusco gasterópodo pulmonado, terrestre, que, al arrastrarse, deja como huella una abundante baba.

Baboso va mucho más allá, hasta convertirse en un arma ofensiva de primer nivel que sirve para descalificar a parte del género humano, dejando su comportamiento o sus capacidades a la altura del rastro que deja la antedicha babosa, porque su étimo es el bavosu latino con que se designaba al bobo, quizá porque uno de sus signos externos es la incapacidad de reprimir las babas. Así que baboso no es más que la imagen gráfica del bobo, el tonto, el simple, retratado con toda la crudeza de su babear.

Y ya puestos, podemos pintar con esta etiqueta nada halagadora al zalamero y adulador o al enamorado pertinaz que babosea con sus halagos o requiebros, arrastrándose ante quienes quiere agradar. Y la cosa no quedará ahí si alguna vez recurrimos al tal adjetivo para descalificar la inmadurez del que nos parece, con razón o sin ella, que no tiene la edad o las capacidades oportunas para lo que hace o dice.

CUASI

A veces el hablar nos trae el pequeño prodigio de un vocablo bifronte que habitó las cabañas y también los palacios y lo utilizaron los de arriba y los de abajo con toda naturalidad para hablar de sus cosas y de las del vecino. Son vocablos de tono camaleónico que les permite adaptarse a las circunstancias, aunque no siempre sea bien entendido este estar a disposición de gentes de condición tan diversa, y aun opuesta.

Así es el caso de este cuasi, tan culto y tan latino que, además de componer parte del nombre del deforme Quasimodo de Nuestra Señora de París, me trae el eco de las voces de la abuela que ya tenía la comida cuasi hecha, y de los segadores que habían rematado cuasi la faena y de los pastores que volvían cuasi helados del monte, al tiempo que me recuerda la sorpresa de haberla encontrado más tarde en la retórica un tanto elevada, y a veces pedante, de la historia y de los escritos jurídicos y administrativos. Y me digo que en uno y otro caso cumplía con su función de marcar el alcanza y no llega, el quiero y no puedo, la cercanía de lo no acabado y quizá inacabable.

Yo, que conozco las dos caras de tan peregrino vocablo, les advierto que solo los finodos iletrados, que son legión, deberían burlarse de la supuesta vulgaridad de una palabra que nos llena la boca al pronunciarla con una solemnidad que para sí quisiera su versión menguada, el casi actual, despojado del todo del aroma de lo clásico. Que a veces el afán normativo nos lleva a errores que cuasi, cuasi nos desacreditan, así que mejor estaríamos callados en este caso.

DAMAJUANA

A veces un objeto material adquiere un nombre de persona que le añade una perspectiva familiar, como ocurre cuando le llamamos perico al orinal o pepito al bocata de lomo; pero en otras un utensilio humilde, presente en la vida de la gente común, alejada de las mansiones y palacios, se adorna de un nombre protocolario y solemne, impropio de su condición.

Tomen nota visual de ese recipiente de cristal bufado, de forma esférica y un tanto oronda, rematado por una boca estrecha, cuya elegancia nunca apreciaremos porque queda celada por un apretado corsé tejido de mimbre o de esparto, con dos asas, cuya rusticidad oprime la fragilidad del vidrio. Y observen, además, que su continuo trasiego de agua, vinos o aceites, le han producido rozaduras, derrames y lamparones de grasa y suciedad en el cuello y parte del cuerpo.

Nos sorprende entonces cómo los campesinos, trajinantes, vinateros y taberneros de Murcia, La Mancha y Extremadura llamaron damajuana, con tratamiento de ilustre señora, y no tíajuana, a lo que otros más llanos conocían como simple garrafa. Unos dicen que el nombre le vino nada menos que de la reina Juana de Nápoles, quien, en el siglo XVI, mostró tal interés en su visita a un vidriero, que el artesano infló una de grandes proporciones, a la que bautizó en su honor con el nombre de damajuana; y otros atribuyen la confección del enorme frasco al soplado de la propia reina, prodigio que mereció que se le diera su nombre.

Aunque, los más, en el sur de Francia, en Méjico o en La Mancha, piensan, sin ir tan lejos, que el nombre vino de su forma barriguda, semejante en todo al perfil redondeado de cierta señora del lugar, fuera o no dama, pero llamada Juana.

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