29 de junio de 2019
29.06.2019
La Opinión de Murcia
El jardín del vocabulista

Un viaje entretenido y provechoso

29.06.2019 | 04:00
Un viaje entretenido y provechoso

Así como el romero cansado de Gonzalo de Berceo se acoge a la sombra de los árboles, disfruta de las flores y saborea los frutos de los viciosos prados, de la misma manera que el naturalista recorre y examina los montes, los bosques y las florestas, el vocabulista viaja y se apacienta por el jardín inacabable del diccionario, que ofrece mil goces a la razón y a los sentidos.

Si le preguntáramos por sus hallazgos, nos diría que de sus aventuras anteriores aún le tintinean los oídos con los sones caprichosos y cantarinos de birlibirloque, esplín, jacarandoso, jerigonza o zarramplín, que allí se le ofrecieron vocablos afanosos, reparadores y optimistas como agua, delicado, horizonte o sombra, y que no dejaron de impresionarle la solemnidad de magnate, pontífice y tajamares, que allí tuvo la ocasión de contemplar de cerca velocipedistas, kamikazes y amazonas y allí sufrió el vértigo del abismo, las asechanzas del energúmeno, la perplejidad ante el laberinto€

Pero, sobre todo, nos confesará que nunca termina de aprender que la palabra es el principio y el fin de todas las cosas que existen, porque ella les da nombre. Y nos invitará a saber que hay palabras repletas de sentido que valen para mil cosas, como hacer o tiempo, a conocer el compromiso del estajanovista y el ocaso de quicalla y sicofanta, a atender al origen caprichoso de katiuskas y al imparable destierro de retrete. Y así hasta el infinito, porque en las apretadas filas del diccionario, «como surcos en pardas sementeras», podremos ver cómo se siembran y se agostan cada día decenas de vocablos que son la estampa viva del idioma, en el que el ser y el decir se suman por el arte de magia de la palabra, que, diciéndolos, les da vida.

Almanaque

Aunque otros lo llaman calendario, en los anales de mi memoria sólo se registra la presencia omnímoda del almanaque, de origen árabe y de muy diversa anatomía, pero siempre como un catálogo de los días del año, sembrado de datos astronómicos, predicciones meteorológicas, orientaciones sobre faenas agrícolas y noticias relativas a celebraciones religiosas y civiles.

Como un vademécum que anticipaba los datos esenciales del vivir cotidiano, allí, en el cajón de la mesa, en la caja de las labores o encima de la chimenea de palacios y cabañas, estaba el Lunario de Gerónimo Cortés, el Almanaque Zaragozano de Mariano Castillo y Ocsiero, un grueso taco de sobremesa u otros folletos más o menos acreditados, mientras que en la pare pendían de una alcayata, ligeros en su forma y aligerados de contenido, los de una sola lámina, con doce hojas añadidas, donde se tachaban fechas señaladas o se consultaban los ciclos lunares, para luego irlas arrancando con el paso de los meses. Aunque los más pretenciosos, generalmente de las Cajas de Ahorros, constaban de doce láminas, una por cada mes.

Los de pared, obsequio de tiendas de quincalla o ultramarinos, talleres y gasolineras, cofradías o instituciones religiosas, adornaban la casa con imágenes de paisajes o escenas religiosas; pero también los muros de talleres y tabernas y las cabinas de los camiones, aquí con atrevidos retratos de damas de recios y sugerentes atributos, los más ya pasados de fecha y enturbiados de grasa y telarañas, para gozo de curiosos y clientes.

Con la modernidad han ido desapareciendo, derrotados por la información puntual de los aparatos digitales. Aunque aún quedan, como endemismos, los que exhiben desnudos de camioneros, concejales, bomberos, auxiliares de clínica o dependientes de comercio, con la excusa de su carácter supuestamente benéfico, sin olvidar tampoco el de Espigas y Azucenas, penúltimo vestigio de las viejas creencias religiosas.

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