27 de junio de 2019
27.06.2019
Dulce jueves

El principito de España

27.06.2019 | 04:00
El principito de España

Pilotando su avioneta Antoine de Saint-Exupéry sobrevuela los Pirineos tras dejar atrás Perpiñán, la última ciudad feliz, rumbo a España. A través de las nubes puede ver Figueras, Gerona, Barcelona... Sabe que 'aquí se mata'. Sin embargo, al aterrizar su primera impresión es que la ciudad se parece a cualquier otra. Las iglesias brillan al sol, aunque estén quemadas por dentro. La gente pasea tranquilamente por la Rambla. En su primera noche se sienta en la terraza de un café, como uno más, rodeado de personas que beben cerveza o vino. Se pregunta dónde están las ruinas, el dolor, la muerte. La vida parece intacta, apenas ve señales de la destrucción. De repente, observa cómo cuatro hombres armados se detienen frente a un hombre que está sentado cerca de él y le apuntan con sus fusiles en el vientre. El hombre se levanta, bañado en sudor y con los brazos en alto. Uno de los hombres lo registra, comprueba unos papeles y le dice que camine delante. «El hombre deja el vaso a medias, el último vaso de su vida, y echa a andar. Sus dos manos, levantadas por encima de la cabeza, semejaban las de un hombre que se ahoga». Nadie parece haberse dado cuenta de lo que ha ocurrido. O quizá fingen que no lo han visto. Han seguido conversando como si nada. Solo una mujer masculla: «Fascista». En ese momento, viendo cómo se aleja ese hombre hasta desaparecer en la oscuridad, Saint-Exupéry descubre que una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad, y que la frontera del dolor es invisible fuera de la conciencia de los hombres.

Lo que en España tardamos muchas décadas en comprender, en el caso de que por fin lo hayamos hecho, lo supo el poeta-aviador nada más aterrizar en agosto de 1936: «En una guerra civil el enemigo se encuentra dentro, casi podría decirse que uno lucha contra sí mismo. Y por esta razón, sin duda, esta guerra adquiere una forma tan terrible: se fusila más que se combate». Muchos de los discursos de la política de ahora surgen de esa misma frontera invisible, como si quienes los pronunciaran fueran portadores de los gérmenes destructivos de entonces. Saint-Exupéry decía que para salir de aquella espiral de odio se necesitaba un nuevo lenguaje más allá del fanatismo ideológico. Y la cura que propuso para aquella enfermedad sigue valiendo para hoy. No es complicada, pues, como él creía, una verdad se nota en que hace más sencillo el mundo.

Él proponía mirar lo que nos une y no lo que nos separa, en las aspiraciones profundas de cualquier persona, hacia una meta común. Me lo imagino sentado sobre la alta columna donde está junto al Principito en la plaza Bellecour de Lyon, cerca de las nubes, oteando el horizonte y llorando cuando nos ve todavía encerrados en cordones sanitarios..

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