21 de junio de 2019
21.06.2019
Grupo Treinta

Inteligencia artificial

21.06.2019 | 04:00

"De la piedra brotaron la acción y el páthos, caprichos conceptistas de monarcas y sacrílego ascetismo de profetas, papas y bufones, medusas e hilanderas, la misma crucifixión repetida hasta agotar la sangre que suena más oscura, la más escondida, venus y aquelarres, gritos y sueños de la razón que engendraban monstruos".

Apenas una difusa claridad, y Sísifo se detuvo, antes de alcanzar la cumbre.

Vaciló un instante, al fin se alzó, cohibido, hasta que su sombra cedió, desprendiéndose del cuerpo como una exuvia mórbida que arrastró consigo la inercia de los días sometidos. Consideró la piedra, aliviado del absurdo destino de un oscuro peso sin forma, sintió el áspero declive de su faz mugrienta, el acecho animal de sus óxidos, y midió la heredad que prometía. Era todo cuanto le había sido concedido.

Formas tenues, tibios signos de rebeldía contra un cielo inútil pugnaban por salir al exterior. Huellas de manos indecisas, ciegas aún como las suyas, que deshacían su ovillo para ensayar sobre ella conjuros y trampas de espíritus. Y los espíritus atrapados se convirtieron en una muda embestida de bisontes.

Lentamente iban surgiendo de la piedra los tímidos colores de una belleza dormida que acudía a desordenar sus sentidos, tanto tiempo sumidos en el Hades que eran casi piedra: la brutalidad del minotauro hacia el que una madre con un niño muerto vuelve su rostro y lengua afilada; los senos de una mujer fantasmagórica, sonámbula entre los escombros del cielo rasgado por vuelos de aves insomnes que esparcían la locura. De la piedra brotaron la acción y el páthos, caprichos conceptistas de monarcas y sacrílego ascetismo de profetas, papas y bufones, medusas e hilanderas, la misma crucifixión repetida hasta agotar la sangre que suena más oscura, la más escondida, venus y aquelarres, gritos y sueños de la razón que engendraban monstruos.

Y la piedra se hizo arco con que sostener una fe desvaída y atrio en que custodiar el misterio lejos de la herrumbre de voces oprimidas que ansiaran desvelarlo, altar para el sacrificio o para la profanación. Fue celda y fue tálamo, crepúsculo y aurora, noche y día, rosa obscena que rige la profundidad de la caída, deslizándose con el sigilo letal de una bestia inmediata. Fue túmulo, hipogeo, templo y epitafio.

Y la piedra fue aleph. En sus páginas macilentas estaba escrita la fugacidad de las cosas. Las leyes de la desolación y la quimera, la armonía celeste trazada sobre epiciclos y deferentes. Y Sísifo vislumbró la piedra demolida que se erguía de nuevo para reescribir las leyes erradas con caligrafía más firme.

Y la piedra se hizo máquina, exhaló ácido y hastío, asfixiando a niños famélicos, unió estados y asoló reinos, fue hacha que Sísifo blandió contra sí mismo, fundición y hierro, hogar y distopía. Fue triturada, galvanizada, para ser raíl y hélice y Jenny y habitación 101.

Y de la piedra emergieron dos ciudades a la vez. Una ciudad pálida y temblorosa, acosada por la sed, desgarrada en sus bordes por el frío, dóciles lechos henchidos de renuncia, seca angustia abriéndose cauce entre los huesos, y una ciudad convulsa, fraudulenta, corrientes subterráneas de cosas muertas y cloacas. La piedra se dividió en un caos inextricable de piedras transparentes cuyas líneas apócrifas confluían en guaridas de monstruos imprevistos que dictaban los tonos ocres de la usura.

Y la piedra fue espejo, la alucinación sufrió un giro brusco y Sísifo se vio a sí mismo flotando sobre las lívidas aguas de su ceguera. Vio allí su desnudez, su soledad, su plena libertad, tenso cada músculo del cuerpo, ceño fruncido y labrios comprimidos, el codo izquierdo apoyado sobre la pierna opuesta y la cabeza descansando en el dorso de la mano, percibió el acento irónico y tenebroso de su soledad... «No serás ya el poeta suspendido sobre los golfos del pecado y la expiación, aplastado por la piedad y el terror de la inflexibilidad de un dogma; ya no el ser excepcional, el héroe, sino nuestro hermano en sufrimiento, en curiosidad, en la alegría amarga de ver y conocer; un predestinado, simplemente un hombre de todos los tiempos» (Gabriel Mourey). Y el eco se extinguió.

Turbado, desvió la mirada antes de que el reflejo se desvaneciera y el recuerdo de la piedra se hizo más punzante y doloroso que su propia visión, estremeciéndole. En las turbias aguas, su imagen aún, distorsionada, presagiaba una figura grotesca, animada de una vida sorda y borrosa, interrumpida cada día, transfigurándose en un engendro mecánico que se arrastraba con la lógica desolada de la inmanencia hacia una lúgubre noche lluviosa de noviembre en que sus órganos de mercurio mudaban en trozos suturados de cadáveres aguardando el alma que no anidaría.

Y comprendió su fracaso cuando aquel fantasma abrió los ojos amarillentos y apagados para interrogarle, devolviéndole la mirada a través de las aguas. Pero Sísifo perseveró. Y la piedra fue golem. Y el sombrío huésped de sus sueños cargó con una piedra menos densa durante un tiempo. Al fin se detuvo, apenas una ráfaga de luz abisal en el inframundo €

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