20 de junio de 2019
20.06.2019
La Opinión de Murcia
El Mirador

Mi padre estuvo allí

19.06.2019 | 21:00
Mi padre estuvo allí

De los fastos del día D, el ya famosísimo Desembarco de Normandía, aún quedan algunos ecos, que van llegando amortiguados por el paso de la efemérides, que marchan unas sobre otras implacablemente. Nos hemos convertido en consumidores de efemérides, y somos una sopa genética de efemérides, con la que empastamos nuestro hipotálamo, haciéndolas desfilar cada año, cada cinco, cada diez? como debe ser una perfecta sucesión de hechos y deshechos. Ese día, el 6 de junio del 44, abrió el principio del final de una abominable guerra que segó millones de vidas y dejó un holocausto para vergüenza de la humanidad, de racismo, prepotencia y violencia, y rabiosa xenofobia sobre el resto de los pueblos europeos.

Muchos de los anteriores luchadores del bando republicano de nuestra Guerra Civil se habían enrolado en la resistencia francesa contra el nazismo invasor, y otros trabajaron para el Ejército Expedicionario Británico en el continente por lo mismo, como mi padre, antes del desastre de Dunkerke, tan tocado de perfil en lo de su efemérides prenormándica, por cierto. Todos lo hicieron luchando por la libertad, naturalmente, pero también pensando que aquella era todavía su guerra contra la tiranía en su patria, contra el golpista Franco, que había perpetrado un sangriento levantamiento militar con la ayuda de las fuerzas fascistas europeas, Italia y Alemania. Y pensaron que su participación activa iba a permitirles volver a sus casas, sus familias, sus trabajos y sus tierras, porque creyeron a pies juntillas que la derrota del fascismo en Europa suponía la derrota del fascismo en España. España también es Europa, se dijeron a sí mismos. Craso error.

Tras Normandía y la retirada germana de Francia, una parte de las fuerzas españolas en el exilio, que lucharon codo con codo con ellos contra el nazismo, creyeron que el fin del franquismo estaba cerca, y lo mismo que ayudaron a liberar Europa, decidieron no quedarse quietos en cuanto a su patria, España. La UNE (Unión Nacional Española) planteó una invasión a través de los Pirineos en una acción sorpresiva a través del Valle de Arán, como punta de lanza y para establecer una cabeza de puente que le sirviera a las tropas aliadas para dar la batalla al resto de fascismo europeo en el golpista Franco. En octubre de 1944, 4.000 españoles volvieron a plantar cara a la dictadura de su patria. Pero fueron traicionados por las propias fuerzas democráticas a las que ayudaron contra Hitler. Los abandonaron a su suerte, incluso ni siquiera les cubrieron su retirada. La repercusión en la España sometida fue nula por silenciada. La penuria, el hambre y el miedo, los fusilamientos masivos y las persecuciones, el racionamiento y la escasez, no dejaban lugar más que para sobrevivir en silencio y sin abrir la boca. Ni para hablar, ni para comer.

Tampoco en Europa tuvo eco alguno. Se sentían demasiado avergonzados y con sentimiento de culpa como para airearlo. A partir de ahí, el fascismo español sobrevivió en la Europa democrática presentando a su Generalísimo como un político neutral e imparcial que había librado a España de la locura de la II Guerra Mundial (chitón con la Guerra Civil, claro). Había que desprenderse de las apariencias fascistas y resaltar la base católica y de tradición (faro espiritual de Occidente), incluso haciendo declarar al mismísimo Franco que «el régimen que había salido de la guerra nada tenía que ver con el fascismo», desfachatez pura. Incluso que «España es una democracia orgánica y católica» (United Press, 07/11/44).

Por eso digo que el Día D aquel no llegó a España. Fue abandonada a su suerte. Y si no llegó, tampoco tenía que haber llegado ahora. Que lo celebren los que tuvieron motivos para ello. Normandía fue un momento crucial para Europa, pero no lo fue para España. Y pienso que estos fastos recientes se los tenían que haber guardado para ellos, y nuestros políticos, por puta coherencia, deberían de haber declinado diplomáticamente la invitación de asistencia. Con una simple nota, «los nuestros dieron la cara en su momento, pero ustedes nos dejaron fuera, esperando, así que nada tenemos que celebrar salvo los cuarenta años de dictadura a la que ustedes nos condenaron», hubiera bastado. Ya saben lo de 'a buen entendedor?'

Y se lo dice (a ellos y a ustedes) un hijo de un aviador que luchó por la República y por ellos. Y que estuvo allí. Derrotado y exiliado. Que, tras haber hecho noche sobre la tumba de Antonio Machado, en el hoy tan conocido, y celebrado cementerio de Colliure, pasó por el no menos reconocido y festejado campo de refugiados (mejor concentración) de Argeles sur Mer, antes de enrolarse como colaborador para el Cuerpo Expedicionario Británico en Francia, y ser abandonado en las playas de Dunkerke, donde, apresado por los nazis, fue recluído en Saint Nazaire para, en su envío al campo de exterminio de Matthausen, fuera desviado para ser exterminado por los suyos propios en el los campos de trabajos forzados franquistas. Una gentileza de Hitler al Caudillo. Así que a mí no me vengan con cuentos, celebraciones ni efemérides. Por favor.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook