18 de junio de 2019
18.06.2019
Palabras

Román, el de origen

17.06.2019 | 22:57
Román, el de origen

Hicieron ya más de 45 años que conocí, a través de mi amigo Gabriel Batán, a Román y a su padre, que eran quienes estaban entonces al frente de Origen, una tienda murciana de muebles de diseño. Pero para mí, Origen ha sido siempre un centro cultural. Y lo era ya entonces porque Román mantenía relaciones allí mismo con arquitectos, diseñadores, artistas e intelectuales y tomábamos café y charlábamos con la gente más interesante de aquella Murcia de los años 70 que tenía una seria preocupación por la cultura. Y no era palabrería lo que se oía en Origen sino verdadera preocupación por Murcia y su futuro frente a la llamada murcianía del chipirrín y el desinterés por la innovación y la investigación cultural que sólo repetía aquella música horrible nacida entre señoritos sin escrúpulos de una derecha que no terminaba de extinguirse ni con la muerte del dictador.

Estar, por tanto, en Origen, con Román Gil o su hermano Jesús Pedro con Mary Conchi, hablando de lámparas o de Cadovius y entendiéndote en aquel acercamiento de lo importante frente a lo secundario era verdaderamente renovador. Murcia entonces estaba, al cabo de los años volvió a estar y siempre vuelve, entre la mercadotecnia del morcón y la longaniza y la contaminación de los peces que aún nadaban en el Mar Menor y sus encañizadas, lejos de nuevos edificios que se pusieran como ejemplo, salvo aquellos que eran buenos, los que llevaban la firma de Juan Antonio Molina, Enrique Carbonell o José María Torres, y con ellos la crítica inteligente de un De Haro o un Iracheta que, junto a la pintura transgresora que nos traía Nieves Fernández o los pintores que no pintaron una España oficial, y que se albergaban en las artes del vanguardismo de José Planes, Gómez Cano, Cacho, Albaceteo José Lucas, donde, siempre en Origen o en su casa, contaba para muchos de nosotros Román Gil.

Si Román era un excelente pintor y escultor, y su obra se sostiene por la crítica más consciente y no solo la de Murcia, aquella tienda era toda una exposición de arte, del arte del mueble. Y allí pude comprender que el mueble de diseño, preconcebido para cuidar y para mantener como pieza estética, forma parte también de una cultura, la del disfrute, la eficacia y la comodidad, al margen de las modas pasajeras y hecho por maestros de la madera que, las personas, si son de excelencia, en países como Dinamarca, forman parte del patrimonio del Estado como un bien cultural reconocido (ahí está la enorme diferencia).

Hace unos días me vi con su familia en un tanatorio. Román ha trabajado mucho últimamente, también ha sufrido, pero ahí está la exposición de sus carpetas poéticas que, como símbolos, se expusieron en la Facultad de Bellas Artes de nuestra Universidad. Le dijimos adiós en el silencio de nuestros ecos de amistad, y recordaba también su pluma para componer cuentos cortos o lirismos personales que, como pequeños poemas, me hacía llegar en aquellos años de amistad entre El Secretario y La Machacanta. Era como una familia a la que se sumaban también Víctor y Joaquín Pedro, como un hermano para mí. Y la boca se me llena de gozo, que son gente, estos Giles, muy querida también para los habitantes de El Palmar, donde nacieron y, con suerte, podremos leerlos en un libro que está escribiendo Gabriel, costumbrista, pero un libro de la vida, vivo, sobre su infancia y pubertad en aquellos territorios huertanos y en el enganche de la cultura variada y variante de esta familia de la que hablo.

Se cerró no hace mucho tiempo Origen, pero con la colaboración de La Alegre Compañía y otras instituciones (el Observatorio del Diseño y la Arquitectura, el Colegio Oficial de Arquitectos, el Colegio Oficial de Aparejadores, Arquitectos Técnicos e Ingenieros de Edificación y el Colegio de Diseñadores de Interior/Decoradores), organizaron una exposición, Royalties, en Origen (Las Atalayas), donde se puede ver medio centenar de los mejores muebles del mundo, fieles al diseño original de Dinamarca, Italia, Suecia o Estados Unidos, realizados por los grandes maestros de los siglos XX y XXI sobre diseño de Breuer, Gropius, Mies, Jacobsen, Scarpa, Kita o Patricia Urquiola. Obras de una modernidad sin límites de moda, consideradas 'muebles patrimonio' que forman parte de las buenas prácticas de relación del mueble con la vida. Porque, como me dijo una vez un hijo de Jesús Pedro, Marco, «los muebles o son para heredarlos o para tirarlos».

Y hace unos días nos despedimos del artista de la familia, nuestro amigo Román, irrepetible por único. Y después de ese viaje infinito que hizo con unas carpetas archivadoras, ahora hace otro viaje, infinito también. Y nosotros, muchos de nosotros, sabremos que aquel artista de El Palmar, Román Gil, era amigo nuestro y supimos que tenía un lenguaje artístico especial y un ojo que veía donde nosotros no, y que era sencillo como la tierra que pisaba; sencillo, pero un intelectual abierto a la investigación que no tenía la vanidad que sobrevive en el sector, aunque él jamás dejó entrever nunca algo que tuviese que ver con el elogio a la vanidad, ni fomentó su uso.

Por ello, y porque era buen amigo y buena persona, nos acordaremos de él mientras vivamos, e iremos a ver a su hermano, el bueno de Jesús Pedro, que vive en La Puebla con un perrito chiguagua ('el hombre del perro') a radicalizar nuestras posiciones estéticas, con la ayuda de un profesor amigo que bien conoce la obra de Román, Paco Guillén.

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