16 de junio de 2019
16.06.2019
La Opinión de Murcia
El diario de
Cantabella

Polvo en los zapatos

"Qué hacemos hoy en este extraño lugar? Eloy Sánchez Rosillo me explica que aquí se hallaba la casa familiar de los Cantabella, cuando todo era huerta, y que los tres enormes pinos bajo los que celebramos esta ceremonia del adiós fueron plantados por su padre. El poeta paseaba por aquí a menudo, se sentaba a leer a su sombra, conversaba con sus difuntos..."

16.06.2019 | 04:00
José Cantabella

20 DE MAYO

Hipnosis cinematográfica. Me manda Antonio Candeloro un artículo donde trata sobre la irrupción de la realidad en la ficción, como, por ejemplo, cuando Francis Ford Coppola aparece rodando una película dentro de Apocalypse now, o cuando los personajes del Quijote hablan entre sí sobre la publicación de la primera parte de la novela. También me envía un ensayo de Roland Barthes, Salir del cine, que me atrae ya desde su título: nunca había visto nada escrito sobre esa sensación que, sin embargo, experimentamos a menudo tras finalizar una proyección cinematográfica.

Al menos, yo he conducido mi coche por calles nocturnas como si estuviera a los mandos de una nave intergaláctica; he creído ver en el perfil de Murcia la ciudad de Las Vegas; o me ha parecido descubrir a mafiosos camuflados bajo tipos corrientes que caminaban por la acera. Igual ocurre cuando despertamos de una pesadilla y, por unos instantes, no conseguimos discernir lo soñado de lo real. Barthes habla de un 'estado hipnótico'. Sospecho que sólo puede llegarse a ese estado en una sala de cine, a oscuras, cuando el sonido y la imagen te envuelven por completo y el resto del mundo es anulado; no creo que sea posible viendo una película por cualquier pantalla doméstica.

24 DE MAYO

Un poeta. Los vehículos ruedan por encima de nuestras cabezas. Somos medio centenar de personas al pie de la autovía que lleva a Cartagena, congregadas en un aparcamiento disuasorio a las afueras de Murcia junto al que discurre la acequia de Almohajar. Es media tarde y el viento y el rumor del tráfico convierten nuestras palabras en susurros. Ayer supe por Rubén Castillo que acababa de morir el poeta José Cantabella (Pepe para mí) e inmediatamente recordé las entrevistas radiofónicas que mantuvimos hace siglos para su programa La torre de papel, mis libros profusamente subrayados en sus manos... También lamenté no haber alimentado a lo largo de los años una relación demasiado estrecha con él.

¿Qué hacemos hoy en este extraño lugar? Eloy Sánchez Rosillo me explica que aquí se hallaba la casa familiar de los Cantabella, cuando todo era huerta, y que los tres enormes pinos bajo los que celebramos esta ceremonia del adiós fueron plantados por su padre. El poeta paseaba por aquí a menudo, se sentaba a leer a su sombra, conversaba con sus difuntos. Ahora, también él ha pasado (con sólo 56 años) a engrosar la nutrida población de los muertos. Hostigado por la enfermedad, siempre supo cohabitar con ella. Los últimos años fueron tal vez los más felices de su vida: se liberó de la rutina laboral, pudo consagrarse a la poesía y experimentó un amor renovado.

«Todas las mañanas, / mientras paseo por la gran avenida arbolada, / recibo con enorme júbilo los dones del mundo». Carmen, la mujer a la que ahora estoy abrazando (apellidada Cantabella como él), ya es su viuda. La beso con la ternura de un hombre que difícilmente sabe ser tierno. Me dice que Pepe, en sus delirios finales, decía algo así como «Manolo, cambia esa palabra» y que cree (no conocían a ningún otro Manolo) que se dirigía a mí. Leemos contra el viento poemas que Ginés Aniorte va distribuyendo entre nosotros. Marisa López Soria se rompe en mitad de la lectura. Recito como mejor sé los versos que me son confiados. Luego, retrocedo para situarme entre Pedro García Montalvo y Juana Marín Saura.

Carmen esparce las cenizas por la base de los pinos y por el aparcamiento disuasorio, donde aún asoman las baldosas de la antigua casa. Pepe me contó una vez que allí tan sólo tenían un libro, una enciclopedia general de un único tomo. Aun así, vivió toda su vida adulta deslumbrado, abducido, guiado por la magia de la literatura. Admirador de los escritores del boom (como toda nuestra generación) también me contó que había llegado a trabar amistad con la viuda de su veneradísimo Julio Cortázar. Mientras recuerdo esto, el cielo se oscurece y empiezan a caer bruscos goterones de agua. El grupo se dispersa poco a poco: familiares, amigos, poetas. «Afortunadamente, la poesía me salva / del naufragio».

26 DE MAYO

Lecturas. Como un drogadicto largo tiempo privado de su dosis habitual, por fin me he librado de diversas tareas que absorbían mi tiempo y puedo abandonarme al vicio de la lectura. Entre los libros que he comprado y los que me han enviado o regalado, la cola de lecturas pendientes abarrota un estante completo de mi biblioteca. ¿Por dónde empezar? Por ejemplo, por el más difícil: Un circ al pati de casa, de Damià Bardera; el más difícil porque está escrito en catalán. Pero Bardera es un magnífico cuentista y microrrelatista y sabe arrancar una musicalidad a su lengua nativa que puedo apreciar pese mi parco conocimiento de ella. Aprendo que sapo se dice 'gripau' y silla 'cadira'.

Sigamos con un paisano, Alejandro López Andrada, un espléndido poeta de la naturaleza a quien llevo siguiendo fielmente desde hace años y que, en Los árboles que huyeron, traza una autobiografía por la que aparecen José Hierro, Julio Llamazares y otros escritores; hace menos de cuatro meses estuve con él en Villanueva del Duque, al norte de Córdoba, y me mostró los paisajes que ahora veo descritos en estas páginas que devoro con glotonería. Llega el turno de Francisco López Serrano, otro amigo, zaragozano, y su novela Sacrificio, un divertido thriller con final conspiranoico que se sostiene sobre una prosa impecable que siempre me recuerda (no sé por qué) a la de Anthony Burgess.

¿Qué más? Pues vayamos con dos libros colectivos. Uno es Magerit, conjunto de historias de ciencia ficción ambientadas en un futuro Madrid inundado y escritas por Fugencio García 'Susano', Patricia Jiménez y hasta un total de diez autores. El otro es Historias del veintidós, cuyos relatos se desarrollan en una misma línea de autobús y han sido alumbrados por José Gómez Larrosa, Josefa Moreno, 'Irel', Concepción Andrés, etcétera. En todos ellos hay un afán de estilo, y algunas piezas son realmente buenas. ¿Cuántos de ellos llegarán a sacar cabeza en el mundo literario? Sean quienes sean, no lo harán sin una cualidad psicológica: la insistencia.

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